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Publicado el 19 Julio, 2021 por Pastor Batista en Historia
 
 

CRIMEN EN CAIMANERA

Una madre muerta en vida

Desde el 19 de julio de 1964 Eunomia Peña no ha dejado de preguntarse, ni un solo día, por qué los marines yanquis asesinaron a Ramón, el mayor de sus hijos
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Ni un solo día Eunomia dejó de preguntarse con qué derecho los marines yanquis asesinaron a su hijo./ pbv

Ni un solo día Eunomia dejó de preguntarse con qué derecho los marines yanquis asesinaron a su hijo.

Texto y fotos PASTOR BATISTA VALDÉS

En medio del intenso ajetreo de las últimas semanas y de las dificultades para indagar desde lejos, me preocupaba que hubiese dejado de latir la parte física, carnal, de Eunomia Peña. La otra porción suya, la de espiritual existencia, había venido languideciendo, poco a poco, desde aquel 19 de julio de 1964 cuando la mano infame del imperialismo norteamericano empezó a sepultarla en vida.

Ese fatídico día, desde la indeseable Base Naval de Caimanera, en Guantánamo,  marines yanquis dispararon sobre posiciones defendidas por el entonces Batallón Fronterizo y uno de los proyectiles dejó sin vida al soldado Ramón López Peña, hijo mayor de Eunomia, el primero de los doce retoños que la vida les dio a ella y a su esposo, el carbonero Andrés López.

Julio de 2021. Para tranquilidad de todos, Róger Batista Chapman y Jerónimo Jerónimo Valdivia, presidentes de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana en la provincia de Las Tunas y en el municipio de Puerto Padre, respectivamente, me confirman que Eunomia sigue plantada contra los virus del tiempo y del sufrimiento, allá, en su humilde casita de Maniabón. De acuerdo con mi archivo, está dando su vuelta número 96 alrededor del sol.

La última vez que hablé con ella, en 2009, fue durante una de esas tibias mañana en que hasta la brisa parece detenerse para que ni su más leve susurro impida el privilegio de escuchar. Recuerdo que, por el modo en que me hablaba, la sombría expresión de su mirada, el tormento echando raíz en cada arruga… tuve la extraña sensación de que en ese momento estaban sucediendo los acontecimientos que, con la aflicción anudándole la voz, me contaba.

   NO TE PREOCUPES, PAPÁ

Diecisiete meses atrás, Andrés había tomado entre sus callosas manos las de su hijo y, como si acariciara al más tierno capullo del monte, le dijo: “No te descuides, mi´jo, esos marines son capaces de cualquier cosa”.

Ambos sabían muy bien el porqué de aquel consejo. Recientes provocaciones desde el territorio ocupado por Estados Unidos contra la voluntad de los cubanos, significaban un peligro real para quienes desde acá defendían la soberanía del país y el sueño común sobre millones de almohadas.

Condensando en sí toda la pasión de esos convulsos años, los labios de Ramón apenas dejaron escapar una frase aparentemente sencilla, pero a la medida de cualquier tiempo futuro: “No se preocupe Papá, voy a seguir cuidándome allá y a cumplir de Patria o Muerte mi deber.”

Un rato después partía con la nostalgia de ver a la familia albergada en una mueblería luego de ser derribada la vivienda por las fuertes rachas de un ciclón, pero también con la tranquila certeza de que la Revolución no los dejaría desamparados y de que todo se resolvería, de una u otra manera.

Por eso, más que tristezas, en algún lugar del jolonguito con que Eunomia y Andrés lo vieron alejarse, acomodó los días de pastoreo en la finca de los abuelos maternos, las zambullidas en el río, las broncas con su rígida mano para obligarla a escribir bien, las noches de vigilia junto a su hermano Melanio, un chiquillo también, “para que el horno de papá no se volara”; la ida, muchas veces desde allí mismo, en pleno monte, para la escuelita situada en el barrio de la La Morena, la incorporación voluntaria a las Milicias Nacionales Revolucionarias, la lucha contra bandidos en la zona de Manatí con apenas 15 años de edad…

CRIMEN SIN CASTIGO

Informados acerca de cómo un rato antes (5:37 pm) soldados yanquis habían rastrillado fusiles y apuntado contra el servicio de guardia saliente, Ramón observa durante unos segundos a los marines que, tan arrogantes como el gobierno que representan, continúan lanzando ofensas y hasta piedras.

  • “Parece que esta noche va a haber jodienda” -comenta volviéndose hacia su compañero Héctor Pupo y le pide un trago de café.

Al poco rato llegan el segundo jefe del destacamento, el instructor político y tres compañeros más, quienes alertan a los jóvenes acerca del peligro.

El reloj marca las 7:07 PM, o como suele definirse en la vida militar: las 19:07 horas. Desde las coordenadas 43-67 dos soldados norteamericanos se tiran al suelo y disparan una ráfaga que traza a los pies de Héctor y Ramón, en la posta 44. El segundo jefe del destacamento ordena entrar rápidamente a la trinchera. Es lo que ha dispuesto el Comandante en Jefe para situaciones así pues, como norma, la valiente actitud que asumían los soldados cubanos ante tales provocaciones era plantarse, firmes y serenos, corajudamente, frente al enemigo.

No hay tiempo, sin embargo, para cumplir del todo aquella orden. Nuevos disparos surcan el aire. Ramón logra dar unos pasos y cae. De él no brota un gesto de miedo, de arrepentimiento, de cobardía… en todo caso una sensación de silencio, de ingravidez, de verdadera hombría, mientras la sangre y la vida escapan por donde mismo, alevosa e injustificadamente, se empieza a filtrar la muerte.

  • ¡Marines hijos de puta, me han matado!

Desesperado, su amigo Héctor grita: ¡Corra sargento, han herido a Ramón!

La sangre brota por el cuello. Un proyectil ha penetrado por él. Todos acuden. Comunicación urgente. Segundos que devienen años. Arriba, el cielo parece perder la poca luz que entre lágrimas la luna arroja sobre las posiciones defensivas. No hay pulso ya… ni oxígeno que llegue a los pulmones.

Delante, las alambradas permanecen mudas, acaso temblando frente al sollozo de los dignos, quien sabe si avergonzadas ante la pírrica satisfacción del gatillo asesino.

ESTIRPE DE CAMPESINA, DIGNIDAD DE CARBONERO
“Los norteamericanos hablan de luchar contra el terrorismo como si no fuera terrorismo lo que hicieron con mi Ramón” –afirma esta sufrida madre.

“Los norteamericanos hablan de luchar contra el terrorismo como si no fuera terrorismo lo que hicieron con mi Ramón” –afirma esta sufrida madre.

La noticia tiñe de gris a Puerto Padre, al oriente cubano, al país entero. Eunomia se lleva las manos a la boca, cierra los ojos y siente que muere en vida. Andrés llega desde el monte, viene en busca de algo y… “¡No me digan eso, por favor, no; díganme que es mentira!”

Entonces, sin darse cuenta siquiera, un puño comprime al otro en busca de consuelo y los pies andan como locos en todas direcciones, como si estuvieran separados de la cabeza que parece estallar en cualquier momento. Y los oídos zumban, y quiere abrir la boca para decir algo pero no puede. Y quiere llorar como un niño… pero ni siquiera eso puede hacer ahora.

Un rato después, con la sensación de llevar clavada en medio del pecho su hacha de leñador, viaja hacia Guantánamo en un yipi de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Apoyada en su hombro está Eunomia. No viste la sencilla ropa de una campesina. Prefiere llevar el uniforme de miliciana: igualito al que usaban muchachas de la zona junto a su Ramón.

Durante los funerales cree que en cualquier instante romperá en inconsolable llanto, pero se resiste a hacerlo. “No les daré a los asesinos de mi hijo el gusto de ver mis lágrimas”. Vilma no se apartará de ella. Tampoco Raúl… ni Cuba.

También Andrés está desesperadamente sereno, fuerte como un roble, incluso mientras Raúl le entrega el pequeño carné que convierte a Ramón, post mortem, en el primer miembro allí de la Unión de Jóvenes Comunistas, cuyo proceso de construcción transcurre precisamente por esos días en el Batallón.

Un nudo de alambre de púas le sigue atenazando la garganta. Pero sabe que el bosque, los once hijos que quedaron al cuidado de vecinos y su propia dignidad no le perdonarían jamás callar. Y casi en una súplica pide que le permitan ocupar el mismo puesto de combate de su hijo durante el tiempo que le faltaba a Ramón para concluir el servicio militar. ¡Qué hombre, coño! Se desplomará el imperio yanqui un día sin que le nazcan valores así.

Guantánamo entero gime de dolor. Más de 50 000 personas acuden al sepelio, convencidas de lo que allí les diría Raúl a Andrés y a Eunomia, tras calificar al extinto soldado como símbolo de la valerosa fuerza que en La Frontera defendió y defiende nuestra soberanía: “Han perdido a un hijo, y en cada uno de nosotros tendrán un hijo. Su dolor lo compartimos todos”.

Julio de 2009. Posada como una libélula en una butaca de madera y pajilla, Eunomia no deja de observarme con una de las miradas más inconsolables que he visto en mi vida.

“Jamás nos recuperamos de aquel golpe –me confiesa, por fin-, mi marido murió con problemas del hígado en 1975. Yo padezco de todo, nunca más volví a sentir alegría. Julio es terrible para mí. También los segundos domingos de mayo… recibo muchos besos, pero me falta el de mi Ramón”.

Pequeña placa, a la entrada del hogar donde Eunomia sigue esperando el retorno de su hijo o el momento de partir a rencontrarse con él. Acariciándole los cabellos, Carmen, hermana del joven mártir, escucha cada detalle para finalmente expresar: “Yo no lo conocí; nací después de su muerte. Pero lo recuerdo todos los días, como si me hubiera cargado en sus brazos cuando niña, como si hubiera jugado conmigo, como si me hubiera dado el ejemplo, los consejos y el cariño que él le daba a todo el mundo, aquí en la familia y allá, en el Batallón de la Frontera”.

George, otro de los hermanos, tenía apenas cuatro años cuando el crimen. “Todo lo que conozco de Ramón –ha afirmado- son respuestas a mis preguntas en la familia, a lecturas en la prensa y a lo que he aprendido en las visitas realizadas a la Frontera.

“Allí su presencia se siente como algo real. En la Compañía 2 está su cama en una urna de cristal, hay condecoraciones, fotos y un soldado. El más destacado de la semana rinde guardia de honor y lee la biografía de Ramón a los visitantes. Los oficiales y los soldados me han hablado mucho de él, porque a las tropas les transmiten su ejemplo”.

Para orgullo de Eunomia, de su familia y de todos los cubanos, Ramón López Peña honra con su nombre a la vanguardia combativa de las tropas que salvaguardan el territorio nacional frente a la indeseable Base Naval de Guantánamo.

En una de las oportunidades que conversé con la anciana el calendario registraba unas 16 400 noches desde el asesinato de su hijo, pero a ella le parecía que todo acababa de ocurrir, o que todo era incierto, que se trataba apenas de una pesadilla y que de repente los nudillos de su adorado hijo repicarían sobre la puerta, para que ella despertara y…

Entonces, a lomo de un desconsolado suspiro, volvió a la dura realidad: Ramón estaba ahí, sí, mirándola, desde lo alto de la pared, en esa foto que lo muestra semi inclinado, con el mismo semblante (bello y tan maduro) que tenía aquel 19 de julio de 1964, cuando el dedo asesino de un marine haló el disparador y un proyectil le penetró por el cuello hasta el fondo de la inmortalidad.

 

 

 

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Pastor Batista

 
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