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Publicado el 13 Agosto, 2021 por Pastor Batista en Historia
 
 

El otro timonel del buque Hermann

Ignoraron los arrogantes marines del guardacostas norteamericano Chincoteague que el tripulante número 12 de aquel mercante panameño, arrendado por Cuba y con las bodegas repletas de dignidad, era, desde La Habana, nada más y nada menos que… Fidel
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Y el Comandante ahí, de primerito, abrazándolos uno por uno.

Texto y fotos PASTOR BATISTA VALDÉS

–¡Conchoooo, ahí está Fidel! –grita eufórico Diego Sánchez Serrano, capitán del buque Hermann, con un pómulo y parte de la nariz pegados a la escotilla del avión, mientras la aeronave detiene sus motores en el Aeropuerto Internacional José Martí.

–¿Qué tú estás diciendo? –inquiere con no menos alegría otra voz.

–Eso mismo… que ahí está nuestro Comandante en Jefe, esperándonos.

Cerca de mí, los diez dedos de la joven aeromoza se vuelven una trenza, tal vez ansiosa, con toda seguridad emocionada porque, en efecto, ahí, a los pies de la escalerilla está, impresionante pero familiar, la figura del líder histórico de la Revolución Cubana.

Es jueves 1o de febrero de 1990. La tarde empieza a caer cual cálida frazada sobre los hombros de La Habana. Cerca del monumento erigido a las víctimas de la bochornosa voladura del Maine, miles de personas aguardan por la llegada de los once cubanos que horas antes habían rechazado la vandálica agresión por un guardacostas norteamericano.

Solo que Fidel es Fidel. Y nadie imagine que, habiendo sido el primero en enfrentar la invasión mercenaria por Playa Girón, la arremetida del ciclón Flora y cuanta situación similar sobreviniera, perdería ahora la oportunidad de recibir personalmente a la corajuda tripulación.

Por suerte, con la cámara y el maletín fotográficos como credencial, he logrado escabullirme, escalerillas abajo, para que tampoco a los lectores del periódico Bastión, Órgano Oficial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, ni al resto de la población, se les escape la visualización gráfica de un momento histórico e irrepetible.

Es curioso. El nerviosismo que ni por un instante halló espacio en los once miembros de la tripulación durante aciagas horas de asedio, ofensas y agresión imperial directa en medio del mar, se empeña en alojárseles saltarín, ahora, a medida que Fidel los va recibiendo, uno por uno, para darles, en su abrazo, el de Cuba entera.

Como de costumbre, viste uniforme verde olivo, gorra de permanente campaña, insignias de Comandante. Los marineros, el blanquísimo pulóver de paz que, obsequiado por la Unión de Jóvenes Comunistas, se han puesto antes de descender de la aeronave. A la espalda, la franela exhibe una mano chasqueando pulgar y del medio en gesto triunfal. Debajo, ocho letras en línea indican: síguenos. Con sus vivencias, cada uno podría conformar un libro acerca de la vil provocación. Devenido, desde acá, el tripulante número 12, Fidel podría escribir todo un tratado con la información que no tienen ni quienes prepararon la agresión.

Los hechos

Todo había comenzado en la tarde el 29 de enero cuando un impertinente avioncito sobrevoló par de veces al mercante que, con bandera panameña, arrendado por la Empresa de Navegación Caribe, con tripulación cubana y diez toneladas de mineral cromo a bordo, había zarpado desde Moa, con destino al puerto de Tampico, en México.

Es al siguiente día, sin embargo, cuando temprano en la mañana el guardacostas yanqui Coast Guard 1320, Chincoteague, empieza a acercarse al buque, en aguas internacionales. Viejo lobo, no solo de mar, sino también de tormentas políticas, el capitán Diego Sánchez olfatea lo que después sobrevendría: la irreverente y violatoria intención de abordar al Hermann para inspeccionarlo, alegando supuestas informaciones relacionadas con presencia de drogas. ¡Ahora sí que se volvieron locos! ¿Será que no acaban de conocer a los cubanos?

De nada sirve la clara explicación que ofrece el propio Diego acerca del contenido real de la carga y, por tanto, la negativa total del Gobierno cubano a que el barco sea inspeccionado. Chorros de agua a presión e iluminación directa con potentes reflectores durante la noche para “cegar”, van dando gradual paso a una cadena de agresiones que incluirán el desesperado empleo de ráfagas de ametralladoras contra la proa, además de disparos sobre el  puente de mando, la cubierta, el departamento de máquinas, la bodega número dos y otras áreas, incluyendo la premeditada intención de intensificar el fuego para hundir la nave cerca ya de dos torres de petróleo, dentro de aguas territoriales mexicanas.

Un cuchillo en las manos del cocinero Ángel Bertot Gutiérrez, el hacha para rupturas en caso de emergencias, lista para ser empuñada por el timonel Francisco Montalvo; un tubo en poder del ayudante de máquinas Mario Andrés Hidalgo para golpear a quien intente poner un pie en territorio cubano (así consideran al barco) y bengalas para achicharrarle el cuerpo, son parte de las rústicas e improvisadas armas con que todos se aprestan a enfrentar, cuerpo a cuerpo, al agresor.

Quizás la esencia del momento se condense en la frase que, en pleno vuelo ya, rumbo a Cuba, me confesaría Diego: “Querían tocar nuestro barco…  lo que no imaginaron es que antes tendrían que tocarnos los c…”

Y Fidel plantado como un titán
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Con imágenes así y declaraciones del valeroso ca-pitán Diego Sánchez, el periódico Bastión reflejó la vandálica agresión.

Convencido de la indignación que en tal contexto debía estar reverberando dentro de los 11 hombres, Fidel no solo indica lo que era de esperar al enemigo (estoicismo y arrojo totales), sino también –y sobre todo– lo que ni por asomo hubieran imaginado.

Tal y como afirmaría luego, ante la gigantesca concentración de pueblo, “en ningún momento haríamos lo que a lo mejor piensan, o lo que esperan, o lo que pueda hacerles el juego; hay que utilizar el valor, pero hay que utilizarlo con la inteligencia. Otras veces lo hemos dicho: hay que combinar la inteligencia con el valor. Eso es lo que conduce a la victoria”.

Por ello, bien pasada la media noche del 30 de enero, contacta con José Antonio Arbesú, jefe de la Sección de Intereses de Cuba en Washington, y le indica textualmente: “Si te dicen que ese barco tiene bandera panameña, tú les dices que la bandera es panameña, pero que los c… que están dentro del barco son cubanos. Que la tripulación no acepta dejarse registrar por una cuestión de honor…  Fíjate, te estoy hablando a esta hora, casi las 2:00 de la mañana, así que advierte que la gente del barco, por honor, no se deja registrar, y que es responsable el Gobierno de Estados Unidos de lo que les ocurra a los tripulantes.

“Díselo así, que la cuestión del argumento de la droga es una provocación, tal como lo vemos nosotros; que es una provocación, que es un argumento cínico y que es un argumento de H de P. Díselo aunque te boten a ti mañana de ahí”.

Sin perder un minuto, telefonea seguidamente al embajador cubano en México. La orientación no deja margen a dudas ni a segundas opciones. El barco no será inspeccionado por ojo gringo alguno; solo por las autoridades de la hermana nación azteca. Así se hizo. Como una bofetada y para conocimiento del mundo (al que ya serviles medios de prensa habían tratado de confundir con falsas informaciones, parte de la misma farsa) Arístides Palma Palma, capitán del puerto de Tampico, informaría que en las tres minuciosas inspecciones realizadas al buque, no se encontró ni el menor indicio de droga.

“Estos hombres se han enfrentado al imperio sin un arma, se han enfrentado a ese guardacostas que significaba la poderosa marina y la poderosa escuadra yanqui… Ha sido, a mi juicio, una proeza extraordinaria la que ellos han llevado a cabo, con una gran sencillez. Me imagino que mucha gente se pregunta qué es un héroe. Aquí tienen ustedes a estos héroes, surgidos de la noche a la mañana, hombres sencillos del pueblo”.

Así lo haría saber ante el pueblo Fidel en la tranquila pero a la vez convulsa tarde noche del 1o de febrero.

Imposible, por tanto, desperdiciar la irrepetible oportunidad de haberlos esperado, allí, en la base de la escalerilla del avión, para abrazarlos, uno por uno, y para sentir el latido que ni a esa misma hora –ni nunca– podría registrar el tórax hueco de quienes cargaron una vez más con el ridículo, a bordo del flamante Coast Guard 1320, “medio básico” de la supuestamente invencible y todopoderosa marina norteamericana.

(Este artículo pertenece a la Edición Especial de Bohemia (impresa) en homenaje al 95 aniversario del nacimiento de Fidel)

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Pastor Batista

 
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