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Publicado el 11 Junio, 2015 por Roxana Rodríguez en La bohemia
 
 

12ª BIENAL DE LA HABANA

Matices otros de El Ciervo

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montajePor ROXANA RODRÍGUEZ
Fotos EDUARDO LEYVA BENÍTEZ

Una vez más, desde la ironía y el sarcasmo, El Ciervo Encantado convida a reflexionar sobre las urgencias del presente. Con Triunfadela, un performance en escena, el colectivo cubano que lidera Nelda Castillo se inserta en el programa general de la Bienal de La Habana y, de algún modo, compendia el quehacer creativo e indagador que lo ha distinguido a lo largo de varios lustros.

No cabe duda de que la tendencia a lo performativo resulta un rasgo distintivo en la estética de la agrupación, como también lo es el excepcional engranaje sensorial y simbólico que emana de cada uno de sus montajes, proclives a activar la memoria, mediante disímiles puntos de confrontación y diálogo entre el pasado y el presente, entre la “representación” y el mundo real.

En el actual proyecto se entrecruzan con coherencia diversos lenguajes: el trabajo del actor y las artes visuales, evidentes en la caracterización física, el diseño de vestuario, la gestualidad y plasticidad del personaje (la actriz Mariela Brito) y el patafísico invitado para la función. Según Nelda Castillo, la Patafísica es una ciencia concebida por Alfred Jarry que se dedica al estudio de las soluciones imaginarias y las leyes reguladoras de las excepciones.

Todo este conjunto genera un entramado en el cual la mediación del público, como ente activo implicado en el hecho artístico, juega un rol esencial y convierte a Triunfadela en un suceso diferente cada vez. Una situación interesante se origina cuando por desperfectos técnicos habituales en la sala ocurre un apagón total y la acción continúa su curso; tal evento inesperado produce entre los espectadores reacciones insólitas, siempre enriquecedoras, en la cual no es posible percibir límites estéticos entre el teatro, el performance y el happening; es decir, no se alcanza a discernir el deslinde entre las artes escénicas y las visuales.

En la obra no es casual el empleo del método muchas veces ensayado por Castillo y que, desde hace tiempo, sustenta toda su labor artística: entre otras técnicas, el cotejo de distintas fuentes. En este caso particular se utilizaron notas, artículos, entrevistas, reportajes de periódicos nacionales y locales, que funcionaron a modo de elemento potable para la inspiración, y algunos de ellos, además, formaron parte tácita en el acto performativo.

A ellos se anexaron la energía sensitiva que suscitan un audiovisual de Nicolás Guillén Landrián, las sugerencias conceptuales y estéticas que suelen proponer las creaciones plásticas de Antonia Eiriz, Lázaro Saavedra, la gráfica de René de la Nuez, y los textos La selva oscura. De los bufos a la neocolonia, de Rine Leal; Más de cien años de humor político, compilación de Évora Tamayo, Juan Blas Rodríguez y Oscar Hurtado, entre otras selecciones bibliográficas.

Desde la visión de dos enajenados, este performance en escena cuestiona, inquiere, escudriña el excesivo enfoque optimista de algunos mensajes comunicativos emitidos mediante variados canales y soportes. Además, indaga en un ámbito específico de las artes visuales antillanas, aquel referido a creadores en formación o en plenitud de su carrera que, por diversas razones, a veces circunstanciales y de orden individual, se sumergen en los avatares por la subsistencia en un entorno corrosivo y distante de su condición de artistas.

Desde este cruce o mutación conceptual, con una estructura abierta, fragmentada, tendiente al rito, se crea un discurso que reflexiona sobre tópicos polémicos y controversiales de la actualidad antillana, para que Triunfadela sea –como afirma su programa de mano- una obra “joco-seria y bailable, que da cuenta del conjunto de impulsos involuntarios que, sembrados en lo más profundo de nuestro cuerpo, se proyectan sin que podamos evitarlo, fruto de una acendrada tradición”.

 

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Roxana Rodríguez

 
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