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Publicado el 2 Septiembre, 2016 por Pedro Antonio García en La bohemia
 
 

Cine de verano, vuelta a la nostalgia

Los más jóvenes pudieron apreciar viejos filmes que solo conocían por catálogos o guías cinematográficas
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Elenco del filme Érase una vez en el oeste.Por PEDRO ANTONIO GARCIA

Foto: Cortesía del  Icaic

Hasta los cines habaneros se contagiaron con el cincuentenario del espacio Nocturno y la música retro trasmitida por Radio Progreso para deleitar a distintos públicos, incluso a las más nuevas generaciones. En las salas del Proyecto Cinematográfico 23 se exhibieron películas cubanas de los años 60 y 70, un ciclo intitulado Lágrimas y risas, y otros sobre Charles Bronson y la ciencia ficción. Hubo, además, estrenos que merecerían reseñas apartes, como la decepcionante El despertar de la fuerza, séptima e inútil entrega de la saga La guerra de las galaxias, y la formidable Reina Cristina, con una soberbia Malin Buska en el protagónico.

Opacada por sus coetáneas Memorias del subdesarrollo y Lucía, en el recuerdo de este comentarista Papeles son papeles (Fausto Canel, 1966) era un buen filme. A medio siglo de su primer visionaje, vuelve a sorprendernos, se nos antoja menos envejecida que muchas películas fechadas el año pasado. No obstante, como en los thrillers de Hollywood, algunas de sus secuencias no son muy verosímiles y presenta grietas en la caracterización de ciertos personajes, quienes siguen las pautas de un equipo de realización deseoso de llegar a una final tremendista no siempre creíble.

Para los que peinan canas, ver Papeles… es reencontrarse con Sergio Corrieri, aquí tan eficaz como en Desarraigo, la ópera prima de Canel como realizador. Reinaldo Miravalles se roba el show y entre exclamaciones los espectadores reconocen a una muy joven Lilian Llerena; también a Carlos Ruiz de la Tejera y Salvador Wood, transformados en matones; a Juan Carlos Romero, interpretando a un gerente de hotel; y a René de la Cruz, convertido en un pusilánime muy alejado de su posterior Julito el pescador.

Muy concurridas permanecieron las salas del Multicine Infanta con el ciclo sobre Charles Bronson, a quien los más jóvenes pudieron ver en papeles secundarios cuando aparecía en los créditos como Charles Buchinski (Veracruz); o ya Bronson, encarnando al compinche de Glenn Ford (Jubal) y de Lee Marvin (Doce al patíbulo). En la secuencia inicial de Érase una vez en el oeste (Sergio Leoni, 1968), donde personifica a Armónica, el papel de su vida, estuvo a punto de arrancar aplausos a unos pepillos y pepillas que colmaban una fila, cuando en su famoso diálogo con Jack Elam y dos facinerosos más (se ven tres cabalgaduras en perspectiva) el primero de ellos dice: “Parece que falta un caballo”, y Armónica responde: “No, sobran dos”.

Filme que ha devenido culto, Érase… resulta una rara conjunción de talentos, desde el guion de Leoni y Sergio Donati –basado en un argumento a tres manos del propio Leoni, Darío Argento y Bernardo Bertolucci (El último tango en París)–, la antológica música de Ennio Morricone, la magnífica dirección de fotografía de Tonino Delli Colli, célebre por su trabajo con Fellini, Passolini y casi todo Leoni; y un elenco de lujo, pues a Bronson, rápido y furioso vengador, lo secundan Henry Fonda, como uno de los malvados más convincentes en la historia del cine; la bella y sensual Claudia Cardinale y Jason Robards (Cheyenne), en excelente forma.

El ciclo Lágrimas y risas, en la sala Charlot del Chaplin, incluyó desde comedias de Cantinflas y los hermanos Marx hasta clásicos como Laura (Otto Preminger, 1944) y los melodramas Stella Dallas y Angustias de un querer. Para el redactor de estas líneas, significó un reencuentro con Abismos de pasión (Kings Row, 1942).

Aun siendo una conjunción de talentos, con Sam Wood (Adiós Mr Chips, Por quién doblan las campanas) como realizador, la dirección de fotografía de James Wong Howe (Argel, Pasaje a Marsella) y el diseño de producción a cargo de William Cameron Menzies (Lo que el viento se llevó), y todavía una cinta entretenida, algunas secuencias se caen a pedazos de puro viejas. Afortunadamente, las actuaciones de los siempre eficaces Claude Rains (Dr. Tower), Ann Sheridan (Randy) y Maria Ouspenskaya (la abuela de Parris) sostienen el filme junto con el debutante Ronald Reagan, mejor actor aquí que en el resto de su carrera, presidencia incluida.

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