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Publicado el 13 Agosto, 2021 por Redacción Digital en Historia
 
 

Fidel y los Estados Unidos

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Según Gabriel García Márquez, el país del cual Fidel sabe más después de Cuba, es Estados Unidos. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Por ELIER RAMÍREZ CAÑEDO *

Sobre la mirada profunda que caracterizaba al líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, en sus análisis sobre los Estados Unidos, expresaría el premio nobel de literatura, Gabriel García Márquez: “El país del cual sabe más después de Cuba, es Estados Unidos. Conoce a fondo la índole de su gente, sus estructuras de poder, las segundas intenciones de sus gobiernos, y esto le ha ayudado a sortear la tormenta incesante del bloqueo”. Esta es una de las razones que responde a la frecuente pregunta que se hacen millones de personas de cómo fue posible que el líder cubano lograra sortear y vencer la política agresiva de más de 10 administraciones estadounidenses.

Sobre la base de una comprensión y asunción hondísima de las enseñanzas de la historia de Cuba y universal, así como del pensamiento de José Martí, una de las grandes obsesiones de Fidel, desde que inició su lucha revolucionaria en las montañas de la Sierra Maestra, consistió en evitar por todos los medios posibles un escenario que facilitara o estimulara una intervención de los Estados Unidos en Cuba.

En los meses finales de 1958, ese peligro se hizo mayor. El primer intento tuvo lugar en julio de 1958, cuando el estado mayor de la dictadura, de acuerdo con el embajador yanqui, retiró sus tropas del acueducto de Yateritas, que abastecía de agua la base naval en Guantánamo y solicitó a las autoridades de los Estados Unidos el envío de soldados a ese punto del territorio nacional. El propósito era generar un conflicto entre las fuerzas del Movimiento 26 de julio y los marines, y así justificar la intervención militar. La actitud responsable, serena y a la vez muy firme del Ejército Rebelde y del propio Fidel propiciaron una solución diplomática del problema.

Luego, en octubre de 1958, la dictadura -en su desesperación- maniobró para que la zona de Nicaro, donde estaban instaladas las plantas de níquel de compañías estadounidenses, se convirtiera en un campo de batalla. Estos incidentes –que no fueron los únicos– y su intencionalidad, serían denunciados por el Comandante en Jefe a través de Radio Rebelde.

Después del triunfo revolucionario de 1959 se haría aún más notoria la maestría del líder de la Revolución Cubana para evitar cualquier circunstancia que pudiera servir como excusa para una agresión a nuestro país.

Capacidad de influir políticamente

La desventaja de Cuba frente al poderío de Estados Unidos, no solo militar y económico, sino también ideológico y cultural, no llevó jamás a Fidel a una posición de atrincheramiento tal, que evitara cualquier contacto con la sociedad estadounidense, todo lo contrario, además de incentivar el intercambio pueblo a pueblo, él mismo dedicó mucho tiempo a esa interacción con el ánimo de potenciar la capacidad de influir en la sociedad estadounidense al mostrar la realidad sobre Cuba, destruyendo todo tipo de estereotipos y falacias, construidas y repetidas hasta el cansancio por los medios de comunicación hegemónicos. Este fue uno de los mayores éxitos de Fidel desde que se encontraba en la Sierra Maestra.

El líder cubano recibió a numerosos periodistas estadounidenses allí y, a través de ellos, además de asestar fuertes golpes mediáticos a la dictadura, logró trasladar importantes mensajes hacia el vecino norteño. Al más conocido de todos, el periodista Herbert Matthews, de The New York Times, le expresó: “Puedo asegurar que no tenemos animosidad contra los Estados Unidos y el pueblo norteamericano”.

Mensajes conciliadores hacia el pueblo y Gobierno de los Estados Unidos trasladó Fidel cuando viajó a ese país en abril de 1959. Asimismo, se encargó de desmentir todo tipo de calumnias que sobre la Revolución se venían reiterando en los medios de comunicación occidentales y en declaraciones de representantes de la administración Eisenhower.

Después de producirse la ruptura de las relaciones diplomáticas en enero de 1961 el líder de la Revolución no perdió oportunidad alguna en construir puentes necesarios con la sociedad estadounidense y la clase política de ese país que pudieran fomentar las tendencias favorables al cambio en la política de Washington hacia Cuba.

Durante años el Comandante en Jefe dedicó largas horas de su apretada agenda a recibir y atender personalidades de la política, los medios y la cultura del vecino país. La gran mayoría de esos visitantes regresaban a su patria con una visión distinta sobre Cuba y del propio líder de la Revolución.

La normalización de las relaciones
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A través de la periodista Lisa Howard, envió en 1964 una propuesta de diálogo al presidente Lyndon Johnson. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Fidel jamás fue un obstáculo para la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba como han tergiversado y divulgado durante décadas enemigos ideológicos de la Revolución Cubana. Empleando la diplomacia secreta, gestó numerosos intentos de acercamiento bilateral. A través del abogado James Donovan, quien negoció la liberación de los mercenarios presos a raíz de la invasión de 1961, y otros canales, el líder de la Revolución hizo llegar al gobierno de Kennedy su disposición de diálogo en busca de un entendimiento.

Fidel, además, envió un mensaje verbal al mandatario Lyndon Johnson en 1964 a través de la periodista Lisa Howard, en el cual decía: “Dígale al Presidente (y no puedo subrayar esto con demasiada fuerza) que espero seriamente que Cuba y Estados Unidos puedan sentarse en su momento en una atmósfera de buena voluntad y de mutuo respeto a negociar nuestras diferencias. Creo que no existen áreas polémicas entre nosotros que no puedan discutirse y solucionarse en un ambiente de comprensión mutua. Pero primero, por supuesto, es necesario analizar nuestras diferencias. Ahora, considero que esta hostilidad entre Cuba y los Estados Unidos es tanto innatural como innecesaria y puede ser eliminada”.

En una reveladora carta escrita el 22 de septiembre de 1994 al presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari, quien había servido de mediador entre Fidel y el presidente estadounidense William Clinton, el Comandante en Jefe expresó nuevamente su posición favorable a la normalización de las relaciones: “La normalización de las relaciones entre ambos países es la única alternativa; un bloqueo naval no resolvería nada, una bomba atómica, para hablar en lenguaje figurado, tampoco. Hacer estallar a este país, como se ha pretendido y todavía se pretende, no beneficiaría en nada los intereses de Estados Unidos. Lo haría ingobernable por cien años y la lucha no terminaría nunca. Sólo la Revolución puede hacer viable la marcha y el futuro de este país”.

Se podrían mencionar otros ejemplos. Pero estos son más que suficientes para demostrar que la postura de Fidel fue siempre la de estar en la mejor disposición al diálogo y la negociación con el vecino del norte. Aunque siempre insistió, con sobrada razón y teniendo como respaldo el derecho internacional y un conocimiento profundo de la historia de Cuba, que este diálogo o negociación fuese en condiciones de igualdad y de respeto mutuo, sin la menor sombra a la soberanía de Cuba.

Seis semanas después de los anuncios del 17 de diciembre del 2014, Fidel ratificó su posición en cuanto a una normalización de las relaciones con los Estados Unidos y si bien expresó que no confiaba en la política de los Estados Unidos, teniendo suficientes elementos de juicio para hacer ese planteamiento, también dijo que, como principio general, respaldaba cualquier solución pacífica y negociada a los problemas entre Washington y cualquier pueblo de América Latina “que no implique la fuerza o el empleo de la fuerza”

Adelantarse siempre a las movidas del contrario
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Descolló como estadista en la Crisis de Octubre, donde con su posición valiente e intransigente salvó el prestigio moral y político de la Revolución. (Foto: el país.com)

Muchos años antes del restablecimiento de relaciones entre nuestra nación y su vecino norteño, Fidel vaticinó en varias de sus intervenciones públicas que el Gobierno estadounidense podía adoptar una política de seducción para lograr los propósitos que no había alcanzado su política de fuerza con relación a Cuba.

En un discurso pronunciado el 5 de diciembre de 1988, proclamó: “Aun cuando un día formalmente mejoraran las relaciones entre Cuba socialista y el imperio, no por ello cejaría ese imperio en su idea de aplastar a la Revolución Cubana, y no lo oculta, lo explican sus teóricos, lo explican los defensores de la filosofía del imperio. Hay algunos que afirman que es mejor realizar determinados cambios en la política hacia Cuba para penetrarla, para debilitarla, para destruirla, si es posible, incluso, pacíficamente; y otros que piensan que mientras más beligerancia le den a Cuba, más activa y efectiva será Cuba en sus luchas en el escenario de América Latina y del mundo.

“De modo que algo debe ser esencia del pensamiento revolucionario cubano, algo debe estar totalmente claro en la conciencia de nuestro pueblo, que ha tenido el privilegio de ser el primero en estos caminos, y es la conciencia de que nunca podremos, mientras exista el imperio, bajar la guardia, descuidar la defensa”.

Al ser entrevistado por Tomás Borge en 1992, volvería sobre el tema: “Tal vez nosotros estamos más preparados, incluso, porque hemos aprendido a hacerlo durante más de 30 años, para enfrentar una política de agresión, que para enfrentar una política de paz; pero no le tememos a una política de paz. Por una cuestión de principio no nos opondríamos a una política de paz, o a una política de coexistencia pacífica entre Estados Unidos y nosotros; y no tendríamos ese temor, o no sería correcto, o no tendríamos derecho a rechazar una política de paz porque pudiera resultar más eficaz como instrumento para la influencia de Estados Unidos y para tratar de neutralizar la Revolución, para tratar de debilitarla y para tratar de erradicar las ideas revolucionaras en Cuba”.

Ocho años más tarde, durante el período de la administración Clinton, expresaría Fidel: “Sueñan los teóricos y agoreros de la política imperial que la Revolución, que no pudo ser destruida con tan pérfidos y criminales procedimientos, podría serlo mediante métodos seductores como el que han dado en bautizar como ‘política de contactos pueblo a pueblo’. Pues bien: estamos dispuestos a aceptar el reto, pero jueguen limpio, cesen en sus condicionamientos, eliminen la Ley asesina de Ajuste Cubano, la Ley Torricelli, la Ley Helms-Burton, las decenas de enmiendas legales aunque inmorales, injertadas oportunistamente en su legislación; pongan fin por completo al bloqueo genocida y la guerra económica; respeten el derecho constitucional de sus estudiantes, trabajadores, intelectuales, hombres de negocio y ciudadanos en general a visitar nuestro país, hacer negocios, comerciar e invertir, si lo desean, sin limitaciones ni miedos ridículos, del mismo modo que nosotros permitimos a nuestros ciudadanos viajar libremente e incluso residir en Estados Unidos, y veremos si por esas vías pueden destruir la Revolución Cubana”.

Política cauta y viril
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Siempre vio el proceso cubano como parte de una Revolución mayor, la que debía acontecer en toda América Latina y el Caribe. (Foto: ROBERTO MOREJÓN)

Mientras organizaba los preparativos para la guerra necesaria (enero de 1894), Martí definió la postura “cauta y viril” como línea rectora de la política cubana frente a los Estados Unidos. Ante la asimetría de poder había que imponer el respeto del adversario por la capacidad de crear, erguirse, resistir y de vencer.

“Ni pueblos ni hombres –decía Martí– respetan a quien no se hace respetar. Cuando se vive en un pueblo que por tradición nos desdeña y codicia, que en sus periódicos y libros nos befa y achica, que, en la más justa de sus historias y en el más puro de sus hombres, nos tiene como a gente jojota y femenil, que de un bufido se va a venir a tierra; cuando se vive, y se ha de seguir viviendo, frente a frente a un país que, por sus lecturas tradicionales y erróneas, por el robo fácil de una buena parte de México, por su preocupación contra las razas mestizas, y por el carácter cesáreo y rapaz que en la conquista y el lujo ha ido criando, es de deber continuo y de necesidad urgente erguirse cada vez que haya justicia u ocasión, a fin de irle mudando el pensamiento, y mover a respeto y cariño a los que no podremos contener ni desviar, si, aprovechando a tiempo lo poco que les queda en el alma de república, no nos les mostramos como somos”.

Esta estrategia recomendada por Martí fue la que asumió Fidel ante cada amenaza e intento por cercenar la soberanía de Cuba por las distintas administraciones estadounidenses. Un momento descollante fue en la Crisis de Octubre, donde solo con su posición valiente e intransigente –apoyada mayoritariamente por el pueblo cubano–, al negarse a cualquier tipo de inspección del territorio cubano y plantear los Cinco Puntos e impedir en todo momento que se le presionara, se pudo salvar el prestigio moral y político de la Revolución en aquella coyuntura. A pesar de que la URSS tomó decisiones inconsultas con la parte cubana que trajeron como consecuencia que nuestro país fuese el más desfavorecida con la solución que se le dio a la crisis.

También fue memorable su Proclama de un adversario al Gobierno de Estados Unidos, el 14 de mayo de 2004, en respuesta a las amenazas de W. Bush. Entonces expresó: “Puesto que usted ha decidido que nuestra suerte está echada, tengo el placer de despedirme como los gladiadores romanos que iban a combatir en el circo: Salve, César, los que van a morir te saludan. Sólo lamento que no podría siquiera verle la cara, porque en ese caso usted estaría a miles de kilómetros de distancia, y yo estaré en la primera línea para morir combatiendo en defensa de mi patria”.

Paz, amistad y cordialidad entre un “pueblo menor” y un “pueblo mayor” como lo definía Martí, no podía jamás implicar dependencia y servidumbre. Como jamás Fidel entendió la normalización de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos desde la dominación. En cada uno de los reducidos momentos en que se estableció alguna posibilidad de diálogo o negociación, fue enfático en cuanto que la soberanía de Cuba, tanto en el plano doméstico como internacional, no era negociable, y que la Isla jamás renunciaría a uno solo de sus principios.

De la unión depende nuestra vida
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Junto con Hugo Chávez y Evo Morales, impulsores como él de la integración latinoamericana. (Foto: AU-TOR NO IDENTIFICADO)

Asumiendo y enriqueciendo las ideas de Simón Bolívar, Martí y Fidel concedieron dentro de su estrategia revolucionaria un lugar privilegiado a la necesaria unidad de América Latina y el Caribe. En su concepción revolucionaria, Fidel siempre vio el proceso cubano como parte de una Revolución mayor, la que debía acontecer en toda América Latina y el Caribe. De ahí su constante solidaridad y apoyo a los movimientos de liberación en la región; su denuncia de cada acto de injerencia yanqui.

Esa posición partió en primera instancia de un sentimiento de identidad y de ineludible deber histórico, pero también como una necesidad estratégica para la preservación y consolidación de la Revolución Cubana. Sobre todo, teniendo en cuenta que desde el siglo XIX en adelante, el principal enemigo común de la verdadera emancipación de los pueblos al sur del río Bravo era –y continuaba siéndolo– los Estados Unidos, los que en no pocas ocasiones utilizaron con éxito para sus propósitos la máxima de “divide y vencerás”.

Luego del triunfo de enero de 1959, la vocación integracionista de Fidel se hizo más explícita en numerosos pronunciamientos públicos. Sus ideas y amplia acumulación de experiencias durante años, así como los continuos cambios en el contexto internacional, lo hicieron ir perfilando su pensamiento. De ahí que, en el Cuarto Encuentro del Foro Sâo Paulo, efectuado en La Habana en 1994, entre otras muchas ideas vinculadas a ese trascendental tema, declarara: “Qué menos podemos hacer nosotros y qué menos puede hacer la izquierda de América Latina que crear una conciencia en favor de la unidad? Eso debiera estar inscrito en las banderas de la izquierda. Con socialismo y sin socialismo […] Aun aquellos que no conciban el socialismo, aun como países capitalistas, [deben comprender que] ningún porvenir tendríamos sin la unidad y sin la integración”.

Los esfuerzos colosales realizados por Fidel en pos de la unidad y la integración de la región, comenzaron a rendir sus frutos con la llegada de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela en 1998, momento que inició un verdadero cambio de época en América Latina. En 2004 ambos líderes crearon la hoy conocida como Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América -Tratado de Comercio de los Pueblos  (ALBA-TCP) y al año siguiente, en Mar del Plata, el imperialismo estadounidense sufría ya una gran derrota, al ser enterrado el Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA). En 2011, nacería en Caracas, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).

El pensamiento y la práctica política de Fidel frente al imperialismo estadounidense constituyen un referente ineludible no solo para el pueblo cubano, sino para todos los pueblos latinoamericanos que resisten hoy la ofensiva neocolonizadora del norte revuelto y brutal que nos desprecia.

*Doctor en Ciencias Históricas

(Este artículo pertenece a la Edición Especial de Bohemia (impresa) en homenaje al 95 aniversario del nacimiento de Fidel)

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Redacción Digital

 
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