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Publicado el 26 Julio, 2021 por Igor Guilarte Fong en Historia
 
 

MELBA HERNÁNDEZ: Semblanza para un centenario

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Mujer de perenne sonrisa y siempre rodeada de juventud. (Foto: Cubadebate)

Mujer de perenne sonrisa y siempre rodeada de juventud. (Foto: Cubadebate)

Por IGOR GUILARTE FONG

Si no me traiciona la memoria, la última vez que la vi –públicamente– fue en un reporte de televisión, a propósito de su cumpleaños 92. La dulce viejecita, de manos lánguidas, ojos hundidos tras espejuelos, cabellos canosos y corte redondo como un sol plateado, permanecía sentada en un sillón de su casa del municipio capitalino de Playa, sosteniendo un ramo de flores.

Desde su menuda estatura –física, porque era una gigante moral– hablaba con expresión parsimoniosa, vívida, sin perder la sonrisa; vencedora de tantos inviernos. Irradiaba amor por Cuba y Fidel. Pero aquella imagen plena de abuelita sencilla, llena de anécdotas, consejos, reflexiones, disimulaba una historia descomunal y un nombre significativo: Melba Hernández Rodríguez del Rey, una heroína indiscutible de la Revolución cubana.

Muchos acontecimientos, antes y después de enero de 1959, están forzosamente vinculados a su figura. A grandes saltos veremos que fue abogada de profesión, con el don de la oratoria, junto a Haydée Santamaría, una de las dos únicas mujeres moncadistas, luchadora clandestina, guerrillera, promotora por antonomasia de la amistad con los pueblos asiáticos, dirigente política y diputada. Resumiendo, una cubana redonda.

Ser heroína –o héroe– no es privilegio, ni regalo de la suerte ni otorgamiento divino; sino que es resultado de la forja del temperamento, de la educación en el hogar, de los principios éticos y de humanismo. Toda esa savia que bebió Melba en el seno natal, la fue encauzando en el camino hacia lo hermoso.

La hija pasó al frente

Hace 100 años justos, en Cruces –entonces término municipal de Las Villas, hoy en la provincia de Cienfuegos– nació Melba Hernández Rodríguez del Rey. Para orgullo de las 30 000 almas que allí habitan, es Hija Ilustre de la localidad que alguna vez fue nudo de redes ferroviarias, emporio azucarero, sabana de molinos y escenario de la famosa batalla de Mal Tiempo.

Junto a sus padres, apoyos y ejemplos. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO/Archivo de Bohemia)

Junto a sus padres, apoyos y ejemplos. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO/Archivo de Bohemia)

La hija única de Manuel y Elena abrió los ojos el 28 de julio de 1921. En ese momento en Cuba: mandaba Alfredo Zayas, el típico corrupto liberal; bajaba a la capital el son de la loma; era Capablanca campeón mundial de ajedrez sobre Lasker; apretaba tuercas el mal de las “vacas flacas”, pero aun así la alta sociedad se construía mansiones palaciegas, gastaba dinero a borbotones en ropa cara y clubes de cachet. Mientras, a espaldas de la “prosperidad”, miles de cubanos morían en “palacios” de tierra y guano, sin jornal, sin salud, sin esperanzas.

Al decir de su propia madre, Melba creció en un hogar donde “vivíamos tranquilos porque había de todo. Pero siempre con la inconformidad por el hecho de que hubiera otros que no tenían nada o tenían muy poco”. Manuel era técnico en agronomía, pero se vio precisado a trabajar en la Zona Fiscal de Cruces; y Elena, quien soñó con ser maestra, declinó esa profesión para atender a la hija amada, que resultó enfermiza en los primeros años.

Ambos progenitores tenían un pensamiento honesto, firme y justiciero, por eso luchaban contra los gobiernos corruptos. Manuel era un líder local, defensor de los trabajadores, acabó en la cárcel por irse a la huelga en marzo de 1935. También recibió ella la influencia de su maestra Corina Rodríguez, veterana mambisa que le inculcó el amor a la Patria. Debido a esos cimientos, Melba creció rebelde. No podía ser de otra manera.

Presionada por urgencias económicas, la familia decidió emigrar a La Habana en diciembre de ese año. Elena tuvo que empezar a coser para la calle hasta que consiguió empleo en La Sedanita, un taller de confecciones que se ubicaba en La Rampa vedadense. Mientras, Manuel no hallaba ocupación y Melba, ya adolescente, cooperaba en las labores domésticas, pues los centros educativos permanecían cerrados.

Pese a su corta edad, ella tomó temprana conciencia de su papel familiar. Esperó la apertura masiva de los centros de enseñanza, entonces matriculó el bachillerato, para luego estudiar Derecho. La hija pasó al frente.

Una mujer en Revolución

La casa de la familia Hernández-Rodríguez del Rey, en Jovellar 107, vibraba, como tantas, ante la prédica de Chibás. De esa fuente bebía a diario Melba, ya joven abogada pletórica de inquietudes y contradicciones propias de su tiempo. Los acontecimientos se fueron precipitando: murió el líder del Partido Ortodoxo y Batista dio el artero golpe de Estado.

En momento de definiciones no flaqueó. Conoció a Abel, Haydée, Fidel, enseguida se integró a la llamada Generación del Centenario. Con el apoyo de los padres ofreció su casa como centro conspirativo, allí hasta se confeccionaron uniformes que serían usados en las acciones armadas del 26 de julio de 1953.

La participación de Melba junto a Haydée en el asalto al Moncada es bien conocida. En la Granjita Siboney atendieron y estimularon a los asaltantes, a la hora cero pidieron ir al combate y en el Hospital Civil sirvieron como verdaderas combatientes. Milagrosamente salvaron la vida, para ser en el juicio las principales denunciantes de los asesinatos de sus compañeros.

Ficha policial tras los sucesos del 26 de julio de 1953. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO/Archivo de Bohemia)

Ficha policial tras los sucesos del 26 de julio de 1953. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO/Archivo de Bohemia)

En las primeras vistas orales se escuchó la voz fuerte de Melba para desmontar la mentira: “Fidel no está enfermo” e inmediatamente puso en manos del tribunal la carta escrita por el líder en la cárcel de Boniato, en la cual desenmascaraba la patraña para retirarlo del juicio. Melba y Haydée fueron sentenciadas a seis meses en el reclusorio para mujeres de Guanajay.

Libres de esa condena se dedicaron a cumplir otra ingente misión de Fidel, que no sería nada fácil pero sí trascendental: recopilar y organizar las notas escritas con zumo de limón, para luego publicarlas y distribuirlas como el célebre alegato La historia me absolverá. Al decretarse la amnistía política participó en la fundación del Movimiento 26 de Julio, luego estuvo en México durante los preparativos de la expedición del Granma.

En Tuxpan despidió el yate, y aunque su deseo era viajar, las condiciones a bordo aconsejaron lo contrario. En poco tiempo regresó a Cuba para implicarse en la lucha clandestina; en 1958 subió a la Sierra Maestra, incorporándose al Tercer Frente de Juan Almeida, como jefa de Auditoría. Allí atendió la recaudación de impuestos al café y al ganado, la distribución del armamento y la organización de una escuela para alfabetizar a la tropa.

Embajadora en la tierra de los anamitas
Sembró la semilla de la solidaridad. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO/Archivo de Bohemia)

Sembró la semilla de la solidaridad. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO/Archivo de Bohemia)

Al triunfo de la Revolución realizó varias tareas afines con su profesión. En esta nueva etapa se relacionó directamente con los obreros y el personal técnico de todas las industrias; veló por la atención a combatientes y familiares de los mártires. El trabajo con las masas había sido su pasión. Pero en la memoria nacional de esos tiempos aparece su nombre indisolublemente ligado a la solidaridad con otros pueblos, en especial los de Asia.

Después de su primer viaje a Hanoi, representando a América Latina por el Consejo Mundial de la Paz, quedó prendada de la nación vietnamita. Conoció al gran Ho Chi Minh. “A ese hombre de grandes ideas lo llevo siempre en el corazón”, afirmó una vez.

En septiembre de 1963 pasó a desempeñar las funciones de presidenta del Comité Cubano de Solidaridad con Viet Nam del Sur. Desde ese momento generó un movimiento internacional, polifacético, que apoyaba la lucha del pueblo anamita por su libertad y contra la agresión imperialista.

Fidel le coloca la Medalla 50 Aniversario del Moncada. (Foto: bohemia.cu)

Fidel le coloca la Medalla 50 Aniversario del Moncada. (Foto: bohemia.cu)

Pronunció, además, miles de conferencias, discursos en Cuba y otros países. También muchas fueron sus iniciativas en favor de la causa vietnamita, promovidas por el Comité que nucleó representantes de diversos sectores. Luego de la victoria de 1975, sin desprenderse de las actividades de solidaridad, Melba ejerció la carrera diplomática como embajadora cubana en Vietnam.

Falleció en La Habana, el 9 de marzo de 2014, por complicaciones asociadas a la diabetes mellitus, enfermedad que padeció durante años. Atendiendo a su voluntad, su cadáver fue cremado y sus cenizas trasladadas al cementerio de Santa Ifigenia en Santiago de Cuba. Desde el Mausoleo de los Mártires de la Revolución, junto a sus compañeros de la gesta del Moncada, fulgura.

Cada julio Cuba la recuerda vital –como aquel reportaje televisivo–, casi siempre rodeada de niños, con sabias palabras para la juventud. La humildad y el profundo humanismo que la caracterizaron laten en los cubanos como legado imperecedero.

Fuentes consultadas: Madre en tiempos de coraje, BOHEMIA, 8 de mayo de 1987; y La Revolución es más sabia hoy, BOHEMIA, 24 de julio de 1992.

 

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Igor Guilarte Fong

 
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