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Publicado el 12 Agosto, 2021 por Redacción Digital en Historia
 
 

La fuerza de la Revolución está en la unidad

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Fidel de frente al pueblo

Por SISSI ABAY DÍAZ *

Con la victoria revolucionaria del 1º de enero de 1959 sobre el gobierno tiránico de Fulgencio Batista, se inicia en Cuba una etapa de profundas transformaciones en todos los ámbitos de la sociedad. La llegada al poder del Ejército Rebelde y su presencia en el Gobierno Revolucionario marcó definitivamente un cambio político para la nación. Pero la toma del poder político solo constituye un punto de partida, ya que una verdadera revolución debe tener la capacidad de trastocar las bases de la cultura espiritual y material del régimen derrocado. La Revolución cubana no fue una excepción, aunque debió sortear numerosos obstáculos que a muchos parecían imposibles de superar.

Solo una persona de la genialidad política de Fidel Castro, quien tras la conformación e instalación del Gobierno Provisional decidió actuar desde un segundo palco, en los primeros momentos, fue capaz de prever que la conducción de la radicalización de la revolución dependía de un pequeño grupo de hombres con un pensamiento político revolucionario y lealtad a sus principios; pero, además, debía mantener “calmados” a los elementos más recelosos, tanto internos como externos, que pensaban que su propósito de lucha era hacerse del poder.

Cuando se analiza la integración del primer gabinete ministerial, se dejan traslucir las diferencias ideológicas que se opusieron a la dictadura batistiana. Así se esbozaron tres tendencias: una conservadora; otra reformista y, una tercera, revolucionaria. Como era de esperar, en el seno del gobierno no tardó en emerger un grupo de discrepancias, así como entre este y el Ejército Rebelde.

Por estas razones, la primera crisis gubernamental se presentó a mediados de febrero de 1959 con la renuncia del Primer Ministro, cuya función fue asumida por el Comandante en Jefe del Ejército Rebelde, Fidel Castro. Con la entrada de este en el Consejo de Ministros se fortalecía la tendencia revolucionaria y se debilitaban las alas conservadora y reformista. No se resolvieron totalmente las contradicciones, pero sí comenzó un proceso acelerado de su disipación, lo cual facilitó el avance de la Revolución.

La segunda crisis no demoró mucho en manifestarse, al no estar el Presidente de la República a la altura ideológica y política de los principales impulsores de las transformaciones más radicales. En julio de ese mismo año, Fidel abdicó como primer ministro, aunque no a la presidencia del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA). Para el líder de la Revolución estaba claro que no podía alejarse demasiado, pues aún eran fuertes los elementos antagónicos o de poca visión política, incluso dentro de las filas revolucionarias, que podían dar al traste con el proceso de transformaciones.

La renuncia del Presidente y el retorno de Fidel a su cargo en el gabinete, fue un rudo golpe a los planes del imperialismo estadounidense y de la oposición interna que animaban la esperanza de frenar el avance de la Revolución con el apoyo de la derecha reformista conservadora dentro del gobierno. No obstante, la sustitución del Presidente no solventó totalmente la situación en el Consejo de Ministros, pues aún quedaban figuras bastante moderadas políticamente.

Al mismo tiempo, con la promulgación de la Ley de Reforma Agraria del 17 de mayo de 1959, se propinó un rudo golpe al antiguo sistema de producción, caracterizado por la existencia de grandes latifundios que prevalecían en el territorio nacional.

A pesar de las circunstancias, el poder político permaneció en manos de una alianza de las masas populares, cuyo papel hegemónico respondía a los intereses de la clase obrera y los campesinos, trabajadores, representados por el Ejército Rebelde y su vanguardia revolucionaria. Es oportuno señalar que, a partir de 1958, el Ejército Rebelde se había convertido en centro militar y político de la lucha contra la tiranía batistiana y su predominio se consolidó en la conducción del proceso socioeconómico y político durante la primera etapa de la revolución triunfante.

Si bien es cierto que la Reforma Agraria golpeó a parte de la burguesía nacional y a los intereses estadounidenses en la Isla, dando paso a un período de redistribución de las riquezas, el poder económico aún no estaba totalmente en manos del pueblo. Ese poder permaneció, al menos durante 1959, bajo el control de una oligarquía ajena a los postulados de la Revolución.

En medio de esta situación política compleja a todas luces, creadas las condiciones que podrían frenar la radicalización de la Revolución e incluso dar al traste con ella, Fidel Castro desplegó todos los esfuerzos posibles por aunar a las fuerzas progresistas alrededor del proyecto revolucionario. Conocedor de cómo la desunión fue una de las causas fundamentales del fracaso de anteriores estallidos independentistas en nuestro país y de los esfuerzos martianos por conseguirla, comprendía que la unidad debía ser fruto de la madurez. Si sus cimientos eran puramente formales, entonces no podría sostenerse y sería quebrada al primer tropiezo, algo que Fidel había identificado prematuramente y que expresará el 14 de diciembre de 1957 en una carta que dirigiera a los firmantes del Pacto de Miami: “Lo importante para la Revolución no es la unidad en sí, sino las bases de dicha unidad, en la forma en que se viabilice y las intenciones patrióticas que la animen”.

En el proceso de formación del gobierno revolucionario, Fidel no estableció cuotas de representación de las organizaciones que habían participado en la lucha, en su afán de limar asperezas y establecer una correlación de fuerzas que permitiera el impulso del proyecto revolucionario.

De hecho, estimuladas por el llamado de Fidel, las tres organizaciones principales: el Movimiento 26 de Julio, el Partido Socialista Popular y el Directorio Revolucionario 13 de Marzo decidieron disolverse en aras de la unidad necesaria dando paso a las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI).

El proceso que se llevó a cabo en cada territorio de forma particular no estuvo exento de errores, posiciones sectarias e incomprensiones que atentaron contra la unidad y ante las cuales fueron determinantes la extraordinaria visión, la autoridad moral y el prestigio indiscutibles de Fidel quien reflexionó: “La Revolución es un gran tronco que tiene sus raíces.  Esas raíces, partiendo de diferentes puntos, se unieron en un tronco; el tronco empieza a crecer. Las raíces tienen importancia, pero lo que crece es el tronco de un gran árbol, de un árbol muy alto, cuyas raíces vinieron y se juntaron en el tronco.  El tronco es todo lo que hemos hecho juntos ya, desde que nos juntamos; el tronco que crece es todo lo que nos falta por hacer y seguiremos haciendo juntos”.

En una comparecencia televisiva (26 de marzo de 1962) afirmó: “La Revolución está por encima de todo lo que habíamos hecho cada uno de nosotros, está por encima y es más importante que cada una de las organizaciones que había aquí, 26 de Julio, Partido Socialista Popular, Directorio, todo.  La Revolución en sí misma es mucho más importante que todo eso.

“Una revolución es un proceso muy complejo, porque en una revolución intervienen una cantidad de factores muy variados, una cantidad de pensamientos y de métodos, de ideas, de hombres, muy distintos, una cantidad infinita de circunstancias que van condicionando el proceso; porque el proceso se construye sobre la realidad, el proceso no se construye de una manera idealista en la cabeza de los hombres, el proceso se construye como una realidad viva sobre una realidad económica y social, política, determinada”.

Luego de un análisis exhaustivo de todas las experiencias se inició el proceso de formación del Partido Unido de la Revolución Socialista, cuya integración atendía a tres criterios fundamentales: la voluntariedad, el parecer de las masas y el proceso de selección. No era necesario haber militado antes en ninguna organización política.

El proceso de construcción del PURSC se desarrolló en todo el país entre 1962 y el primer semestre del año 1965, ya para esta fecha estaba prácticamente concluida la construcción del partido.

Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba

El 3 de octubre de 1965, durante un acto nacional en el que participaron representantes de todas las estructuras de dirección en país, fue presentada la nueva dirección partidista, compuesta por el Comité Central y su Buró Político, y el partido pasó a llamarse desde ese momento Partido Comunista de Cuba. Durante su discurso Fidel argumentó: “No hay episodio heroico en la historia de nuestra patria en los últimos años que no esté ahí representado; no hay sacrificio, no hay combate, no hay proeza —lo mismo militar que civil— heroica o creadora que no esté representada; no hay sector revolucionario, social, que no esté representado.  No hablo de organizaciones. Cuando hablo de sector hablo de obreros, hablo de jóvenes, hablo de campesinos, hablo de nuestras organizaciones de masas”.

Sería desde entonces la principal misión del Partido Comunista guiar a la vanguardia revolucionaria del país y garantizar la unidad en torno al proyecto político nacional.

Procesos políticos sumamente complejos para cualquier nación han acontecido en Cuba dentro de un panorama marcado por la agresión permanente del gobierno de los Estados Unidos y de aquellos elementos que vieron afectados sus intereses económicos con la llegada de la Revolución. Sin embargo, la perspectiva estratégica y descolonizadora de Fidel implicó no solo a Cuba sino a todas las naciones del continente, promovió el desarrollo y la eliminación de las desigualdades, así como la cooperación dentro del respeto a la diversidad. El pensamiento político del líder de la Revolución cubana concibió siempre la victoria con y para él pueblo. Preparación, unidad vinculante de todas las fuerzas del bien, la disciplina y organización, son elementos de primordial orden en la concepción de las contiendas asumidas desde el Moncada y que ha permitido a Cuba sobrevivir a todas las embestidas de la potencia más grande del planeta a lo largo de seis décadas. La unidad cimentada en la honestidad, el ejemplo y la confianza permanente en el pueblo cubano que hizo suyas las banderas sagradas de la paz, la independencia y la libertad.

  • Master en Historia.

(Este artículo pertenece a la Edición Especial de Bohemia (impresa) en homenaje al 95 aniversario del nacimiento de Fidel)

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Redacción Digital

 
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