Huellas de un “ángel” de las desgracias.
Foto. / Cortesía del Museo de Buey Arriba.
Huellas de un “ángel” de las desgracias.
Foto. / Cortesía del Museo de Buey Arriba.

Huellas de un “ángel” de las desgracias

Al pasar frente al taller de artesanía  nombrado popularmente El Guaniquiqui, algunas personas se persignan. Otras, despojadas de cualquier creencia, se sientan en el escalón de acceso al local, a esperar la apertura de alguna de las instituciones cercanas. Pero Graciela López Offis, no necesita ver la otrora Casa de la Muerte, para recordar la barbarie.

Años atrás, en ocasión del Encuentro de arrieros y fabulaciones serranas, en Buey Arriba, municipio de Granma, se proyectó una serie televisa sobre la denominada Guerra de Liberación Nacional, y durante el debate suscitado, uno de los participantes contó cierta anécdota que levantó a Graciela como un resorte de su silla.

Huellas de un “ángel” de las desgracias.
Antes de puesto militar, este local fue punto de abastecimiento para los arrieros de mulos hacia la Sierra Maestra. / Cortesía del Museo de Buey Arriba.

“Un día de 1959, me encontraba trabajando en la tienda propiedad de mi padre, Lalo Veloz, la Comercial Cafetalera ubicada a la salida de Las Minas rumbo a la Sierra Maestra. Alrededor del mostrador había un grupo de curiosos observando un buldócer que desbrozaba un montículo para construir la tienda de Raúl Quesada en el área donde antes estuvo el bohío de Felipe el haitiano.

“De pronto se sintió un olor muy fuerte y desagradable, entonces le gritamos al tractorista: ‘¡Apártate, dale pa´tra!’. Cuando nos acercamos a ver de qué se trataba, eran unos huesos de personas. Había prendas de vestir, un cinto con iniciales y llaves de puertas. Buscamos picos y palas con lo cual pudimos sacar la osamenta de varios cadáveres corrompidos los cuales depositamos en cajas de bacalao.

“Después se hicieron las investigaciones y se identificaron los restos de: Felipe el haitiano, Gelo y Chenene. Los tres, atados por las manos con alambre de púas. La gente del pueblo sabía que a ellos y a otros los habían desaparecido los guardias al mando de [Ángel] Sánchez Mosquera, pero no sabíamos dónde los habían enterrado”, rememoraba el testigo.

En ese momento, una silueta y una voz sobrecogieron el auditórium de arrieros y fabulaciones. “¡Yo soy la hija de Felipe el haitiano!”. “¡Yo soy la hija de Felipe el haitiano!”, exclamó emocionada Graciela, de acuerdo con el testimonio publicado en Cubadebate.

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Huellas de un “ángel” de las desgracias.
El historiador Ledesme Garcés Rosales, junto al otrora cuartel de Buey Arriba, rememora que tener “un reloj, un anillo de oro y dinero significaban la muerte”. / Ismael Francisco.

Como el padre de ella, muchos otros progenitores,  mujeres y niños encontraron la muerte en el almacén de El Moro Aviche, convertido en cuartel de la tiranía, a manos de los esbirros dirigidos por aquel “ángel” –solo de nombre-, quien durante su estancia en la serranía granmense ascendió rápidamente de capitán a coronel y dejó más de 400 víctimas mortales.

El historiador Ledesme Garcés Rosales explica que la mayoría de esas personas fueron torturadas y asesinadas en la llamada Casa de la Muerte, y luego llevadas por los soldados batistianos hasta diversos sitios: Posta 7, Corojito, el cañaveral de Nando Chacón, la orilla del río Buey u otros “cementerios” privados de su jefe, donde las enterraban en fosas comunes.

Cuenta Garcés que era muy difícil salir vivo de aquel puesto militar, porque allí uno de los propósitos de los uniformados era conseguir con qué pagar en los burdeles de la comarca.

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Después del tiro que recibió en la cabeza, Ángel Sánchez Mosquera quedó parapléjico y el 1ro de enero de 1959 escapó de Cuba. / Autor no Identificado.

“Un reloj, un anillo de oro y dinero significaban la muerte”, afirma el estudioso de la historia local, y recurre al testimonio de un familiar suyo, quien le contara acerca de su incorporación al Ejército Rebelde, precisamente por repulsión a los vejámenes del también apodado El Látigo, y de sus sicarios.

“Un desmochador que él conocía y otro señor fueron a la farmacia a comprar un medicamento para sus enfermos. Y ahí mismo los apresaron. ‘Yo lo que vengo es a pagar una medicina y fulano a…’, así se defendía Carrero, el conocido de mi pariente, pero no los soltaron. Fueron víctimas ese día”, narra Garcés.

Según la vox pópuli, en Buey Arriba “los muertos de Mosquera no se informaban” –ni todos los que su tropa asesinaba ni todas las bajas que le causaba el Ejército Rebelde–, porque él robaba las pertenencias valiosas a las víctimas y se apoderaba del salario (los 33,33 pesos) de sus propios soldados. Por ese precio muchos campesinos y sus hijos entraron al ejército batistiano, comenta el investigador.

No todos fueron asesinos, pero en Buey Arriba se hizo célebre un joven nombrado Guayescao, uno de los que mataron al arriero Israel, Gelo.

Al testimonio de María Enamorado Hernández, hija del montuno, hace referencia Cubadebate:

“Yo fui la última persona de la familia que lo vio con vida en el cuartel de la tiranía. Me dejaron pasar por un ratico. No olvidaré nunca lo que me dijo: ‘Ay mi´ja busca a alguien que me saque de aquí, que me van a matar’. Salí llorando y al pasar delante de la Santa Bárbara de Sánchez Mosquera me quedé mirándola, mientras unos casquitos se mofaban cantando: ‘Lloré, como lloré nadie debe llorar, lloraba que daba pena por amor a Magdalena…’.

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Familiares y vecinos participaron en la búsqueda y exhumación de las víctimas. / Cortesía del Museo de Buey Arriba.

“Antes de caer preso, papá subió con su arriero Chenene a las lomas a llevar comida. Y mi tío Misael que estaba alza’o le dijo: ‘Mi hermano, quédese aquí porque los van a matar’, y él se negó diciéndole: ’No, porque mis hijos están allá abajo y si me quedo los van a matar’.

“Cuando él llegó a la casa, se tiró en la cama y mientras yo [tendría 10 o 12 años] le quitaba las botas, llegaron unos guardias […] y se lo llevaron preso.

“Otro día volví a ese lugar siniestro como una “loca”. Cuando llegué y le pregunté a uno de los casquitos:

“-¿Dónde está Sánchez Mosquera, que lo quiero ver?

“-¿Qué tú haces aquí pelú’a mocosa?

“-¿Dónde está mi padre?

“-Nosotros lo soltamos y él se fue con los Mau-mau”.

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Otro crimen que todavía conmueve a los vecinos de ese caserío de la Sierra Maestra es el cometido contra Celia Aguilar Tamayo, una madre de cinco hijos.

Relata Ledesme que el 28 de abril de 1958 “fue apresada y conducida al cuartel. Causa del delito: compra de cajas de cigarros en la tienda del poblado de las Minas [Minas de Bueycito, antigua denominación del territorio de Buey Arriba, debido a las minas de manganeso que allí existían]. Falleció por causa de las torturas. También asesinaron al joven dependiente que le hizo el despacho.

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El pueblo rumbo al cementerio, para dar digna sepultura a las víctimas de la tiranía batistiana. / Cortesía del Museo de Buey Arriba.

“De nada valieron los ruegos de su madre Eufemia, quien al día siguiente se presentó en el cuartel con tres hijos de Celia: Merceditas, de siete meses de nacida, Joaquinito (Pititi), de dos o tres años, y Marcos, de 12, quien la acompañaba el día de la detención.

“Con cinismo los sicarios le vociferaron: ‘Ya su hija no está aquí, la pasaron pa´ Santiago de Cuba’. Eufemia ripostó: ‘Sí, Santiago de Cuba es la loma donde ustedes matan a la gente’”.

Así, despiadadamente, el ángel de la desgracia dominó en la región, desde el 16 de diciembre de 1957 hasta el 26 de julio de 1958, cuando recibió un tiro en la cabeza, de manos de la tropa de Guillermo García y Lalo Sardiñas, mientras subía la loma de El Brazón, en dirección a Providencia, para enfrentar la contraofensiva rebelde durante la segunda batalla de Santo Domingo.

No obstante, en Buey Arriba los subordinados de Mosquera continuaron fieles al método de la tortura y el asesinato. Allí, el imperio batistiano de la muerte acabó el 14 de noviembre de 1958, con la llegada de Fidel y la Columna Número 1 a las cercanías de la zona. El líder de los barbudos les envió su propuesta de rendición, pero ellos se retiraron al cuartel de Bueycito, localidad de este mismo municipio granmense.

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Aunque conocen la historia del local, los lugareños prefieren llamarlo el Guaniquiqui de Buey Arriba; allí se fabrican muebles y cestos. / Ismael Francisco.

Los rebeldes entraron victoriosos al caserío, el 17 de ese propio mes. Se reunieron con el pueblo, también con los comerciantes, y organizaron el gobierno local que implementaría las medidas revolucionarias. El capitán Marcos Orozco Arocha y Santiago Garcés Guerra quedaron al frente de la jefatura militar del lugar.

Dos meses después, con la Revolución en el poder, los vecinos saldaron una deuda de honor con sus seres queridos. Los buscaron y les dieron digna sepultura en el cementerio Los Molinos, de Buey Arriba.

Los familiares y allegados de las víctimas tuvieron la oportunidad de juzgar públicamente, en el parque de Manzanillo, a los criminales de guerra de la región. María Enamorado Hernández reconoció al asesino de su papá, entonces cogió el micrófono: “¡Ese mató al padre nuestro, que dejó 10 hijos huérfanos!”. Imagino que para Guayescao escuchar esa acusación no haya sido lo más difícil, sino las palabras de su madre. Sabiendo ella que lo iban a fusilar, entre lágrimas le dijo: “Sí, yo estoy llorando hoy, pero ¡a cuántas madres tú le causaste este dolor!”.

Fuentes consultadas

Entrevista concedida por Ledesme Garcés Rosales a la autora. El texto periodístico En fotos, Fidel habla a la prensa extranjera durante Operación Verdad, del Equipo Editorial Fidel Soldado de las Ideas (Cubadebate, edición digital del 22 de enero de 2019). El libro La Victoria Estratégica, de Fidel Castro Ruz. Expedientes de los sitios históricos Casa de la Muerte y Posta 7, elaborados por especialistas del Museo de Buey Arriba.

2 respuestas

  1. Qué horrible esas historias!! Muchos las desconocen y quieren volver a la etapa de dominación yanqui en franca ignorancia del pasado. Allá no volveremos!!!

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