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Publicado el 23 Septiembre, 2021 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

Escuela para corruptos

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Los estradistas más cercanos al presidente, con su intransigencia, hicieron imposible una solución constitucional. Foto: Autor no identificado

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

El Gobierno no había podido sofocar la sublevación liberal de 1906. Lejos de eso, el levantamiento se había consolidado. Pino Guerra se apoderó de San Juan y Martínez (Pinar del Río) y desde allí enviaba insultantes telegramas al presidente don Tomás Estrada Palma. Loynaz del Castillo campeaba en la periferia de la capital. Temerosos de que los Estados Unidos usaran las prerrogativas estipuladas por la Enmienda Platt, varios generales mambises fueron a ver al mandatario para viabilizar un diálogo con los alzados. La respuesta de Tomasito siempre fue la misma: enviaría a los insurgentes a la cárcel.

Diez senadores del partido estradista declararon a la prensa su decisión de renunciar a sus cargos para facilitar un entendimiento con los liberales. Pero los allegados a Estrada, incluyendo buena parte de su gabinete, preferían la intervención, que también tenía partidarios entre los liberales: Ernesto Asbert y Eduardo Guzmán amenazaron con destruir propiedades estadounidenses para forzar a Washington a inmiscuirse en el conflicto.

Entretanto, desde esa ciudad, el secretario (ministro) de guerra, William Taft, ordenó el entrenamiento intensivo de tropas para una eventual invasión a Cuba, amén de traer efectivos de Filipinas en los buques Ingall y Meade, que partieron apresuradamente de Manila hacia el Canal de Suez.

Cuando se convenció de que la situación era insostenible, Estrada Palma llamó al cónsul estadounidense Frank Steinhart, quien informó a su superior el 11 de septiembre de 1906: “El presidente Palma ha resuelto irrevocablemente dimitir y entregar el gobierno de Cuba a los representantes que el presidente Roosevelt designe tan pronto como haya en la Isla número suficientes de soldados [norte]americanos”.

Estrada Palma

Estrada Palma, a través del cónsul Steinhart, solicitó la intervención yanqui. Imagen: Autor no identificado

El 19 de septiembre de 1906, los enviados del presidente de los Estados Unidos, presididos por Taft, llegaron a La Habana. A pesar de que los liberales y una parte de los estradistas eran propicios al diálogo, los políticos más cercanos al mandatario cubano persistieron en su intransigencia e impidieron una solución constitucional. Tomasito le hizo llegar su dimisión a Taft el 28 de ese mismo mes. Al día siguiente, el ministro yanqui asumía el mando de Cuba; además, solicitó a Roosevelt unos 6 000 soldados para garantizar la ocupación.

Dadas las ambiciones políticas de Taft, quien aspiraba a ocupar la presidencia de la nación norteña, su lejanía de Washington se le antojaba peligrosa, por lo que nombró como su sustituto a Charles Magoon (octubre de 1906), aunque Cuba seguiría bajo supervisión de la Secretaría de Guerra.

El nuevo gobernante de Cuba colocó en los ministerios a supervisores yanquis en vez de a cubanos, cesanteó a los gobernadores y consejeros provinciales electos en 1905 y designó a seis estadounidenses para dirigir las entonces provincias del país. Pero ducho en los manejos sucios, entre los politiqueros nativos y sus familiares repartió innumerables “botellas” (ubicar oficialmente en la nómina de una dependencia estatal a alguien que cobra su salario íntegro y nunca asiste a su centro laboral).

Según el historiador Julio Le Riverend, Magoon “recibió el Tesoro cubano con unos 20 millones de pesos de reserva y lo dejó con deudas ascendentes a 11 millones […] Para la construcción de 570 kilómetros de carretera –de pésima calidad–, se emplearon 13 millones de pesos, de tal forma que el precio de construcción por kilómetro fue siete veces mayor al vigente de la época”.

A la Iglesia Católica se le entregaron casi dos millones de pesos como indemnización por bienes confiscados por el gobierno colonial español durante el siglo XIX, lo cual era absurdo, pues Cuba independiente no tenía que asumir tal deuda. Asimismo, las compañías azucareras se apoderaron de miles de hectáreas y se les entregaron concesiones a empresas mineras para que explotaran el subsuelo nacional.

No solo los politiqueros fueron beneficiados por las dádivas de Magoon. Sin que mediara una investigación, se pagaron al contado unos 300 millones de pesos a los dueños de caballos y mulas aparentemente robados durante la sublevación liberal. Casi un millón y medio de pesos recibieron ciudadanos estadounidenses por supuestos daños a sus propiedades.

Charles Magoon

Charles Magoon, gobernador de Cuba (1906-1909). Foto: Autor no identificado

Dos de los negocios turbios más sonados de la administración de Magoon fueron los del alcantarillado y el acueducto de La Habana y de Cienfuegos, en los cuales estuvieron involucradas compañías estadounidenses. Al decir del colega Luis Marino Pérez, en La Opinión Nacional (1908), “muchos de esos contratos fueron hechos de una manera informal, por no decir inmoral, y suscitaron mucho escándalo y el descrédito de la administración. Costaron varias sumas al Tesoro Cubano y la impresión general es que en muchos casos el trabajo fue deficiente”.

La ocupación finalizó el 28 de enero de 1909, fecha en que el nuevo presidente electo, José Miguel Gómez, tomó posesión de su cargo. En su proclama final, en nombre del Presidente de los Estados Unidos, Magoon declaraba que todos los decretos de su administración, todas las deudas y obligaciones contraídas durante su gobierno, tenían que ser reconocidos y satisfechos por la república cubana. Igualmente, todos los contratos adjudicados eran inviolables.

El legado de Magoon fue la intensificación de vicios, corrupción, malversación y negocios espurios que se tornaron endémicos en los gobiernos cubanos durante el primer cuarto de siglo de su existencia como Estado nación. Para colmo, la Enmienda Platt seguía vigente, limitando la soberanía nacional.

Fuentes consultadas

Los libros República de corcho, de Rolando Rodríguez; y La república. Dependencia y Revolución, de Julio Le Riverend.

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