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Publicado el 23 Agosto, 2021 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA 1906

Don Tomás, el “predestinado”

Como consideraba que sus compatriotas no sabían gobernarse a sí mismo, prefirió que el país fuera ocupado por una potencia extranjera
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Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Durate la presidencia de Estrada Palma la discriminación racial alcanzó límites de política de Estado. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Durate la presidencia de Estrada Palma la discriminación racial alcanzó límites de política de Estado. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Cuatro años de gobierno acabaron con su popularidad. Ya pocos creían en el señor presidente, ni siquiera en su afamada honradez porque, si bien él no robaba, sus compinches se construían fastuosas mansiones en el Vedado a costa del erario público. Además, de qué servían millones y millones de pesos oro en la Tesorería Nacional si el campo cubano languidecía por falta de capital, y centenares de familias guajiras marchaban a pasar penurias a las ciudades, tras perder sus tierras.

Un cuatrienio atrás, cuando se postulaba para mandatario, una fake news le endilgó el título de “sucesor de Martí en el Partido Revolucionario Cubano escogido por el mismo Apóstol”. La propalación de esa falsedad se aprovechó del desconocimiento popular sobre las Bases y Estatutos de esa organización, redactadas por el propio Héroe Nacional, que estipulaban la elección del Delegado por votación libre de los clubes revolucionarios y no por una designación de dedo.

Y así fue, lamentablemente, tras la catástrofe de Dos Ríos, en 1895: gracias a una campaña política basada en la demagogia y la mentira, don Tomás Estrada Palma fue el ganador de las elecciones para el máximo cargo del PRC, al cual hizo abandonar desde entonces su proyección política ideológica inicial y lo transformó en un simple aparato burocrático donde solo funcionaba el departamento de Expediciones.

Quienes creyeron en 1902 que como presidente de la república necolonial iba a basar su administración en los postulados martianos, pronto murieron de desengaño. La discriminación racial, por ejemplo, alcanzó límites de política de Estado. Por una alianza maquiavélica entre el Gobierno, la patronal y los gremios obreros controlados por sindicalistas de origen español, profesionales calificados con amplia experiencia en las factorías del sur de la Florida eran rechazados en muchas tabaquerías cubanas solo por el color de su piel. Y los pocos aceptados no podían entrenar en los talleres como aprendices a sus hijos

El racismo también invadió el parlamento. En las recepciones ofrecidas en la mansión presidencial los congresistas blancos podían llevar a sus esposas; las cónyuges de sus similares negros y mulatos nunca fueron invitadas.

En el gabinete de Don Tomás muchos de sus ministros fueron destituidos al no estar de acuerdo con la reelección. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

En el gabinete de Don Tomás muchos de sus ministros fueron destituidos al no estar de acuerdo con la reelección. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Por otra parte, don Tomás se creía un predestinado de Dios para salvar de la barbarie a la nación cubana. En su época de presidente le oyeron decir muchas veces: “Cuba es una república sin ciudadanos”. No fue difícil a sus compinches convencerlo de que debía reelegirse. Todo aquel que en su consejo de ministros no estuviese de acuerdo con ello, fue destituido. Y si era empleado público, se quedaba sin trabajo. Hubo ingenuos que acudieron a don Tomás para que detuviera esas arbitrariedades. Treinta y dos alcaldes fueron entonces desalojados de sus ayuntamientos. Las cesantías se multiplicaron. Incluso en el sector del magisterio, en un país donde había aulas sin maestros.

Los comicios de 1906 son considerados como uno de los más fraudulentos en los 57 años de historia de la república neocolonial. Según confesión de Fernando Freyre de Andrade, figura muy cercana a Estrada Palma, “aparecieron” 150 000 electores más de los que tenían derecho a votar. La oposición decidió irse a la manigua. Faustino (Pino) Guerra se alzó en armas en Pinar del Río el 16 de agosto. Le secundaron Ernesto Asbert, Enrique Loynaz del Castillo y Quintín Bandera, en La Habana; Eduardo Guzmán en Las Villas. Pronto los sublevados se contaban por centenares. Su principal demanda era la dimisión inmediata de los candidatos electos en las fraudulentas elecciones.

Al general Quintín Bandera la soldadesca lo asesinó a sangre fría. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Al general Quintín Bandera la soldadesca lo asesinó a sangre fría. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

A Quintín Bandera lo asesinaron fríamente

El Gobierno envió su soldadesca a reprimir el alzamiento. A Quintín Bandera lo asesinaron fríamente tras haber solicitado un salvoconducto para abandonar la lucha. Según Loynaz del Castillo, de acuerdo con lo que “contaron dos ayudantes de Quintín, que luego se incorporaron a mis fuerzas”, a la tropa estradista, dirigida por un antiguo subalterno del viejo mambí, la guio el dueño de la finca a donde se hallaba el general Bandera. A este “le dieron un tiro y lo cubrieron a machetazos. Así mataron a los ayudantes que habían apresado. Luego dispararon al aire para simular un combate. Todo eso fue visto por los otros dos ayudantes que estaban escondidos cerca del lugar”.

Los sublevados no se amilanaron. El propio Loynaz del Castillo encabezó la última gran carga al machete victoriosa de nuestra historia y arrasó a una columna gubernamental en el Wajay, el 14 de septiembre de 1906. La Habana quedó a merced de los sublevados.

La insurrección parecía indetenible. Y el señor presidente seguía empecinado en no dialogar con la oposición. Eran tiempos que sobre Cuba pendía el capítulo III de la Enmienda Platt, mediante el cual los Estados Unidos se arrogaban el derecho a intervenir en nuestro país cuando lo estimaren necesario. Y a casi todos los cubanos les preocupaba una nueva intromisión del vecino poderoso. De ahí las gestiones de varios mambises ante Estrada Palma: Bartolomé Masó a nombre de los alzados y Emilio Bacardí representando a los tabacaleros en huelga. No se le quería dar un pretexto al coloso norteño. Pero don Tomás ya había tomado una decisión. Renunció a su cargo y dejó acéfala la república.

Quedaba abierto el camino a la Segunda ocupación yanqui a Cuba.

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Fuentes consultadas

Los libros Las máscaras y las sombras. La primera ocupación, de Rolando Rodríguez; y Doce muertes famosas, de Manuel Cuéllar Vizcaíno. El texto periodístico “Segunda intervención yanki en Cuba” (periódico Granma, 29 de septiembre de 2001).

 

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