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Publicado el 26 Febrero, 2018 por Toni Pradas en Innovación
 
 

ESPACIO

“Hecho en la Tierra por humanos”

El más potente y barato cohete jamás construido, despegó exitosamente y ambiciona ya la conquista de Marte
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El cohete Falcon Heavy en la plataforma de lanzamiento LC-39A del Centro Espacial John F. Kennedy, antes de partir. (Foto: SPACEX)

El cohete Falcon Heavy en la plataforma de lanzamiento LC-39A del Centro Espacial John F. Kennedy, antes de partir. (Foto: SPACEX)

Por TONI PRADAS

“Oh, hombre, mira a esos cavernícolas,/ es el espectáculo más estrafalario”, bramaron las bocinas del Centro Espacial John F. Kennedy, aquella vieja, ambigua y daliniana canción del inglés David Bowie. “Oh, hombre, me pregunto si alguna vez sabrá/ que está en el espectáculo de más éxito,/ ¿hay vida en Marte?”

Cientos de personas hormigueaban el pasado 6 de febrero en la isla Merrit, de la Florida, donde se encuentra el Centro y la rampa de lanzamiento de misiles de Cabo Cañaveral, para ser testigos de un trascendental hecho tecnológico: el impulso al espacio del cohete Falcon Heavy, de SpaceX, desde la plataforma LC-39A.

Este vehículo es el más potente en funcionamiento desde que el Saturno V, de la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (NASA), despegase con las misiones Apollo hacia nuestro satélite natural, justo en ese mismo lugar. (Muy cercano, por cierto, al sitio elegido por Julio Verne para lanzar la bala espacial en su novela De la Tierra a la Luna: el francés calculó acertadamente, sin computadoras, que la región floridana del paralelo 28 era idónea para lanzar cualquier aventura sideral).

El Falcon Heavy (“Halcón Pesado”), es un vehículo de lanzamiento espacial que tiene el don de ser reutilizable. Descrito con solo un tintazo, se trata del ya conocido Falcon 9, un enorme misil de 70 metros de largo, reforzado con otros dos núcleos de Falcon 9 como cohetes aceleradores adicionales. Semejante invento se antoja a la vista como un tridente de jardinería, o más bien como un tenedor para untar, pero de unos 150 millones de dólares (según los contadores, aun así representa 250 millones menos que los modelos competentes más cercanos).

Con la potencia añadida, el artefacto, que clasifica en el orden de los cohetes superpesados y ya se le mencione como de “una nueva raza espacial”, aumenta su carga útil a 64 toneladas en la órbita terrestre baja, comparado con las 22.8 toneladas de un Falcon 9 simple. Es decir, es ya el de más capacidad entre todos los cohetes operativos, descontados, por supuesto, los de Hollywood.

Falcon Heavy, un sucesor de aquellos épicos transbordadores que entre hurras y llantos volaron hasta 2011, desde su fase onírica fue diseñado para llevar a los seres humanos al espacio y restaurar la posibilidad de volar misiones tripuladas a la Luna o Marte. Lógicamente, en esos casos la carga se reduce a 13.7 toneladas, al necesitarse más combustible para tan largo viaje.

No en balde le echaron mano a la vieja melodía Life on Mars? (“¿Vida en Marte?”), del rockero Bowie, fallecido el 10 enero de 2016, un músico que tal vez mereció que vertieran sus cenizas en el espacio interestelar. Curiosamente, otra pieza de él, Space oddity (“Rareza espacial”), fue utilizada por la BBC en 1969 para su cobertura del alunizaje de la primera misión tripulada Apollo 11.

En 2002, Elon Musk comenzó a investigar la viabilidad de mandar un cohete a Marte. Pensó que el gran avance sería que se pudieran construir cohetes reutilizables en los que el costo del combustible fuera entre 0.2 y 0.5 por ciento del costo del cohete. Para ese fin fundó SpaceX (Foto: JAE C. HONG /AP)

En 2002, Elon Musk comenzó a investigar la viabilidad de mandar un cohete a Marte. Pensó que el gran avance sería que se pudieran construir cohetes reutilizables en los que el costo del combustible fuera entre 0.2 y 0.5 por ciento del costo del cohete. Para ese fin fundó SpaceX (Foto: JAE C. HONG /AP)

A principios de la década de 1970, David se hizo acompañar por la banda Las arañas de Marte y grabó su consagración musical Starman (“Hombre-estrella”, que habla de un extraterrestre que vino a anunciar la salvación de la Tierra, luego de diagnosticársele, en otra canción de Bowie, su fin en cinco años).

Y vaya fijación la suya. El artista protagonizó en 1978 el filme británico El hombre que vino de las estrellas (el personaje de Bowie llega desde un planeta que sufre de sequía, en busca de agua para llevar y salvarlo). Su último disco, lanzado dos días antes de fallecer de cáncer, llevó por nombre Blackstar (“Estrella negra”).

Comoquiera que se trataba de una prueba, esta vez el proyectil acarreó apenas una carga simbólica. El lanzador llevó como contenedor un automóvil eléctrico Tesla, fabricado por la Tesla Motors, empresa de Silicon Valley especializada en autos eléctricos muy chulos y componentes de propulsión eléctrica.

Desde luego, el hecho no fue fortuito y, bien visto, resultó la campaña de mercadotecnia más cara de la Era Cenozoica.

Tesla fue cofundada por Elon Reeve Musk, un inventor, inversor y empresario nacido en Sudáfrica y con nacionalidad canadiense y estadounidense. Además de crear el primer carro eléctrico económicamente viable –el Tesla Roadster–, Musk es el diseñador del Falcon 9 y director general de SpaceX, la empresa privada que lo produce, la más grande de su tipo dedicada al sector aeroespacial.

Como si cambiara de pezones de la misma madre para lactar, el deportivo rojo se convirtió entonces en el primer auto colocado en órbita en el espacio. Al volante del vehículo va sentado un maniquí vestido de astronauta, antojadizamente llamado Starman.

Musk el soñador, el filántropo de la educación científica, la salud pediátrica y la energía limpia, recientemente anunció sus planes de enviar (y regresar), a partir de 2025, al menos un millón de seres humanos a Marte para establecer allí ciudades autosostenibles y producir metano como combustible de los cohetes. Para ello, le falta limar unos requerimientos que permitirían crear una flotilla de nuevos halcones pesados, los cuales podrían viajar cada dos años durante una década, mientras el Planeta Azul y el Planeta Rojo estén más cercanos, desafiándose a los ojos, en sus danzas orbitales.

Pero Musk el multimillonario, el también cofundador de las firmas tecnológicas PayPal, Hyperloop, SolarCity, The Boring Company y OpenAI, pragmáticamente se contentó con hacerles un guiño a los extraterrestres de las “estrellas negras”, un eslabón más del “espectáculo más estrafalario”, del “espectáculo de más éxito”.

Un cartel, impreso en la tarjeta de circuitos del carro de David Bowie, reza en inglés: “Hecho en la Tierra por humanos”.

Errare humanum est

Comparación a escala, de izquierda a derecha, el vehículo de lanzamiento STI (en desarrollo por la NASA); la torre del reloj Big Ben, de Londres; el SpaceX Falcon Heavy; y un humano de 1.80 metros. (Infografía: ALISTAIR WICK, CON CONTENIDOS DE MARKUS SÄYNEVIRTA)

Comparación a escala, de izquierda a derecha, el vehículo de lanzamiento STI (en desarrollo por la NASA); la torre del reloj Big Ben, de Londres; el SpaceX Falcon Heavy; y un humano de 1.80 metros. (Infografía: ALISTAIR WICK, CON CONTENIDOS DE MARKUS SÄYNEVIRTA)

Nacidos en la Tierra también, los errores, decía San Agustín, están en la condición humana. Sin embargo, el azar a veces se sale con las suyas. Aunque esta misión de prueba ha sido considerada un éxito (las probabilidades de triunfo antes del despegue eran de 50-50), algunos contratiempos mantendrán ocupados en sus estudios a ingenieros y diseñadores durante meses.

Digamos que el lanzamiento de la nave sufrió un retraso de dos horas. Previsto para las 13:00 hora local, pudo finalmente realizarse a las 15:00. Un fuerte viento en la altura soplaba feo y podía complicar la faena de despedida del cohete.

Rugieron los 27 motores Merlin en la base del cohete, capaces de generar una potencia de 23 000 kilonewtones (un newton es la fuerza aplicada a un cuerpo cuya masa es de un kilogramo, y le comunica una aceleración de un metro por segundo, cada segundo). Una nata de humo y vapor cubrió la rampa de lanzamiento.

Pero lo que ocurrió ocho minutos después fue más espectacular: Los dos cohetes exteriores que impulsaron al Falcon Heavy, regresaron a la Tierra sanos y salvos y aterrizaron en sus respectivas plataformas con una precisión milimétrica, con apenas segundos de diferencia. Esta rutina de devolución de una fase de los propulsores le ha tomado a SpaceX varios años perfeccionarla.

Pero el tercer cohete, luego de dar el empujón decisivo a la cápsula y desprenderse de esta, se perdió en su retorno. El núcleo central falló y no aterrizó en la plataforma prevista. Al parecer, solo pudo volver a encender uno de los tres motores necesarios para aterrizar, y acabó chocando contra el agua a una velocidad cercana a los 500 kilómetros por hora, a una distancia inferior a los 100 metros del lugar de aterrizaje programado.

El aterrizaje del tercer cohete, se sabía, era el más complicado, ya que tendría que realizarse sobre una plataforma marítima pilotada de manera remota; pero no es algo nuevo para SpaceX, que ya ha completado varios aterrizajes similares con el Falcon 9.

En definitiva, la señal del cohete central se perdió, algo habitual por el efecto de los cohetes en la señal de radio, pero ya entonces se sospechaba que algo había salido mal.

Recuperar los dos impulsores externos del Falcon Heavy es el principal logro de la misión, pues supone un ahorro de cientos de millones de dólares en la carrera aeroespacial.

Apenas tres minutos después del despegue, el núcleo central, separado de la parte superior del cohete, dejó ver mediante un video al Rodaster, propiedad personal de Musk, mientras el eufórico público escuchaba el conocido tema Starman de Bowie.

El plan original era que el Tesla alcanzase una órbita alrededor del Sol, similar a la de Marte. De esta manera seguiría dando vueltas durante millones de años como recordatorio de la hazaña.

El cohete al que va unido el auto tenía que encenderse, hasta alcanzar la distancia adecuada para entrar en la órbita deseada. Sin embargo, este encendido resultó ser mucho más efectivo de lo esperado, por lo que el coche, como si burlara una señal de Pare, pasará por Marte de largo y continuará adentrándose en el espacio con una vivacidad de 11 kilómetros por segundo.

Según la órbita rápidamente calculada, se supone que el Tesla llegará al cinturón de asteroides, entre Marte y Júpiter; incluso debe pasar bastante cerca de la órbita de Ceres, el planeta enano.

Es decir, no se sabe qué rayos pasará con el carro. ¿Acabará incrustándose contra un asteroide, o incluso el Sol? Hoy los ingenieros rezan para que no termine estrellándose contra un satélite artificial o afectando una misión o proyecto científico.

Duelo de cohetes

Acoplada en la punta del cohete, la nave espacial Dragon V2 es la encargada de portar cargas y personas. (Foto: NASA / DMITRI GERONDIDAKIS)

Acoplada en la punta del cohete, la nave espacial Dragon V2 es la encargada de portar cargas y personas. (Foto: NASA / DMITRI GERONDIDAKIS)

La musculatura del nuevo bólido abre nuevas posibilidades para el mercado aeroespacial, en particular el segmento dedicado a orbitar satélites mucho más grandes para uso militar o de inteligencia. Simultáneamente podría lanzar una gran cantidad de satélites menores, como la “constelación de miles de satélites” propuesta por Elon Musk para proporcionar banda ancha a todo el planeta.

El Falcon Heavy permitiría también enviar robots de gran envergadura a la superficie de Marte, visitar planetas lejanos del Sistema Solar como Júpiter y Saturno y sus lunas, y colocar en órbita grandes telescopios como el James Webb, sucesor del Hubble. Debido a las restricciones actuales, el Webb será plegado como una hoja de origami para lanzarse en 2019.

De momento, el nuevo cohete ha sido contratado por el Gobierno y el Departamento de Defensa de Estados Unidos para lanzar grandes satélites geoestacionarios, y se prevé que este año le dé un aventón al satélite de comunicaciones saudita Arabsat 6A.

El reciente éxito edulcorará aún más el romance no consanguíneo que desde hace más de una década sostienen SpaceX y la NASA. Ya en 2006, la privada había ganado un contrato para probar la entrega de carga a la Estación Espacial Internacional (EEI) y poco más de dos años después, la estatal le otorgaba un nuevo contrato de más de mil millones de dólares para encargarse de la entrega de suministros a la Estación en al menos 12 misiones.

Así, en 2012, la compañía del sudafricano se convirtió en la primera aerospacial privada en visitar la EEI. La calzaba, además, la política de Barack Obama para zafar al Gobierno de erogaciones para el proyecto científico multinacional: En 2010, el expresidente firmó el ucase con una estilográfica en su mano zurda, mientras con una tijera en la derecha recortaba los presupuestos destinados a la prestigiosa agencia espacial estadounidense.

Rivales a muerte y amantes de besos, como el Sr. y la Sra. Smith, la NASA decidió apoyar con buena plata a SpaceX cuando la firma anunció en 2015 que trabajaba en un proyecto para enviar una nave no tripulada a Marte en 2018: la Red Dragon.

Como era de esperar, hacerse un hueco en el mercado de los camiones siderales no le ha granjeado demasiados amigos a SpaceX, en un mercado que había estado monopolizado hasta entonces por la ahora noqueada United Launch Alliance, asociación tejida por Boeing y Lockheed Martin que busca cómo salir del coma.

Vista interior de la nave espacial Dragon V2, en la que se muestra la configuración de asientos. (Foto: NASA / DMITRI GERONDIDAKIS)

Vista interior de la nave espacial Dragon V2, en la que se muestra la configuración de asientos. (Foto: NASA / DMITRI GERONDIDAKIS)

Después de todo, algo queda claro: el negocio de paquetería espacial y de futuros pasajeros estelares promete tornarse exitoso, incluso estrafalario para los cavernícolas de Bowie. De hecho, la NASA, aunque herida en su costillar, ya está desarrollando su propio supercohete, el Space Launch System o SLS.

Se estima que cada vuelo del SLS costará unos mil millones de dólares. Pero según Musk, el monto del paseo del Heavy Falcon es de cerca de 90 millones. Algunos críticos, seguidores de la letra pitagórica –la sombría Y de los caminos de la vida–, se rompen la cabeza tratando de entender cómo el Congreso puede justificar el gasto del SLS cuando existe una alternativa mucho más barata.

Otros empresarios privados también están retando a duelo a la NASA, cuyas armas caballerescas serán sus poderosos cohetes.

Jeff Bezos, el fundador de Amazon, está desarrollando con su empresa Blue Origin un proyectil llamado New Glenn, capaz de colocar en órbita cargas de hasta 45 toneladas, e incluso aseguró que planea una versión aún más potente llamada New Armstrong.

El propio visionario Musk ya está inmerso en su futuro artilugio llamado BFR, que tendrá nada menos que 31 motores, destinado a llevar a cabo su ambicioso programa de enviar en el futuro una tripulación de pioneros a Marte.

Y todos, sigilosamente, miran con el rabillo del ojo qué puede pasar en el futuro con los eternos rivales rusos, europeos y chinos.

En tanto, el maniquí Starman, con su sonrisa indiferente de yupi, sigue su vuelo hacia la nada, mientras en su reproductora, una y otra vez, sigue sonando Space oddity: “Estoy aquí flotando,/ alrededor de mi lata de hojalata,/ muy lejos por encima de la Luna,/ el planeta Tierra es azul,/ y no hay nada que yo pueda hacer”.

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Toni Pradas

 
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