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Publicado el 10 Enero, 2022 por Roxana Rodríguez en La bohemia
 
 

Sempiterna armonía de las espirales

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En las obras figurativas como la escultura de Lennon se genera un flujo de energías excepcional y los tran-seúntes buscan la oportunidad de llevarse su propio “trofeo” en imágenes.

En las obras figurativas como la escultura de Lennon se genera un flujo de energías excepcional y los transeúntes buscan la oportunidad de llevarse su propio “trofeo” en imágenes. (Foto: Anaray Lorenzo)

“José Villa Soberón (1950) posee cualidades muy singulares para la escultura, una de ellas, creo que la principal, es que observa todo lo que la rodea con pupila aguzada y analítica […] es dueño de una sensibilidad creadora de absoluta autenticidad”, escribiría el intelectual Miguel Barnet Lanza sobre el notable artista visual cubano en 2009, a propósito de su muestra personal Mutantia, emplazada entonces en el Museo Nacional de Bellas Artes, de Cuba.

Y es que este creador santiaguero, de apariencia sosegada e introvertida, es un abstraccionista por antonomasia, audaz y desasido de manierismos e insignificancias en boga.

Quienes siguen su obra saben que desde su egreso en la Academia de Artes Plásticas de Praga, a finales de los años 70 del pasado siglo, tomó distancia de toda creación naturalista para domar la solidez y consistencia del acero, el mármol, la piedra.

Más reconocido –y hasta popular– en lo figurativo por las estatuas en bronce de célebres personalidades históricas, Villa Soberón ha desechado moldes estereotipados y en la estatuaria monumental cubana ha traído a la cotidianidad de los espacios públicos esas figuras sugestivas, de humanizados ademanes que en otro tiempo, contexto y/o nacidas de otras manos, habitarían el casi vedado y distante podio escultórico propio del urbanismo antillano.

La tendencia de poner a interrelacionar la obra escultórica con el transeúnte, generalizada en las grandes urbes europeas desde hace décadas, devendría estilo inédito en esta tierra del Caribe, al ser enriquecida visual y conceptualmente por dicho artífice, quien la hizo suya a golpe de sagacidad y extraordinario ingenio.

No cabe duda de que muchas personas advierten un diálogo singular en esas imágenes desprendidas de la pose o el gesto afectado; basta advertir el John Lennon del parque de 17 y 8, en el Vedado capitalino; asimismo, en el centro histórico habanero, El Caballero de París, situado frente a la Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís; y, en su patio interior, la Madre Teresa de Calcuta. Así sucesivamente se unen a la lista el Hemingway, del Floridita; el Antonio Gades, de la Plaza de la Catedral; o más reciente, el Eusebio Leal, junto a la entrada del Palacio de los Capitanes Generales.

Tal virtuosismo y destreza para dar vida a partir del realismo suscitan en Villa Soberón cierta energía única e inconmensurable para jugar con las formas y los volúmenes desde una estética particular en la abstracción, a veces inclinada por originales efectos con texturas; otras, dadas a la experimentación con la dureza y versatilidad que ofrece el material.

Uno de los elementos que le ofrece espectacularidad visual a la muestra es el equilibrio casi exacto entre la brillantez del acero inoxidable y la opacidad arrolladora del hierro. (Foto: Anaray Lorenzo)

Goce del artífice

Ciudades de Europa y América, en más de una veintena de países, despliegan en sus espacios urbanísticos piezas abstractas monumentales de quien por más de tres décadas ha sido profesor de la Universidad cubana de las Artes y, entre 1986 y 1990, fue decano de su Facultad de Artes Plásticas. También, por más de una década, presidió la sección de artistas plásticos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac).

Recientemente, el sentido enigmático de la espiral como ancestral icono de diversas culturas (griega, africanas, mesoamericanas, celtas) volvió a tomar cuerpo en la obra de José Villa Soberón a modo de temática formal.

De las monumentales piezas que “no caben en el Museo” –como alguna vez las calificó Barnet– ahora retoma el concepto en una selección de 14 obras de pequeño formato, trabajadas en hierro y acero inoxidable, concebidas para la ocasión y exhibidas en la galería Villa Manuela, de la Uneac.

“La línea crece y se multiplica, implosiona y quiebra en más de un momento su circularidad, se empina desde su condición aérea y regresa a la matriz de su trazado original”, ha señalado la periodista, ensayista, promotora cultural, crítica de arte y curadora Virginia Alberdi Benítez en las palabras al catálogo de esta exposición, llamada La espiral eterna, como la pieza musical homónima del compositor cubano Leo Brouwer.

Aunque no todas las obras impresionan visualmente como espirales en el sentido propiamente dicho, se advierte la intención denodada de explorar, escudriñar a partir de las ondulaciones de la curva y establecer cierta conexión con el observador, quien intentará descifrar ese discurso sugerente, evocador, de sinuosidades y serpenteos viriles que fascina por la corrección y la sobriedad.

Es válido acotar que el proyecto curatorial corrió a cargo del propio Villa Soberón. No obstante, merece un aparte el sobresaliente trabajo museográfico y de galería, emprendido por Virginia Alberdi Benítez, en su condición de directora y curadora de la institución cultural, y las galeristas Arlettes Sando y Yoandra Mancebo, quienes en su conjunto captaron el significado conceptual de la selección, hallaron la funcionalidad espacial precisa; y, sin ánimo de contrariar a la siempre ilustre crítica, le concedieron a cada pieza un halo de teatralidad excepcional que el espectador avezado –o no tanto– siempre agradece.

La espiral eterna es una invitación acompasada y auténtica a redescubrir la armonía y la pulcritud compositivas de un hombre –perseverante e impenitente– frente a su obra, en un viaje íntimo, sensitivo y repleto de múltiples lecturas.

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Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez