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Publicado el 4 Julio, 2021 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

GUILLERMÓN MONCADA: El más valiente entre los valientes

Así lo describía Policarpo Pineda Rustán, su primer jefe en la manigua, quien además añadía: “Es bueno y bravo y se puede confiar en él” 
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Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Guillermón Moncada

Guillermón combatió en las tres guerras por la independencia y de simple soldado llegó a ostentar el grado de mayor general. (Ilustración: ROMAY)

La sociedad colonial lo sometió a una doble discriminación. Por ser negro y por nacer fuera del matrimonio. Natural de Santiago de Cuba (25 de junio de 1845), quienes lo conocieron dicen que era alto de estatura –algunos historiadores aseguran que medía más de 1.90 metros–, más bien esbelto y muy musculoso, de extremidades largas, labio superior delgado y dientes muy blancos. No fumaba. Amaba la música y el baile: en el carnaval, actuaba como bastonero en la comparsa de su barrio natal, Los Hoyos.

Según la tradición oral, recogida por un diario en el centenario de su nacimiento, Guillermón Moncada aprendió a manejar el machete como arma de guerra con una negra liberta llamada Ña Amalia, quien tenía su conuco en la esquina de Tumba Cuatro (en la hoy intersección de las calles Reloj y Habana). Allí iba todas las tardes después de una jornada de trabajo en la carpintería donde comenzó como aprendiz. Según testigos de la época, contendía con los más bravos y pocas veces salía derrotado.

Gracias a su madre, María Dominga de la Trinidad, aprendió a leer y a escribir. Ella inculcó a sus hijos sentimientos de patriotismo y amor por Cuba. No se opuso a que Guillermón se alzara a mediados de noviembre de 1868, quien se alistó a las órdenes del capitán Policarpo Pineda Rustán; este, al presentarle el joven santiaguero a Máximo Gómez cuando el Generalísimo asumió el mando de la División Cuba en 1870, lo calificó como el más valiente entre los valientes, añadiendo: “Es bueno y bravo, y se puede confiar en él”.

Gómez aquilató las cualidades de Moncada en toda su magnitud y le entregó la jefatura de un batallón, ya con el grado de capitán. Tiempo después, al preguntársele su opinión sobre el subordinado, respondió: “Este Guillermón vale mucho, además de muy valiente, tiene dotes de mando y gran habilidad estratégica […] Si no lo matan, llegará muy lejos”.

Su casa en Santiago de Cuba aún se conserva. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Su casa en Santiago de Cuba aún se conserva. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Fue Jefe de la vanguardia de las fuerzas que, al mando del mambí dominicano invadieron Guantánamo en 1871, tres años más tarde, ya coronel, se fue con este a batir el cobre a Camagüey. En 1877 lo designaron jefe de la Brigada de Mayarí. Ante el Pacto del Zanjón fijó claramente su posición: “No podemos admitir nunca la paz que bajo condiciones tan humillantes nos brindan los españoles”. En un comentario sobre el deshonroso Pacto aseveró en una carta a Vicente García. “Oriente, en la cuestión presente, tendrá que salir con honor”.

Estuvo al lado del Titán de Bronce en la Protesta de Baraguá. El gobierno constituido en los históricos mangos lo ascendió a general de brigada. Se alzó en la Guerra Chiquita y el Comité Revolucionario Cubano, presidido por Calixto García, le impuso el grado de mayor general.

El Estado español lo secuestró en alta mar cuando se dirigía a Jamaica y lo recluyó en insalubres cárceles. Regresó a Cuba en 1886 y otra vez sufrió prisión en el cuartel Reina Mercedes (llamado posteriormente Moncada, en su honor) a finales de 1893.

Sin Moncada, decían sus compañeros de lucha, no hubiera tenido éxito el levantamiento en el sur oriental el 24 de febrero de 1895. (Ilustración: AURELIO)

Sin Moncada, decían sus compañeros de lucha, no hubiera tenido éxito el levantamiento en el sur oriental el 24 de febrero de 1895. (Ilustración: AURELIO)

Ya minado por la tuberculosis, dijo presente al llamado de José Martí el 24 de febrero de 1895. Marchó ese día a la manigua encabezando un puñado de patriotas. Bajo sus órdenes se levantaron Periquito Pérez y los guantanameros Victoriano Garzón en las cercanías de Santiago, Quintín Bandera en San Luis y Alfonso Goulet en El Cobre. A Saturnino Lora, jefe de los conspiradores en Baire, le comunicó mediante un mensaje: “De orden del general Moncada, que se levante el día 24 por la tarde y espere órdenes”. Su capacidad de líder fue tal que Horacio Rubens, jurista muy vinculado con el Apóstol en la preparación de la Guerra Necesaria, precisaría años más tarde en uno de sus textos: “Sin Guillermón no hubiera habido Revolución en Oriente el 24 de febrero”.

Cuando sintió la proximidad de la muerte, Moncada le entregó a Victoriano Garzón el mando de la tropa subordinada directamente a él. En hamaca, agonizante, lo trasladaron a casa de la familia Ávila, en Joturito, municipio santiaguero de Alto Songo. Le acompañaban Rafael Portuondo Tamayo y una pequeña escolta. Falleció el 5 de abril de 1895, a las 7:35 de la noche. Dejó tras de sí un grupo numeroso de mambises sublevados en espera de los principales jefes de la Revolución: Martí, Gómez y Maceo.

Fuentes consultadas

El libro El general Guillermón Moncada, de Abelardo Padrón. Los ensayos 24 de febrero de 1895: Inicio de la guerra de Martí, de Hortensia Pichardo, y Guillermón, el caballero negro, de Leonardo Griñán Peralta. El   texto periodístico Guillermón, de Lino Dou (Diario de la Marina, 1929). El Diccionario Enciclopédico de Historia Militar de Cuba.

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