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Publicado el 6 Octubre, 2021 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

TERRORISMO CONTRA CUBA

La muerte tiene tres letras

Aunque estos hechos ocurrieron hace 45 años, los recientes atentados a las embajadas cubanas en Washington y París nos alertan acerca de que muy bien podrían volver a suceder acontecimientos similares
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explosión en embajada cubana en Lisboa

Estado en que quedó uno de los apartamentos de la sede diplomática cubana en Lisboa. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Lisboa. 22 de abril de 1976. Pocos minutos después de las cuatro y media de la tarde. El expolicía Ramiro Moreira, muy ligado a los partidos portugueses de ultraderecha, llegó al sexto piso del inmueble donde se ubicaban las oficinas de la embajada de Cuba en el país ibérico. Colocó un maletín junto a la puerta, tocó el timbre y se marchó apresuradamente. Al abrir, la funcionaria Adriana Corcho detectó la carga explosiva y avisó sobre el peligro. Trató de tomar las medidas pertinentes para que el artefacto hiciese menos daño. Efrén Monteagudo, otro diplomático cubano que se hallaba en el piso inferior, al percatarse de la situación subió por las escaleras para prestar ayuda.

Sobrevino la explosión. Ambos perdieron la vida. Un compañero de ellos, Alberto Álvarez Alfonso, resultó herido. Los dos pisos ocupados por la representación cubana sufrieron grandes destrozos, así como varios apartamentos de los niveles colindantes. En el edificio vivían familias portuguesas. Por suerte todos los niños, incluyendo los de la embajada, aún no habían salido de clases.

En esos momentos Frank Carlucci era el embajador yanqui en Lisboa. Tiempo después reconocería en público que todas las operaciones de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en la península tenían que pasar por sus manos. Al cesar como diplomático se le designó subdirector de esa tenebrosa institución. Luego Ronald Reagan lo nombraría asesor de Seguridad Nacional.

Aeropuerto de Seawell, Barbados. 6 de octubre de 1976. 12:15 p.m. (hora local). El DC 8 de Cubana, con las siglas CUT 201, despegó hacia Jamaica. Había transcurrido solo unos minutos cuando en la torre de control se escuchó una voz: “Tenemos una explosión y estamos descendiendo inmediatamente. Tenemos fuego a bordo […] Pedimos inmediatamente pista”. “Autorizado a aterrizar”, replicó Seawell. El avión soltaba humo en un área cercana al tercer motor. Aun así, enrumbó hacia la pista. De pronto, la cola de la nave comenzó a humear. Los bañistas de una playa cercana lo vieron tomar altura y desviarse a un lado (iba inicialmente en dirección a los hoteles de la costa). En la torre de control de Seawell reinaba un completo silencio: en los radares, la figura del DC-8 se había desvanecido.

Perdieron la vida 73 pasajeros y tripulantes, incluyendo a 24 deportistas y entrenadores del equipo cubano de esgrima.

Barbados

Familiares en el sepelio de las víctimas del sabotaje al avión cubano en Barbados. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Los intentos por encubrir la acción criminal como un accidente no fructificaron. La comisión investigadora y, sobre todo, el perito cubano José Lara, demostraron que el avión cayó al mar como consecuencia de dos explosiones: una, localizada entre las filas de asientos 7 y 11, ocurrida a las 12:23 a.m. (hora de Barbados); la otra, en el baño trasero de la cabina de pasajeros (12:27 a.m.). Esta última es la que ocasionó el derribo de la nave.

Los perpetradores del sabotaje, Hernán Ricardo y Freddy Lugo, quienes fueron identificados y detenidos en un hotel de Port Spain (Trinidad y Tobago), confesaron su crimen a la policía trinitaria y delataron a quienes los contrataron: el contrarrevolucionario de origen cubano Orlando Bosch y el agente de la CIA Luis Posada Carriles.

Mientras se preparaba el proceso para enjuiciar en Venezuela a los responsables de la voladura del avión cubano, en Portugal se desarrollaba el juicio a Ramiro Moreira. Aunque el abogado portugués Levi Baptista, representante legal de los familiares de los dos funcionarios cubanos asesinados, acusó a la CIA de estar involucrada en el atentado contra la Embajada, la justicia lusitana nada hizo al respecto. Moreira fue sancionado a 21 años de cárcel y a los pocos meses se fugó. Halló refugio en España, donde ni la policía ni el gobierno se preocuparon por aprehenderlo. En 1991 recibió un indulto y pudo regresar a su país.

En Venezuela, a Ricardo y a Lugo les impusieron una pena de 20 años. Bosch fue absuelto “por falta de pruebas”. Posada se fugó de la cárcel y andaba por Centroamérica sin que nadie lo detuviera. En 1997 organizó atentados a hoteles habaneros, en uno de los cuales perdió la vida el italiano Fabio di Celmo. Tres años después fue detenido cuando proyectaba volar una instalación en Panamá con el fin de asesinar a Fidel Castro, las víctimas colaterales serían cientos de estudiantes universitarios. Esta vez no tuvo que fugarse de la prisión, la entonces Presidenta de la nación itsmeña le otorgó el indulto.

Extraña coincidencia la de las historias de Moreira y Posada, y su relación con una muy conocida institución estadounidense. ¿Será simple casualidad?

Fuentes consultadas

Los libros Bajo las alas del cóndor y Salvar al mundo del terrorismo, de José Luis Méndez.

El texto periodístico Una operación terrorista contra Cuba, de José Luis Méndez y Pedro Etcheverry.

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Pedro Antonio García

 
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