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Publicado el 11 Agosto, 2021 por Redacción Digital en Historia
 
 

La nitidez de las ideas y las palabras

Fidel trabajaba los textos al estilo de Balzac, con una tenaz insistencia en depurar la expresión y, a ese fin, los revisaba una y otra vez
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Fidel y Roberto Fernández Retamar intercambian opiniones en un acto en homenaje a José Martí. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Por KATIUSKA BLANCO *

Recuerdo la noche del 12 de marzo del año 2004, en el Palacio de laRevolución. Fidel, rodeado de invitados, conversaba con la entrañable militante comunista chilena Gladys Marín, luego de reconocer sus altos méritos revolucionarios con la Orden José Martí. De súbito levantó la mirada y me pidió que localizara entre los presentes a un intelectual. A pesar de que había quedado perpleja, de inmediato le respondí que avisaría a Roberto Fernández Retamar, poeta y presidente de Casa de las Américas, a quien, diligentemente, busqué y conduje hasta donde se encontraba el Comandante.

Gladys, por motivo de su enfermedad, se retiró relativamente temprano del agasajo en su honor. Al despedirse, Fidel la estrechó en un abrazo cálido y admirado. Luego, le echó el brazo por encima a Retamar y discretamente lo apartó del bullicioso entorno. Mientras andaban despaciosamente y por pequeños tramos de ida y vuelta, entablaron un fraterno intercambio de opiniones.

Yo permanecía a cierta distancia. Su charla resultaba inaudible para mí. El Comandante tenía la inveterada costumbre conspirativa de hablar en voz susurrada. Los observaba absorta. Una pregunta me daba vueltas y vueltas en el pensamiento ¿cómo era posible que alguien como Fidel no considerara su propia dimensión intelectual como referente no sólo para Cuba, sino incluso para el mundo? Llegué a la conclusión de que solo su proverbial sencillez podría impedirle reconocerse como tal.

Tengo que decir que siempre vi en Fidel no solo un descollante político revolucionario, sino también un intelectual orgánico, fiel expresión del concepto que definiera Antonio Gramsci. No existe obra intelectual más compleja que llevar adelante –como lo había hecho Fidel– una auténtica y profunda Revolución, una transformación radical de la sociedad. No pueden olvidarse las numerosas variables sociales que se entrecruzan de manera vertiginosa en un esfuerzo de ese carácter.

En el caso de Cuba, por el entorno geopolítico próximo al imperio norteamericano –el más poderoso que haya existido en la historia de la Humanidad– llevar la Revolución a la victoria y luego al futuro, significaba una audacia extraordinaria desde el punto de vista épico y un desafío político revolucionario descomunal, al que no solo bastaba la sempiterna voluntad, sino que le era imprescindible la inteligencia erudita, ágil y resuelta.

En junio de 1961, en sus Palabras a los Intelectuales, Fidel puso de manifiesto su propia estatura como pensador, como hombre de ideas al analizar multidimensionalmente lo que significaba la Revolución para la cultura cubana. No sólo promovió que las manifestaciones artísticas y la cultura se convirtieran en patrimonio del pueblo, sino que, con su clara visión, proclamó que el pueblo era, en sí mismo, el mayor patrimonio de la cultura nacional, la raíz de la que partía el arte más excelso y trascendente.

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Lo que más le había fascinado en la novela de Víctor Hugo era la excelente descripción de la Batalla de Waterloo. (Foto: POPULAR LIBROS, COM)

Fidel afirmó que contra la Revolución no existía ningún derecho. La Revolución era voluntad de la mayoría del pueblo y como tal tenía derecho a existir, era legítima.

Yo discurría todo lo anterior, mientras Fidel y Retamar conversaban. Cuando la recepción terminó, el Comandante concedió declaraciones a un equipo de televisión chileno que cubría la ceremonia de condecoración. Se refirió al ejemplo extraordinario de Gladys Marín y, después, abordó los sucesos que estremecían a España –de manera inesperada, al domingo siguiente, José Luis Rodríguez Zapatero logró la victoria en las urnas frente a José María Aznar, tal como el Comandante había analizado y vaticinado poco antes.

Fidel desmenuzó lo acontecido y denunció la deliberada mentira de Aznar al culpar a los Etarras de la sucesiva cadena de explosiones que habían tenido lugar en las cercanías de la Estación ferroviaria de Atocha, cuando todo ello, en realidad, era una represalia por la participación de España en la invasión a Iraq. El Comandante reflexionaba con una lucidez precisa acerca de cuanto acaecía de manera precipitada en aquel instante y a gran distancia, lo que probaba una vez más, su aguzada visión.

Entrada la madrugada, cuando todos los invitados ya se habían marchado, el Comandante charló con un reducido grupo de colaboradores sobre lo sucedido y durante una parte de la conversación recordó sus vivencias en la expedición de Cayo Confites en un recuento sorprendente, minucioso y emocionado.

Aquella noche, su examen profundo de los aconteceres en pleno desenvolvimiento, probaba una vez más que, en el caso de Fidel, no se trataba solo de un ser decidido a hacer valer la justicia y la soberanía para Cuba y para el mundo, dotado de gran audacia y valor, sino de un hombre de pensamiento con excepcionales condiciones para liderar y desarrollar tal misión histórica y vislumbrar realidades complejas en el plano internacional.

Pero no sólo en el ámbito del liderazgo revolucionario Fidel es un intelectual prominente, también en el de la escritura y la edición de textos.  Todo lo que escribió, discursó o declaró tiene méritos literarios por la hondura humana de su contenido, la pulcritud del lenguaje y la belleza con que expone sus ideas. Nunca desestimó la importancia de la forma al expresarse, por difíciles o densos que fueran los temas, además con una persistente vocación pedagógica y, en muchas ocasiones, con el lirismo propio de los poetas.

Trabajaba los textos al estilo de Balzac, con una tenaz insistencia en depurar la expresión, y, a ese fin, los revisaba una y otra vez, inconforme casi hasta el minuto exacto de pasar las cuartillas a la imprenta; cuando ese instante llegaba, lo asumía casi con una resignación desolada por no poder volver sobre ellas. Jamás renunció a una idea por complicado que fuera enunciarla.

Tenía en alto grado el sentido de la justicia y la honestidad con que debía abordar hechos, pasajes y seres de la historia, con fina delicadeza, pero firme en sus convicciones. Las palabras en su justa dimensión, nunca superfluas ni pomposas.

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Es verdaderamente espléndido su relato sobre la primera batalla de Las Mercedes, en el que aporta datos disímiles y describe el poblado como si pintara un cuadro. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

A Fidel no le gustaban los manuales, las visiones fragmentadas y rígidas, las lecturas repetitivas o epidérmicas sobre asuntos de la sociedad, hechos de la historia o experiencias y días de ilustres. Era un apasionado de las biografías noveladas, las memorias y autobiografías; recuentos que no solo abarcaran los hechos en sí mismos, los procesos de forma conceptual, sino, y en esencia, los que incluían la visión humana, relatos que no olvidaran los pasajes cotidianos, sinsabores, contradicciones y sentimientos, influencias insólitas, costumbres, hechos inesperados o, incluso, el papel del azar, la naturaleza y el clima en el desarrollo de la civilización humana y sus figuras más sobresalientes.

Ferviente partidario de la síntesis y sencillez en el lenguaje, de despojar al habla de toda pedantería, tiene –a partir de un amplio y profundo conocimiento de los asuntos abordados–, la capacidad de contar la historia o las historias de manera rediviva, directa: como apasionado lector de la prosa hemingweyana, cuya característica esencial es la nitidez máxima de la expresión.

Quizás también por todo lo anterior, creía en la posibilidad de los libros urgentes que de forma cristalina y sencilla salen al ruedo de las luchas sociales para llevar una verdad y así crear conciencia, articular esfuerzos, movilizar muchedumbres, en favor de una idea noble, de una idea justa.

La perspectiva, el enfoque o manera de interpretar en Fidel es múltiple y complementaria, integradora; se funden en su mirada y también en sus propias escrituras: sencillez expresiva y calado conceptual. Impresionan los partes militares, órdenes y alocuciones en medio de la guerra, cuando las dificultades eran inmensas y escaseaba el tiempo. Redactaba en pequeños blocks sus impresiones y lo observado como si se tratara de una crónica, más que de una comunicación militar.

Es verdaderamente espléndido su relato sobre la primera batalla de Las Mercedes, la del inicio de la ofensiva de verano del ejército batistiano contra el Primer Frente del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra. Fidel aporta datos disímiles y describe el poblado como si pintara un cuadro.

En la edición del libro Guerrillero del Tiempo, entre otras obras en las que Fidel trabajó concienzudamente, puso de manifiesto su detallismo infatigable y preciosista. Por ejemplo: al narrar su experiencia en Cayo Confites escribe: “Entonces prepararon El Fantasma porque era más rápido que la Maceo. Nos montamos rápido desde la misma orilla”. Al revisar, Fidel sustituye el segundo adverbio “rápido” por la expresión de inmediato.

En el capítulo donde aborda el asalto al Cuartel Moncada realizó numerosas correcciones a su testimonio. Primero había escrito: “Después medité muchas veces. Lo que hice fue correcto, traté de proteger a la gente y, además, traté de desarmar a los dos hombres de la patrulla enemiga, ponérmeles por detrás y quitarles las armas. Ahora, después de mucho meditar y leer sobre dicho problema, considero que la mejor forma en que habría protegido a nuestra gente en la posta era olvidándome de la patrulla”.

Luego, Fidel completa las ideas y cambia el párrafo casi íntegramente, así consigue estructurarlo mejor, de manera más exacta y elocuente: “Más tarde pensé muchas veces en aquel episodio. Lo que hice fue correcto, tratar de proteger a nuestra gente y, además, desarmar a los dos hombres de la patrulla enemiga que iban a disparar contra ellos. Después de mucho meditar y leer sobre dicho problema, considero que la mejor forma en que habría protegido a los ocupantes de la posta era olvidándome de la patrulla y avanzar rápidamente.”

En otras ocasiones, ampliaba en el afán de dar más detalles de la historia o para reconocer el valor de sus compañeros de lucha o describir sus virtudes, como cuando perfila a Cándido González, del que afirma: “Cándido era de Camagüey y un excelente cuadro de esa provincia”. Lo mismo hizo al mencionar al periodista norteamericano Herbert Matthews, con quien sostuvo una sólida amistad durante muchos años y a quien quiso honrar de esta forma: “Debo añadir algo. Yo no conocía a Matthews y lo traté como un periodista importante de uno de los más conocidos e influyentes órganos de prensa de Estados Unidos, ignoraba su brillante historia y su calidad humana como hombre progresista y honesto […] De haber estado consciente de estos aspectos es muy probable que mi conversación hubiese sido diferente”.

Fidel era un ser de especial sensibilidad, tanta, que toda su obra palpita de conmociones y fidelidades a una causa. En cierta ocasión charlamos sobre Los Miserables. Indagó sobre qué parte me había gustado más y le respondí que había llorado mucho al ver cómo Cosette se olvidaba de Jean Valjean.

El confesó sobre su lectura que lo había fascinado la excelente descripción de la Batalla de Waterloo y reflexivo subrayó que cada uno de nosotros estaba interesado en cuestiones diferentes: él en las grandes batallas de la historia y yo “en el drama humano” con lo cual conceptualizaba, a un nivel superior, lo que consideraba en mí el sentimiento romántico de una joven, conmovida con los infortunios de los protagonistas. Más tarde, comprendí cuánto valor confería Fidel a la felicidad de los seres humanos.

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“Yo no conocía a Matthews […] ignoraba su brillante historia y su calidad humana como hombre progresista y honesto […] De haber estado consciente de estos aspectos es muy probable que mi conversación hubiese sido diferente”. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

En una ocasión le pregunté al Comandante si alguna vez pensó en escribir sus recuerdos de los primeros años revolucionarios. Entonces, con aquel gesto suyo de mirar profundo de compromiso total con el pueblo, me respondió: “Bueno, recuerdo que muchas editoriales, incluidas algunas norteamericanas muy prestigiosas, mostraron interés porque yo escribiera sobre todo lo vivido. Entonces, la verdad, habría podido ganar 3 ó 4 millones de pesos si publicaba la historia de mi vida, pero ni me preocupé por eso.

“Si lo piensas, perdí más que cualquier latifundista egoísta de aquellos. A pesar de que conocía bien el interés que el libro despertaría y que se vendería en Cuba, Estados Unidos y toda América Latina, yo no podía dedicarme entonces a escribir la historia de la Revolución, no tenía tiempo para otra cosa que no fuera hacer la Revolución.

“Siempre pensé que cuando dispusiera del tiempo, posiblemente ya no le interesaría a nadie mi visión particular de los temas o todo el mundo habría ya escrito un libro sobre lo ocurrido. El tiempo que podía dedicar a escribir un libro preferí dedicarlo a servir a nuestro país.

“Consideraba que todos teníamos que perder algo, sacrificar algo, ¿es que alguien puede querer su dinero más que a sus hijos? Un día de aquellos una madre vestida de negro vino hasta mí, tenía lágrimas en los ojos, se me acercó y me dijo que había perdido a su hijo, pero que estaba contenta porque la Revolución estaba cumpliendo su obra. En aquella frase lo dijo todo: ‘Yo perdí lo que más quería, pero estoy contenta, porque muchas madres salvaron a sus hijos; perdí lo que más quería, pero estoy contenta porque el pueblo va a ser feliz’. Qué ejemplo extraordinario. Eso era lo que valía para mí.

“En verdad todo el tiempo que he dedicado a escribir lo he entendido como una contribución a nuestro pueblo y una forma de luchar por Cuba, por América Latina y el mundo. A veces recuento lo vivido, otras opino sobre lo que acontece y expongo mis ideas en relación con el futuro. ¡Ah, y en cuanto a los derechos de autor, ya sabes que los empleamos en comprar semillas para las siembras de la Revolución!”.

  • Periodista e investigadora.

(Este artículo pertenece a la Edición Especial de Bohemia (impresa) en homenaje al 95 aniversario del nacimiento de Fidel)

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