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Publicado el 23 Junio, 2021 por Redaccion Cultura e Historia en Historia
 
 

Francisco Vicente Aguilera, en el corazón de la patria

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Por ALDO DANIEL NARANJO TAMAYO

Francisco Vicente Aguilera, “el caballero intachable, el padre de la república”, como lo llamó Martí. (Foto: Archivo Nacional de Cuba)

Francisco Vicente Aguilera, “el caballero intachable, el padre de la república”, como lo llamó Martí. (Foto: Archivo Nacional de Cuba)

El patricio bayamés Francisco Vicente Aguilera y Tamayo es, como esencia de una personalidad revolucionaria, un caso singular. Hombre inmensamente rico, en los últimos 10 años de su existencia dejaría una huella imborrable en la historia, como uno de los principales promotores de la lucha por la independencia de Cuba y con un papel destacadísimo en la insurrección contra el colonialismo español.

Este momento de su vida marcó el período más alto en los valores de la sociedad cubana, el de la forja de su nacionalidad y nación, y que colocó a su pueblo entre aquellos que tenían carácter y genio para el autogobierno, uno más entre las naciones civilizadas de la humanidad.

Nacido el 23 de junio de 1821 en el seno de una respetable familia de hacendados y terratenientes, cuya mansión de dos plantas se erigía en la céntrica calle San Salvador, antes de cumplir cinco años llamaba la atención por su viveza y precocidad. Esta soltura indicó a sus padres a matricularlo en la escuelita particular de doña Isabel Cisneros. En ese plantel aprendió los rudimentos de la escritura, la lectura y los elementos básicos del catolicismo.

Realizó la primera enseñanza en su pueblo natal –y no en la ciudad de Santiago de Cuba, como se ha afirmado erróneamente–, que contaba con los conventos de Santo Domingo y San Francisco, los cuales poseían excelentes claustros de profesores, sabios en sus materias y especialmente apegados a las cosas del terruño. El coetáneo Fernando Figueredo, en sus libros sobre Bayamo, acentúa que en tales centros Aguilera intimaba con los niños Carlos Manuel y Pedro Felipe Figueredo (Perucho).

Una vez concluidos sus estudios en el convento de San Francisco de Bayamo, en julio de 1836, el joven Francisco Vicente realizó un examen de revalidación del nivel secundario en el Seminario Conciliar San Basilio el Magno, de Santiago de Cuba, con resultados satisfactorios.

Como quería ser abogado, partió hacia La Habana en septiembre de ese año. Ingresó en el colegio de San Cristóbal, conocido como de Carraguao por estar ubicado en el barrio del mismo nombre. El centro era dirigido por el pedagogo y filósofo José de la Luz y Caballero. Refería el propio Aguilera que en esa institución contó con buenos profesores de ideas liberales y con motivaciones políticas de carácter progresista. En sus memorias, hace especial mención del profesor de Gramática, José Silverio Jorrín, sobre cuyas clases rememoró años después: “Recuerdo haberlo oído explicar las formas de gobierno que tenían las Naciones, de la manera más brillante, y recuerdo positivamente, que sus explicaciones, fueron las que me hicieron fijar en que los cubanos arrastraban una cadena oprobiosa y que había una salvación en la República”.

Heredero de una gran fortuna

Aguilera tuvo que posponer la conclusión de sus estudios. La madre, doña Juana Tamayo, lo necesitaba a su lado para administrar sus cuantiosos bienes. Y cuando a mediados de 1843 llegó la noticia de que su hermano Antonio María Aguilera había desaparecido, posiblemente en el mar, se convirtió en el único heredero de una de las más sólidas fortunas del oriente cubano.

De acuerdo con los datos aportados por sus familiares, volvió a La Habana en 1846 y entonces sí obtuvo su título de Bachiller en Leyes. Sin embargo, no realizó ninguna pasantía como posgraduado ni siguió estudios superiores de Derecho. Por eso, es un error seguir propagando que era abogado de profesión.

El 8 de septiembre de 1848 se casó en la Iglesia Auxiliar de los Dolores, de Santiago de Cuba, con Ana Manuela Kindelán y Sánchez Griñán, una joven de 18 años, hija de Juan Kindelán y Mozo de la Torre, coronel de milicias disciplinarias blancas y procurador a las Cortes españolas.

Perucho Figueredo, condiscípulo en la infancia, compañero de ideales durante toda la vida. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Perucho Figueredo, condiscípulo en la infancia, compañero de ideales durante toda la vida. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Abanderado del progreso de su ciudad natal, Aguilera participó activamente en las actividades de promoción social y cultural. Fue el de mayor contribución pecuniaria para la edificación del Teatro Bayamo en un solar de su propiedad. Estuvo también entre quienes pusieron su empeño en la construcción de una nueva sede para la Sociedad Filarmónica Cubana, un centro de animación musical, poética y ajedrecística. El agregado del vigoroso sustantivo “cubana” enfatizó en los valores que buscaba promover la institución en su segunda época.

El antiguo local tenía un estado de progresivo deterioro, por lo que se planteó rediseñarlo con un inmueble más moderno y salones más amplios. En la obra no faltaron las opiniones y contribuciones financieras de Aguilera, junto a las de Carlos Manuel de Céspedes y Perucho Figueredo, entre muchos más. Esta sociedad cultural fue reinaugurada el 2 de marzo de 1851, en uno de los laterales de la plaza Isabel Segunda.

Conspirador independentista

Presumiblemente, desde mayo de 1851 Aguilera se enroló en la conspiración que preparaba el hacendado y maestro Joaquín de Agüero desde Camagüey, pero muy pocos conocieron sus ajetreos revolucionarios. De pronto, a comienzos de julio, llegó a sus manos el aviso de que todo estaba listo para la rebelión.

Por entonces su madre se encontraba enferma. Ella le rogó que no la dejara en el estado de gravedad que padecía, ya que de un momento a otro podía morir. Debido a eso el patriota bayamés difirió el viaje a la provincia vecina. Luego empezaron a llegar las noticias del alzamiento de Jucaral, en Camagüey; los combates contra los alzados y el triste final de aquellos protomártires de la independencia. Veinticuatro años después, cuando Aguilera recordaba aquellos hechos, subrayaba que su negativa a Agüero le rasgó el corazón. Por eso, en abril de 1875, reafirmó: “Después no he vacilado en sacrifico alguno.”

En la primavera de 1855 fue llamado a tomar parte en un proyecto de carácter independentista, convocado por Carlos Manuel de Céspedes. Acerca de estos planes, Pedro María de Céspedes, muy activo en esos días, señaló: “Proyectamos apoderarnos de Bayamo y Manzanillo, debiendo hacerlo de Bayamo Francisco y Lucas del Castillo, Francisco Vicente Aguilera y yo, y de Manzanillo mis hermanos Carlos Manuel y Francisco Javier y Joaquín Márquez”.

En el afán de preparar la defensa de los pueblos ante posibles desembarcos armados de potencias foráneas, el capitán general Gutiérrez de la Concha organizó cuerpos de milicias voluntarias en ciudades y villas. El elemento español de Bayamo y Manzanillo se integró plenamente al cuerpo. Los conspiradores independentistas supieron aprovechar estas circunstancias. Según testimonio de Pedro María de Céspedes, “convenimos en que algunos de nosotros entrasen en los cuerpos de milicianos voluntarios españoles, para lo cual, designaron como jefe en Bayamo, de infantería a Francisco Vicente Aguilera”.

La idea era genial, puesto que el armamento y la preparación militar se obtendrían dentro de los cuerpos armados de la colonia. Poco a poco fue creciendo la fuerza militar por libre voluntad de los vecinos. Y Aguilera pronto ganó las simpatías de la compañía de infantería, obteniendo el grado de capitán.

El camino de la independencia  
El patricio bayamés con algunos de sus hijos. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

El patricio bayamés con algunos de sus hijos. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

El 8 de diciembre de 1865, en la casa de Francisco Sánchez, en el poblado de Guáimaro, tuvo lugar una reunión de bayameses, manzanilleros y camagüeyanos. El diálogo giró sobre las cuestiones políticas, siendo el punto nodal el futuro de la patria. En el debate prevaleció la coincidencia de criterios, esencialmente, en que había llegado la hora de liberarse del despotismo ibérico. El momento era oportuno, España estaba empeñada en nuevas aventuras militares contra las repúblicas de Chile y Perú, expresión de sus ansias de reconquistas del otrora imperio colonial. Aquellos hombres adivinaban que Cuba quedaría nuevamente con escasos recursos militares y bajo el peso de nuevas contribuciones de guerra.

De allí todos salieron con la idea de aglutinar a hombres de su confianza con los cuales pudiera contarse. En medio de los trajines conspirativos se fundó en Bayamo la logia masónica Estrella Tropical no. 19, por mandato del doctor Vicente Antonio de Castro, creador del cuerpo masónico del Gran Oriente de Cuba y las Antillas (Goca). Según consta en las memorias del conspirador y masón Calixto García Iñiguez, la logia serviría para “encubrir” las actividades pro insurreccioniales; y “el 26 de julio de 1866 tuvo efecto la primera tenida”.

El dato es importantísimo porque aclara que la conspiración antecedió al taller masónico. Las principales jerarquías de la logia recayeron en Francisco Vicente Aguilera como Venerable Maestro, con el sobrenombre de Bayamo; Perucho Figueredo, Orador; Francisco Maceo, Primer Vigilante; Esteban Estrada Céspedes, Segundo Vigilante y Ramón de Céspedes, Secretario.

En un periodo de tiempo increíblemente corto, Aguilera construyó el Comité Revolucionario de Bayamo, el 14 de agosto de 1867. Personalmente visitó a los compatriotas en Jiguaní, Santiago de Cuba, Las Tunas y Camagüey, al tiempo que mandaba emisarios a Manzanillo, Las Villas y La Habana. El proyecto solo encontró apoyo ferviente en Oriente y Camagüey, al que se integraron todas las clases y grupos sociales criollos, incluyendo a ricos y pobres. Pronto surgieron comités similares en Manzanillo, Holguín, Santiago de Cuba y Las Tunas.

Desde agosto de 1868 Carlos Manuel de Céspedes, jefe de los independentistas en la comarca de Manzanillo, insistía en las juntas conspirativas en que era necesario tomar una decisión inmediata para el levantamiento. Aguilera también deseaba desencadenar la guerra liberadora en un plazo relativamente corto, pero ponía el énfasis en la necesidad de contar con más núcleos revolucionarios en el país y abundantes pertrechos militares. El fervor del momento, las claras concepciones estratégicas de Céspedes, sobre todo aquella de “arrebatarle las armas al enemigo”, posibilitaron que se acordara el alzamiento para el 3 de septiembre de 1868.

En consenso con los representantes de Camagüey, Loret de Mola y Salvador Cisneros, se acordó que Aguilera presidiera el Comité Revolucionario de Oriente, secundado por Perucho Figueredo y Pancho Maceo. Como jefe de dicho comité, planteó a los diversos focos conspirativos una serie de problemas muy complejos de resolver. Los tres más importantes eran: ¿Con qué recursos militares se haría frente al poderío militar colonialista? ¿Cuándo debía estallar la rebelión? ¿Podría ser detenido el ímpetu de los más decididos por la insurrección hasta tenerlo todo perfectamente preparado?

Los demás líderes orientales, entre ellos, Carlos Manuel de Céspedes, Luis Figueredo, Donato del Mármol, Vicente García, Julio Grave de Peralta y Calixto García estaban seguros de que no podrían esperar para el grito redentor hasta la conclusión de la zafra azucarera en junio de 1869. Las obsesiones de Aguilera de querer contar con grandes lotes de armas y el plan de extender la conspiración a todo el país dilataban la espera demasiado, lo cual podría dar tiempo al enemigo a descubrirla y desarticularla.

Entonces Francisco Vicente invitó a Céspedes a un encuentro en su ingenio azucarero Santa Gertrudis, en las cercanías de Manzanillo, el 2 de octubre de 1868. En su esfuerzo por calmar a los impacientes pidió al abogado que mantuviera a sus hombres tranquilos hasta el 24 de diciembre, fecha en la que él debía haber regresado de los Estados Unidos con una buena cantidad de armas y pertrechos.

Carlos Manuel le esbozó la impaciencia que dominaba a sus subordinados, a los que apenas él podía refrenar. Insistió Aguilera en la necesidad de esperar ese corto plazo. Entonces el propietario del ingenio Demajagua le manifestó: “Todo lo sé, pero no es posible aguardar por más tiempo. Las conspiraciones que se preparan mucho, siempre fracasan, porque nunca falta un traidor que la descubra. Yo estoy seguro de que todos los cubanos seguirán mi voz […] España está revuelta ahora y esto nos ahorrará la mitad del trabajo. Si no me hallara tan seguro del triunfo, no me arrojaría a comprometer el destino, el porvenir y las esperanzas de mi patria”.

Los patriotas orientales estaban decididos a alzarse el 14 de octubre de 1868, cuestión que finalmente aceptó el propio Aguilera. Particularmente, en El Rosario, los conspiradores eligieron a Céspedes como Encargado del Gobierno Provisional Revolucionario y General en Jefe del Ejército Libertador.

La realidad es que llegó el momento en que Aguilera no podía controlar la situación de desbordamiento bélico en Oriente. De hecho, perdió toda posibilidad de influir para echar atrás acuerdos tan enérgicos. Esta pérdida del control originó distintas versiones y ha obsesionado a los historiadores que siguen empeñados en considerar a Aguilera como el máximo líder de la Revolución y que Céspedes lo despojó de esa primogenitura política revolucionaria, al adelantar la fecha del alzamiento para el 10 de octubre de 1868.

Lo cierto es que el 6 de octubre, en la noche, Aguilera decidió alzarse en armas en una de sus muchas haciendas en el sur de Las Tunas. A quienes comenzaron a cuestionar el “atrevimiento” de Carlos Manuel de aceptar las más altas dignidades revolucionarias, supuestamente sin contar con la anuencia de los conjurados, les salió al paso: “Acatemos a Céspedes, si queremos que la Revolución no fracase”.

En la manigua
Monumento erigido en su honor en el panteón de los héroes en Bayamo. (Crédito: PERIÓDICO LA DEMAJAGUA)

Monumento erigido en su honor en el panteón de los héroes en Bayamo. (Crédito: PERIÓDICO LA DEMAJAGUA)

Desde el día que se lanzó a la contienda, el 14 de octubre de 1868, en su hacienda de Santa Ana de Cayojo, tenía presente la felicidad de Cuba, el propósito inquebrantable de “ser libres o morir” y la abolición de la esclavitud. En cumplimiento de su deber como patriota y republicano, expresó a su dotación: “Hasta hoy habéis sido mis esclavos: vais a ser en lo adelante mis amigos. Yo os otorgo el derecho de elegir el género de vida que os convenga, sin sujeción al dominio que sobre vosotros he tenido; pero si os place iréis conmigo al combate: vosotros a conquistar la libertad civil y nosotros a pelear por la libertad política”.

Consultado sobre la quema de Bayamo, en enero de 1869, respondió con dignidad y altura revolucionaria: “Si esa es la voluntad de los bayameses, destrúyase todo por el fuego, porque yo no tengo nada mientras no tenga patria”.

Cuando concluyó el congreso constituyente de Guáimaro (abril de 1869), Céspedes procedió a formar su gabinete presidencial. Entonces tuvo a bien nombrar al general Aguilera como secretario de la Guerra y a Perucho Figueredo como subsecretario de este ramo, dos asesores principales en las cuestiones de política y estrategia militar.

El 24 de febrero de 1870, la Cámara de Representantes tomó el acuerdo de crear el cargo de vicepresidente de la República cubana, como sustituto legal del presidente Céspedes en caso de alguna desgracia. Para el puesto eligió a Aguilera, teniendo en cuenta sus grandes méritos revolucionarios. Lo que casi nunca se cuenta de este suceso es que era una medida inconstitucional y podía ser vetada. Sin embargo, Céspedes le dio curso legal por tratarse de su comprovinciano, a quien consideraba un carácter rebelde y sin dobleces. Y lo designó, en marzo de ese año, Lugarteniente General a cargo del mando militar de Oriente.

Misión en el extranjero

En junio de 1871, debido a las divisiones entre los patriotas emigrados y la poca llegada de recursos logísticos, el Gobierno revolucionario nombró a Aguilera su Agente General en el exterior. Por tanto, partió hacia Jamaica el 27 de ese mes y se estableció en los Estados Unidos para coordinar el envío de expediciones con hombres y armas a Cuba Libre.

Una vez depuesto Céspedes de su cargo, el 27 de octubre de 1873, Aguilera fue llamado por la Cámara de Representantes para que como vicepresidente ejecutivo ocupara la primera magistratura. Varias veces intentó regresar al país, pero encontró muchas dificultades.

Junto con Eugenio María de Hostos (izquierda) y Ramón Emeterio Betances proyectaba una confederación antillana para hermanar los pueblos caribeños. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Junto con Eugenio María de Hostos (izquierda) y Ramón Emeterio Betances proyectaba una confederación antillana para hermanar los pueblos caribeños. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

En carta a Miguel Aldama, fechada en Nueva York, el 16 de agosto de 1876, le expresaba sus ansias de volver a su tierra: “A la revolución de mi patria salí como simple particular: combatí en ella por espacio de tres años y nada sería más glorioso para mí, que retornar a ella, después de cinco años, con el solo título de ciudadano, a seguir combatiendo por la libertad del pueblo donde me cupo la honra de haber nacido”.

En la emigración Aguilera también dio impulso al proyecto de la Confederación Antillana, tema del que habló con patriotas dominicanos, boricuas y martinicanos, entre ellos, Eugenio María de Hostos, Ramón Emeterio Betances, José María Cabral y Germain Cassé. Intuía que en un futuro no muy lejano Cuba sería el centro de un racimo de naciones libres de las Antillas, unidas por lazos de hermandad, intereses recíprocos y culturas comunes.

Asistía mucha razón y justicia a José Martí cuando no cesaba de elogiar las virtudes de Francisco Vicente Aguilera. En el periódico Patria, el 16 de abril de 1892, escribió: “¡Anda de moda tener en menos a aquellos a cuya mesa comió como hermano el millonario heroico, el caballero intachable, el padre de la república, Francisco Vicente Aguilera!… Crece lo que la patria fundó”.

La vida le negó al patricio bayamés la posibilidad de retornar a su tierra para luchar por la independencia. Pero su pensamiento y obra revolucionaria acompañaron las sucesivas luchas por la libertad, como símbolo de dignidad y rebeldía de un pueblo en permanente combate por su emancipación y soberanía.

  • Especialista principal del Museo Provincial de Granma. Presidente de la filial granmense de la Unión de Historiadores de Cuba (Unhic)

 

 

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Redaccion Cultura e Historia