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Publicado el 9 Septiembre, 2021 por María de las Nieves Galá León en Historia
 
 

INTERNACIONALISMO

El verde vive en Cabinda

La belleza de una de las 18 provincias de Angola, el valor de los cubanos que cumplieron misión internacionalista en tierra africana y el amor a la patria, quedaron por siempre en la memoria de quienes formaron parte de esa gloriosa epopeya
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En Angola, los caravaneros recorrían largas distancias. (Foto: JUVENAL BALÁN)

En Angola, los caravaneros recorrían largas distancias. (Foto: JUVENAL BALÁN)

Por MARÍA DE LAS NIEVES GALÁ

Enseguida que el avión descansó sus alas en Cabinda, una de las 18 provincias de Angola, la vista se llenó de verde. Era como si se quisiera devorar los paisajes que por las artes del clima resultaban una perfecta réplica de los que abundan en Cuba.

Si en Luanda el verde era una casualidad, aquí se podía disfrutar en todos los tonos y hasta la más insulsa hierba se tornaba una bella obra de la naturaleza.

Para muchos cubanos internacionalistas, Cabinda supuso la segunda Habana y en correspondencia con la añoranza por la lejana Patria, en la Brigada de Tanques10 (BT- 10) que allí se encontraba, podía encontrarse una pista de baile denominada Cabinda bajo las estrellas, o una modesta imitación de la Bodeguita del Medio.

Los 7 200 kilómetros cuadrados de este importante sitio están marcados por gran cantidad de ríos y afluentes, entre ellos, el caudaloso Chiloango, el cual divide el territorio en dos regiones; al norte la cordillera de Mayombe, reconocida por sus altas cumbres y espesa vegetación, y al sur la llanura, serpenteada de áreas cenagosas.

La provincia es privilegiada por la fertilidad de sus tierras. A menudo llueve y los cultivos agradecen esa bondad; todo lo que se siembra, se da. Pueden encontrarse enormes plátanos, frutabombas y jugosas y grandes piñas.

Pero sin dudas, uno de los mayores atractivos de este pedazo de suelo angolano son las noches. Es como si por todas partes aparecieran mechones capaces de convertir la oscuridad en día. Son los reflejos de las torres petroleras que circundan Cabinda y la hacen una de las regiones más ricas del país.

Las puntas de las torres, explotadas por la trasnacional norteamericana Gulf Oil, constantemente están ardiendo producto del gas natural que sale del subsuelo. Lamentablemente, la contaminación ambiental es grande y puede comprobarse en la negra arena que circunda la playa producto del derrame de petróleo.

Rumbo a Cabinda hicimos escala en Punta Negra, República Popular del Congo. Solo nos permitieron bajar del avión y dar algunas vueltas. Aunque lo intentamos, no pudimos llegar a las unidades cubanas en ese territorio. El tipo de uniforme que llevamos no lo permitía.

Del aeropuerto a la BT-10, la carretera era larga, estrecha y casi sin curvas. Íbamos muy entretenidos, cuando una brusca maniobra del chofer nos sobresaltó a todos: en el camino quedó aplastada una serpiente.

Descubriendo hermanos

En verdad, Cabinda fue un regalo para los cansados ojos de tanto ocre. Hasta los quimbos resultaban más limpios. Llueve mucho y por donde quiera corre un pequeño riachuelo o zanja y los naturales del país la pueden dedicar al baño.

Con alegría, los niños recibían los juguetes elaborados por los combatientes. (Foto: JOSE O. CASTAÑEDA)

Con alegría, los niños recibían los juguetes elaborados por los combatientes. (Foto: JOSE O. CASTAÑEDA)

Entre la bondad de los hombres de la brigada nos sentimos a gusto. La llegada de los reporteros los entusiasmó e hicieron todo lo posible porque estuviéramos complacidos, sobre todo, a la hora de comer, cuando nos presentaban las exquisitas malangas, pasadas por aceite y ajo, y que tanto placer daban al paladar.

Jorge Luis Ortiz, residente de Alamar, jefe de la casa de visita de Cabinda, puso todo el interés para que nuestra estancia por esos predios fuera agradable. En la Isla se desempeñaba como investigador de la Academia de Ciencias y estaba dedicado al cultivo de hongos y raíces comestibles. Más de una vez nos propuso probar algunos de esos raros platos, pero tanto Casta como yo preferimos la comida más tradicional.

A la par de mantener la disposición combativa, algunos soldados sembraban la tierra y se obtenían plátanos de casi dos cuartas de largo, enormes malangas, melones gigantes… era como si la tierra en agradecimiento por el primer laboreo, pariera doble o triple.

Por su parte, los combatientes empezaron a indagar de dónde éramos, por si conocían a algún amigo o familiar. Así ocurría con todo el que llegaba. “¿De dónde eres?” Y ya por ahí venían las asociaciones. “¿Tú conoces a Fulanito?… ese estudió conmigo”. De manera que al final, siempre terminaban recordando a algún conocido o por lo menos alguien que vivía en ese lugar.

Resultaba curioso cómo se reducía la distancia entre lugares conocidos en la lejana Cuba. Así, eran del “mismo barrio” los residentes en Boyeros y La Habana del Este, o los que vivían en Morón y Ciego de Ávila, o los de Pinar del Río y La Palma, o Songo y Santiago. En fin, todos eran uno.

Existía en Cabinda una pequeña industria de producción de muebles para las unidades. Realizaban hasta “decoraciones” por encargo. Así, la caseta del correo quedó convertida en una agradable instalación. Dormitorios, comedores… por doquier el trabajo de los artesanos del manyefu, planta popular en el lugar, resaltaba y lograba mejorar las condiciones de vida.

Aquí recibimos nuestra primera misanga, una especie de collar de semillitas al que se le atribuían poderes esotéricos, amuleto que nos acompañaría durante la estancia en Angola. Con los sonidos de la guerra un poco distante, pero sin perder la disposición combativa, aquellos hombres empleaban su tiempo libre en la confección de artículos de artesanía: pulsos de todo tipo, sobre todo, tejidos con cablecitos eléctricos a colores que formaban banderas cubanas y angolanas u otras formas.

Los médicos cubanos atendían a los pobladores de los quimbos. (Foto: PASTOR BATISTA)

Los médicos cubanos atendían a los pobladores de los quimbos. (Foto: PASTOR BATISTA)

También hacían protectores para el reloj (evitaban además los destellos de luces que podían ser detectados por el enemigo durante las exploraciones) y adornos para las chapillas de identificación. En unos resultó una manera más de esquivar la nostalgia, y en otros, el descubrimiento de sus dotes de artista.

En la unidad encontramos al poeta de los guantes blancos. Se llamaba Jorge Manuel Miller. Cuando lo destinaron para la compañía de exploración de profundidad, algunos dudaron de que el Puro lograra resistir la prueba, pues el explorador necesita ante todo de agilidad, destreza y una alta preparación física. Los más jóvenes hasta llegaron a mofarse del hombre que ya peinaba algunas canas y tenía arrugas surcándole el rostro.

Con la parsimonia de los hombres que le dedican mucho tiempo al pensamiento, Jorge aceptó el reto. Era un viejo maratonista y se ufanaba de que en el barco Fiódor Chaliapin, en el cual viajó hasta Angola, había llegado a correr hasta 40 kilómetros para mantenerse en forma.  Hubiera podido decir que corría por el mar.

Esa preparación le permitió asumir con audacia su nueva misión. Y tan en serio lo tomó que llegó a convertirse en el alma del grupo. No se cansaba, para cada compañero tenía una palabra de aliento.

Recibía con cariño el apelativo de Puro, era uno más de los tantos que había en Angola y que se había convertido en la manera que tenían los muchachos de decir Padre, amigo, hermano a todo el que pasara de cuarenta años y a veces menos.

Por casualidad, Miller descubrió el lugar donde acostumbraba a escribir durante sus ratos de ocio. Era un sitio fresco, cubierto por las matas. Ahí precisamente ubicó una rústica mesa.

El hombre no se acordaba cuando empezó a componer por el placer de unir una palabra con otra. Una vez se descubrió escribiendo una cuarteta y desde entonces no había dejado de hacerlo.

Eso sí, para recitar usaba siempre un par de guantes blancos que le regaló su hija y que lo acompañaron desde su primera misión en Angola. Con humildad, mostró sus versos, que poéticamente quizás no hubieran clasificado en una antología, pero eran toda verdad de uno de los actos heroicos más grandes vividos por los cubanos: No es obra de fantasía/ la que quiero yo contar/ y la misión de explorar/ hay que sentirla por dentro/ Poner todo el pensamiento/ y ser simplemente, ser/ abnegado y algo más/ Ser tenaz y precavido/ desconfiar/ caminar/ sin dejar huellas detrás/ ser aquel/ ser capaz, disciplinado y consciente, de iniciativas constante/ poniendo siempre delante/ su patriotismo y lealtad.

Los momentos difíciles hace que los hombres se miren más por dentro, y entonces toda la grandeza y la poesía salen como río indetenible. El hombre que no lo es se hace poeta, porque al fin el hombre se hace más hombre, más amigo, más hermano.

El batallón de los zorreros

En la brigada, todos hablaban del batallón de los zorreros. Eran hombres valientes, no había dudas. Desandaban los caminos, con el peligro siempre detrás. Hasta ellos llegamos, tras las anécdotas que tendrían por contar.

Habían pasado las noches de insomnio y vigilia, pero en el recuerdo de los integrantes del batallón de los zorreros (así se conocía en Angola a los caravaneros que conducían las zorras) aún estaban latiendo las anécdotas de las cerca de 85 caravanas hechas para asegurar el traslado de la técnica de combate que regresaba a Cuba.

Aunque Esteban Piñero (El Puro), Juan Gualberto Delgado (Pito Pérez), Pedro Pablo Salazar (Perico), Emilio González (Candito) y Jesús García viajaron juntos en el buque Fiódor Chaliapin, apenas se vieron. Sus rostros fueron parte de los cientos de cubanos que llegaron a Angola el 10 de enero de l989.

Los médicos cubanos atendían a los pobladores de los quimbos. (Foto: PASTOR BATISTA)

Los médicos cubanos atendían a los pobladores de los quimbos. (Foto: PASTOR BATISTA)

Aquí se convirtieron en hermanos, por esa solidaridad que une a los hombres en los momentos difíciles.  El 17 de marzo de l990 quedaría en la memoria como una fecha inolvidable.

“Como a las ocho y 45 de la mañana sentimos los primeros disparos. Yo venía medio dormido — recordó Candito— y me desperté sorprendido. Toqué a Mongui (Ramón Alfonso, el chofer). El abrió fuego, mientras yo salía, después lo cubrí a él. Evidentemente, era una emboscada. Inmediatamente la columna se detuvo y comenzó el combate. Bajo el tiroteo, dicen que, a Raúl, uno de nuestros compañeros, estaba herido en una pierna. Aquello me puso mal porque todos éramos una gran familia”.

“Yo venía con el capitán Julio Mederos –expresó Pito Pérez-. La cocina-comedor (un APA-200) se había roto y nos retrasamos. Me senté en la rueda del KRAZ a comer y en eso sentí el tiroteo. Le dije: Capitán, están atacando la columna. En cinco cuadras, el camión cogió como 80 kilómetros de velocidad”.

Pito era el cubano jaranero, simpático, pero en aquel instante, las palabras salieron con toda la emoción de aquellos momentos trágicos.

“Delante de nosotros iba la pipa con agua y la gente de la UNITA tenía concentrado el fuego hacia allí, quizás pensando que era combustible. Cuando llegamos al lado de la columna, nos tiramos en la cuneta. Bajo el tiroteo, el capitán me dio la orden de coger la radio que estaba encima del carro. Le respondí: capitán, pero debajo de este fuego no puedo salir. Él me contestó que era una orden. No me quedó más remedio que cumplirla.

“Al rato nos enteramos que David había muerto. Un gordito que estaba a mi lado se paró en medio del fuego, disparaba y gritaba. Viva Fidel, Patria o Muerte, ¡Venceremos!”, subrayó.

“A mí no se me olvida el médico Reynaldo. Fue muy valiente. En medio de los tiros, con ayuda del sanitario, recogía a los heridos, auxiliaba a todo el que lo necesitaba.

“A las cuatro y pico de la tarde, la columna siguió su marcha hasta llegar a Hocuma, donde nos cogió la noche. El jefe del batallón, el político, y el secretario del Partido recorrieron la columna y nos hablaron de la posibilidad de que hubiera otra emboscada. Como a las doce empezó un aguacero tremendo. Ellos no durmieron, se pasaron todo el tiempo, de un lado a otro. A las cinco de la mañana, continuamos el recorrido sin ningún problema”, dijo El Puro.

Para Jesús García, el más joven del grupo, no pasó inadvertida la unidad de todos, como una gran familia. “Esos lazos surgen en el combate y nunca más se olvidan”.

De esa heroicidad y valentía nos nutrimos durante nuestra estancia en Angola. En esos hombres la amistad creció a lo más alto del escalón humano. Y es que los lazos de hermandad se desarrollaron en la tierra africana cual la impetuosidad del imbondeiro, árbol inmenso, sagrado en esa nación. Así se cultivaron para que perduraran por los tiempos de los tiempos.

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María de las Nieves Galá León

 
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