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Publicado el 29 Octubre, 2021 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

El alma de la clandestinidad en La Habana

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sergio el curita gonzález

Tal vez la última foto de Sergio González López, captada en la época en que evadía la persecución policiaca. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

En los primeros años del triunfo revolucionario se divulgó un documento del registro civil que señalaba a 1922 como el año de su nacimiento. Pero su madre aseguró públicamente que en realidad Sergio González López nació el 29 de octubre de 1921 en una finca ubicada en el municipio de Aguada de Pasajeros, en la hoy provincia de Cienfuegos. Ferviente católica, la progenitora influyó en que, adolescente aún, iniciara estudios para el sacerdocio. Con poco menos de 14 años ingresó en el Seminario San Basilio el Magno, de Santiago de Cuba.

Cuando la familia se mudó para La Habana, Sergio se trasladó para el Seminario de San Carlos y San Ambrosio en la capital. Todos los veranos y navidades las pasaba con la familia. En una de esas estancias conoció a Gladis Vergara, quien luego se convirtió en su esposa y madre de sus hijos. En 1945 decidió abandonar la carrera eclesiástica y fundar con ella una familia. Comenzó entonces a trabajar en los tranvías. Allí lo apodarían el Curita.

Pronto se le haría incómodo a la patronal. A pesar de su juventud, supo unir a católicos, comunistas, practicantes de los cultos de origen africano y gente sin afiliación política. En 1949 lo cesantearon. Tuvo que encargarse de la imprenta de su hermana (Águila entre Dragones y Reina, en la Plaza del Vapor), quien había enfermado de tisis. En ese establecimiento, donde comenzaron a imprimirse volantes contra el golpe de Estado batistiano acaecido el 10 de marzo de 1952, conoció a Ñico López y otros moncadistas.

Según el combatiente Humberto Torres, Fonseca, quien trabajaba como operario con el Curita y luego fue uno de sus subordinados en la guerrilla urbana, “cuando salió Fidel del Presidio Modelo [mayo de 1955], Sergio se entrevistó tres veces con él y puso la imprenta a su disposición”. El antiguo seminarista organizó células en el transporte, los bancos, las plantas eléctricas y escuelas en diversos barrios de la capital. De acuerdo con sus compañeros, “no paraba realizando acciones y formando nuevos cuadros”.

El Curita operando imprenta

El Curita en la imprenta de la Plaza del Vapor. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO

Aunque algunos manuales de Historia, textos periodísticos, e incluso participantes en la lucha clandestina, han aseverado que se le designó jefe de Acción y Sabotaje en la antigua provincia de La Habana, el redactor de estas líneas nunca ha podido hallar, tras una búsqueda de años, documentación alguna que respalde esa afirmación. Interrogados al respecto, altos dirigentes del Movimiento (Faustino Pérez, Marcelo Fernández, Rogelio Montenegro y Arnol Rodríguez, entre otros) mencionaron otros nombres al referirse a quienes desempeñaron esa responsabilidad de junio de 1955 a marzo de 1958. No obstante, como reflejan decenas de testimonios, fue sin duda, junto con Faustino, el líder con mayor autoridad y capacidad movilizativa en el aparato clandestino de la capital.

Como testimoniara Rogelio Montenegro, “Sergio se escapa [de la cárcel] del Castillo del Príncipe el 22 de octubre de 1957 […] se divulga la noticia y todo el mundo trató de verlo, se reagrupó en torno a él. Muy pronto se hicieron acciones que demostraron lo que significaba que Sergio estuviera en la calle. Ya el 8 de noviembre se hace lo [de la noche] de las 100 bombas”. Ese día estallaron unos 129 artefactos explosivos en la capital. Y se cumplió lo orientado por el Curita: no se produjeron víctimas civiles.

“Sentía gran confianza y seguridad a su lado. Él dirigía y controlaba gran cantidad de compañeros”, confesó a una historiadora el combatiente Manuel Blanco Maño. “Él trabajaba con todos los grupos y aunque no tuviera cargo, donde él estaba, era el jefe”, aseveró a su vez otro revolucionario destacado, Ricardo Martínez. Por su parte, Antonio Llibre lo calificaba de “una persona verdaderamente extraordinaria. Llegaba a un lugar e inmediatamente todos lo reconocían como jefe”.

Fidel lo estimaba mucho y sabiéndolo en constante peligro, encomendó a Moisés Sio Wong, quien entonces estaba en la Columna Uno, que lo convenciera para que se integrara al Ejército Rebelde. El luego general de las FAR rememoraría ante un periodista: “Bajé a buscar al Curita […] nos reunimos en un parque cerca del cine Mónaco. Aquella noche él no tenía dónde dormir. Le trasmití el menaje de Fidel”. Sergio respondió que respetaba las órdenes del Comandante en Jefe, pero “no se podía ir, pues estaba en un momento muy difícil y no podía abandonar a sus hombres. Que le dijera a Fidel que lo disculpara”. Extraña coincidencia, igual actitud adoptó Frank País ante una propuesta similar.

Sergio González López (El Curita)

Sergio González López (El Curita)
Autor: No identificado

El 18 de marzo de 1958, siete días después de su conversación con Sio Wong, la Policía batistiana sorprendió a el Curita mientras trataba de contactar con unos revolucionarios. Al saber de su detención, el cardenal Arteaga, entonces primado de la Iglesia católica en Cuba, le rogó a Batista que le respetara la vida. El sátrapa prometió que así lo haría. El cadáver del guerrillero urbano, con visibles huellas de tortura, apareció al día siguiente en el reparto Altahabana, junto al de los combatientes Bernardino García Santos y Juan Borrel.

Una vez le pedí a Faustino Pérez que calificara a Sergio González López en una frase. Y expresó: “Era el alma de la clandestinidad en La Habana”.

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Fuentes consultadas

Testimonios de familiares del héroe y de combatientes clandestinos, ofrecidos al autor de este trabajo. El libro El Curita, de Caridad Massón. El texto periodístico “Sergio: un hombre integral dentro de la lucha”, de Dolores Nieves (Tribuna de La Habana, 17, 18 y 19 de marzo de 1988).

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