0
Publicado el 17 Junio, 2021 por Raúl Castro Ruz en Historia
 
 

El combate de La Plata

Compartir
Fidel-Raul-etc-1

En la Sierra, junto con Fidel y otros compañeros: Guillermo García, Che, Universo Sánchez, Crescencio Pérez y Juan Almeida. (Foto: OFICINA DE ASUNTOS HISTÓRICOS)

Por RAÚL CASTRO RUZ

La luna era llena y lo iluminaba todo. Atravesamos el camino real. Y nos detuvimos un rato al lado del río donde nos tomamos unas latas de leche que quedaban […] Empezó la marcha por trillos y serventías muy poco frecuentados y nos llegamos a colocar a unos 100 metros del cuartel por el lado oeste y como a unos 8 o 10 metros del camino real que va de La Plata al Macho, donde hay un cuartel mayor.

Allí [cerca del camino] nos sentamos y observamos por la mirilla algunos movimientos de luces de linternas y nos extrañó que a esa hora hubiera allí movimientos de hombres y caballos. La luna reflejaba sus rayos sobre el techo de zinc del cuartel. Al poco rato sentíamos por los pasos y las voces que un grupo de hombres, saliendo del cuartel, por el camino real, se iba aproximando a nosotros y nos pasaría muy cerca. Uno de los que venía a caballo, le decía a otro de pie: “Anda, hijo de puta, que te voy a ahorcar”. En eso Chicho [delator al servicio de la tiranía, entonces prisionero de los rebeldes], que permanecía atado y acostado boca arriba hizo ademán de pararse y se le sujetó.

Al poco rato nos explicó que ese era su amigo, el cabo Abasolo [Bassols] que iba para el Macho con unos campesinos presos […] Este Abasolo, tan amigo de Chicho, es el que lo acompañaba en todas las incursiones contra los infelices campesinos. Esperamos que el cabo Abasolo se alejara con los presos para que no oyeran las detonaciones del ataque, y al mismo tiempo, esperar que se durmieran los que quedaban allí.

A las dos de la madrugada, después de dársenos las instrucciones complementarias, empezó el avance ordenadamente, divididos en cuatro escuadras que atacarían por diferentes puntos. Cruzamos una cerca de alambres y caminando por un trillito entre manigua, salimos al camino real con las precauciones que el caso requiere, llegamos a otra cerca que teníamos que atravesar tres escuadras mientras la de Almeida y Crescencio se quedarían del lado de acá para avanzar paralelo a la misma en fila india y atacar por el norte […].

El cuartel estaba ya a unos 50 metros cuando salimos del bosque de anacahuitas, ya íbamos todos completamente arrastrándonos con cuidado estilo comando y entre manojitos de hierba de guinea muy escasos, que había por allí, nos llegamos a colocar a unos 25 o 30 metros del cuartel y la casa de Honorio. El avance había durado 25 minutos y ahora la luna nos favorecía la operación. Cuando F [Fidel] agarrara la ametralladora de Fajardo y disparara una ráfaga contra la posta, según el lugar que según (sic) teníamos entendido estaba, empezaría nuestra fusilería a disparar.

La posta no se veía, probablemente resguardándose del frío se había recostado en su taburete a un árbol que daba sombra a la casa de Honorio, entre esta, donde dormía el sargento, y el cuartel. Sonó la ráfaga en esa dirección y cuestión de segundos después el estruendo fue infernal, teníamos orden de disparar cada tres disparos y suspender el fuego, para conminarlos a rendirse. Algunos de nosotros improvisamos cortas arengas indicándoles que sus vidas serían respetadas, que solo queríamos las armas y que no fueran estúpidos, que mientras Batista y sus politiqueros se enriquecían robando sin riesgos de ninguna clase, ellos morían sin gloria alguna en la Sierra Maestra.

Combate-de-La-Plata-2

El mapa refleja la dirección tomada por la tropa rebelde para atacar el Cuartel de La Plata. (Foto: presidencia.gob.cu)

La respuesta fue silencio absoluto, todavía estaban sorprendidos. Otra vez dimos la orden de fuego y el tronar ensordecedor de los disparos opacaba todo lo demás. La misma operación la repetimos varias veces con el fin de lograr nuestro objetivo ahorrando la mayor cantidad posible de parque ya que si no tomábamos el cuartel íbamos a quedar muy escasos de los mismos. El ataque pudo hacerse tipo comando pero no queríamos perder una sola vida ni cargar con un herido mientras pudiéramos evitarlo así se haría […] ya los soldados estaban contestando al fuego, pero en condiciones desfavorables, ya que por las ventanas no podían asomarse sin exponerse a ser víctimas de las mirillas de mi escuadra que sin exagerar puedo decir que con la luz de la luna le veía hasta la hilera de clavos sobresaliendo sobre el color amarillo de la madera nueva.

De vez en cuando alguna trazadora de la ametralladora Thompson o del M-1 que tenían nos cruzaba por la cabeza, pero bastante alto. Ellos tenían la terrible desventaja de disparar sin ver y a través de la pared. Viendo que el ataque se prolongaba más de lo que calculamos, le lanzamos algunos cartuchos de dinamita pero sin metrallas y sin preparar debidamente para que hicieran una fuerte detonación y por lo livianos que eran sin nada adicional, vinieron a caer a la orilla de la casa y sin mayor importancia la bulla que hicieron a tal extremo que se confundieron con los disparos de los fusiles. De la escuadra de F [Fidel] supe más tarde que lanzaron dos granadas de mano, pero por estar en mal estado no hicieron explosión, estas fueron de las granadas que trajeron de Manzanillo y como las tuvieron enterradas parece que se humedecieron y se echaron a perder […].

Por fin de la casa de zinc dijo uno de ellos que se rendía, pero el sargento Walter que tenía una situación difícil en la otra casa, en esos momentos disparó varias ráfagas de ametralladora, iniciándose otra vez un nutrido tiroteo de las escuadras de Julito [Díaz] y F contra la casa de guano de Honorio. Volvieron los guardias de la casa de zinc a gritar que se rendían y qué condiciones les poníamos, nosotros les contestamos que respetábamos sus vidas y que solo queríamos las armas. Hubo un intervalo bastante largo de silencio (de varios minutos) y se sentía el traquetear de los casquillos vacíos cuando se camina entre ellos, parece que a gatas y a tientas andaban por el suelo buscando la salida.

En esos momentos empezó a arder la casa de Honorio, uno de los muchachos se había acercado a la misma y le prendió candela. El sargento Walter y Honorio se nos escaparon y ganaron el bosque, se les hicieron algunos disparos, pero a un hombre huyendo de un tiroteo es difícil darle y menos de noche […]. Por fin uno de la casa de zinc pidió que no dispararan más que estaba herido y que iba a salir. Se le indicó que saliera por la puerta que daba al norte por donde estaba Almeida, salió cojeando diciendo que estaba herido en una pierna, salió corriendo y agachado, los muchachos lo recibieron amablemente y él dijo que había varios muertos y heridos, se le indicó que sacara a los heridos […].

Fidel-Raul-Almeida-3

Con Fidel y Almeida. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Era un joven de no más de 25 años, de espejuelos, delgado, rubio, que cuando llegué adonde él estaba le pregunté qué grado tenía y me contestó, aun atontado por el incidente de los tiros y tal vez más por el trato amable que estaba recibiendo, que bachiller. Le recalqué que me refería a la graduación militar y entonces me contestó que era soldado. Lo sacudí amablemente por los hombros y le pregunté por qué no se habían rendido antes y así hubiéramos ahorrado sangre derramada inútilmente por defender un gobierno ilegal y de bandidos, me contestó que resistieron tanto porque ellos creían que los íbamos a fusilar. Precisamente eso hubiera querido el gobierno que hiciéramos con ustedes, le contesté, para abrir un odio mortal entre nosotros que en fin de cuentas somos cubanos y hermanos, y sinceramente lamentamos la muerte de esos jóvenes soldados y marineros como si fueran compañeros nuestros […]. Al lado de él estaba el herido que el anterior había sacado, me pidió agua y levantándole la cabeza, le puse la cantimplora en los labios, manaba sangre por la herida de un muslo, mientras di algunos gritos llamando al Che para que lo atendiera, le di mi pañuelo al otro prisionero para que le fuera haciendo un torniquete en la pierna herida […].

Como no teníamos medicinas nada podíamos hacer por el momento con los heridos. Acordamos, pues, que dos prisioneros y el herido leve nos acompañaran hasta el campamento para darles allí medicinas y que ellos los curaran hasta por la mañana que llegaran sus compañeros, ya que por lo avanzado de la hora, nuestro médico no podía atenderlos debidamente, si no con mucho gusto lo haríamos. Le prendí candela al cuartel, la única casa que quedaba sin arder, y después de colocar los heridos distantes del fuego, nos marchamos […].

Tomamos rumbo al campamento. Me puse al lado de un prisionero y echándole un brazo por arriba de los hombros, así fui hablando con él de la ideología de nuestra lucha, del engaño que ellos eran víctimas por parte del gobierno y todo lo concerniente al tema que el tiempo y lo corto del camino nos permitió. Él me pidió que anotara su nombre y que en el futuro no me olvidara de él, ya que era pobre, que mantenía a su mamá y él no sabía lo que iba a pasar. Nos despedimos de los prisioneros, soltamos a los civiles presos. Uno de ellos nos serviría de guía y nos encaminamos rumbo a Palma Mocha, por un camino que bordea la costa.

Desde lo lejos, se veía arder sobre los cuarteles de la opresión, las llamas de la libertad. Algún día no lejano, sobre esas cenizas levantaremos escuelas.

La Plata, 14-17 de enero de 1957

(Este artículo pertenece a la Edición Especial de Bohemia (impresa) en homenaje al 90 cumpleaños de Raúl)

CUBA 1957
El combate de La Plata (pdf pág. 30-33)

Compartir

Raúl Castro Ruz