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Publicado el 16 Septiembre, 2021 por Prensa Latina en Historia
 
 

Cuba 1958 Lidia y Clodomira

El asesinato de las mensajeras

El agua salada arde en las heridas abiertas del cráneo, las mensajeras cubanas Lidia y Clodomira permanecen inertes en sacos de arena que a intervalos sus torturadores sumergían en el mar hace hoy 63 años
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Lidia y Clodomira las mensajeras rebeldes asesinadas

Foto en Prensa Latina

Por Isaura Diez Millán

La Habana, 16 sep (Prensa Latina) El agua salada arde en las heridas abiertas del cráneo, las mensajeras cubanas Lidia y Clodomira permanecen inertes en sacos de arena que a intervalos sus torturadores sumergían en el mar hace hoy 63 años.

Investigaciones históricas coinciden en señalar este escenario como el último que vivieron las dos revolucionarias, quienes antes fueron ultrajadas en la Oncena Estación de Policía de esta capital durante la dictadura de Fulgencio Batista (1952-1958).

Lidia Doce, de 42 años, era mensajera principalmente de la columna guerrillera comandada por Ernesto Che Guevara, mientras que Clodomira Acosta, dos décadas más joven que la primera, fue enlace del líder del Movimiento 26 de Julio (26-7), Fidel Castro, en la Sierra Maestra (oriente).

Ambas coincidieron en La Habana en septiembre de 1958 y se alojaron en el apartamento número 11 del edificio Santa Rita 271, reparto Juanelo en el municipio capitalino de Regla, junto a otros cuatro miembros de la lucha clandestina.

En la madrugada del 12, producto de una delación, el coronel de la policía Esteban Ventura comandó un asalto a aquella casa y asesinó a todos los jóvenes, miembros del Movimiento que no superaban los 23 años de edad.

El cabo de la policía Eladio Caro explicó años después que a Clodomira y Lidia, esta última herida con un disparo, se les trasladó a golpes hacia la estación, donde fueron arrojadas al sótano.

‘Lógicamente que la mujer (Lidia) no podía ponerse en pie, pero el guardia le daba con un palo en la cabeza para que lo hiciera. (…) la mulatica flaquita (Clodomira) se me soltó y le fue arriba, arrancándole la camisa mientras le clavaba las uñas en el rostro’, señaló Caro.

‘Yo traté de quitársela de arriba, pero ella se viró y saltó en forma de horqueta sobre mi cintura. Ariel Lima tuvo que quitármela de encima a palo limpio hasta noquearla’, añadió.

De acuerdo con el testimonio de Caro, las mujeres no respondían al interrogatorio y el entonces jefe del Servicio de Inteligencia Naval, Julio Stelio Laurent, pidió el 14 en la noche que se las enviara.

‘Ventura le respondió: Los animales estos les han pegado tanto para que hablaran que la mayor está sin conocimiento y la más joven tiene la boca hinchada y rota por los golpes, solo se le entienden las malas palabras’, aseguró el expolicía.

El delegado nacional de acción del Movimiento en aquella época, Delio Gómez, confirmó más tarde que Lidia conocía los puntos de reuniones del 26-7 en la capital, a casi todos los miembros de la dirección, así como los lugares donde se guardaban los insumos para la guerrilla.

‘Después de fracasar Laurent en sus torturas sin lograr sacarles una palabra (en la madrugada del 15), ya moribundas, las metieron en una lancha, en La Puntilla, al fondo del Castillo de la Chorrera’, confirmó Caro.

El ultraje continuó con ellas dentro de sacos de arena y sumergidas a cada rato en aquella zona del mar.

Las investigaciones refieren que entre esa madrugada y el día 17 de septiembre Laurent dio la orden para arrojar sus cuerpos al fondo.

Esteban Ventura es tristemente célebre por sus atropellos y asesinatos (confesos en su libro de 1961), entre ellos los de otros cuatro jóvenes en la masacre conocida como Humboldt 7 (1957).

Según un estudio de la Revista Bohemia, entre 1952 y 1958 a la morgue de La Habana llegaron más de 600 cadáveres de hombres y mujeres muertos por electrocución, golpes, ahorcamiento o balazos.

La cifra equivalía al cinco por ciento de los asesinados en esos años por los órganos represivos de la dictadura de Fulgencio Batista, señaló la publicación.

Esteban Ventura y Julio Laurent murieron libres con más de 80 años de edad en Estados Unidos, sin que ese Gobierno accediera a su extradición para enjuiciarlos en Cuba por sus crímenes de guerra.

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