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Publicado el 11 Abril, 2017 por Raul Medina Orama en La bohemia
 
 

Historia del aprendiz

Sobre la formación de un gran intelectual. En diciembre último, el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano reservó un espacio para rememorar la gloria fílmica con la proyección de Memorias del subdesarrollo, Una pelea cubana contra los demonios y Los sobrevivientes
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Historia del aprendiz

El libro recorre un período que comienza en 1928 y culmina en la fundación del Icaic.

Texto y fotocopia: RAÚL MEDINA ORAMA

Si “tirios y troyanos” coinciden en el territorio audiovisual de Cuba es para ver una película de Tomás Gutiérrez-Alea (La Habana, 1928-1996). Juntos se sientan –y hasta comparten palomitas de maíz– quienes encuentran en la obra claves para interpretar el presente, y quienes creen que una buena cinta filmada hace décadas ya es inofensiva.

En 2016 se cumplieron 20 años de la muerte de quien parece consagrarse como el mayor director de la Isla, y el Festival de Cannes exhibió Memorias del subdesarrollo (1968) en su sección de clásicos, restaurada gracias a las arcas abiertas por The Film Foundation’s World Cinema Project, de Martin Scorsese, y la George Lucas Family Foundation. En diciembre último, el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano también reservó un espacio para rememorar la gloria fílmica con la proyección de Memorias… (junto con la remozada Retrato de Teresa, dirigida por Pastor Vega en 1978), así como Una pelea cubana contra los demonios (1971) y Los sobrevivientes (1978), ambas maquilladas por el archivo de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood.

Titón se ha convertido en tótem para algunos. Para otros, su obra es estímulo intelectual que azuza la investigación, y su vida un ejemplo de revolucionario con enorme responsabilidad pública y ambición estética. En el último grupo se inscribe el camagüeyano Juan Antonio García Borrero, quien presentó en la 26ª Feria Internacional del Libro El primer Titón (2016), publicado por la Editorial Oriente.

García Borrero es un sagaz analista de los procesos culturales cubanos, específicamente del ámbito cinematográfico. Ha ganado en tres ocasiones el Premio Nacional de la Crítica Literaria, en ocho el Caracol de Crítica y Ensayo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y en 2004 recibió el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas. También pertenecen a su copiosa producción los libros Quién le pone el cascabel al Oscar (1998), Guía crítica del cine cubano de ficción (2000), Rehenes de la sombra (2001), La edad de la herejía (2002), Todo sobre Oscar (2006), Otras maneras de pensar el cine cubano (2009), entre otros.

El pequeño volumen que ahora propone, contiene en sus 134 páginas indicios sobre cómo se gestó la industria nacional de cine, algo que Gutiérrez-Alea y sus amigos imaginaron durante años y se consolidó cuando el gobierno revolucionario fundó el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (Icaic). Su tesis confesa es que este alumbramiento “solo fue posible porque un grupo de cinéfilos se empeñaron en soñarla en medio de la total indiferencia colectiva”.

Así que el devenir audiovisual del país ha de contarse incluso antes del Icaic, pues en esa “prehistoria” están las claves de muchos posicionamientos estéticos y políticos ulteriores. Cartas personales, artículos publicados en la revista de la sociedad cultural Nuestro Tiempo, así como otras fuentes de la época –entre las que sobresale BOHEMIA en tanto escenario de polémicas y debates públicos sobre la política y el arte de entonces– sirven al autor para amalgamar un relato sobre los afectos, encuentros y desencuentros del director de Muerte de un burócrata (1966) con algunos contemporáneos en su etapa de cristalización intelectual, entre ellos Germán Puig y Ricardo Vigón –animadores de la primera Cinemateca de Cuba–, Néstor Almendros, Guillermo Cabrera Infante, Julio García Espinosa, Alfredo Guevara y Roberto Fernández Retamar.

Sumergido en el relato explícito –el análisis fenomenológico de la relación entre el joven aprendiz de cine y su contexto– hay refugio y consolación para el biógrafo, quien confiesa en el artículo de introducción: “Titón es el interlocutor imaginario que me permite sentarme a repensar mis propias circunstancias en una época y en un lugar donde no abunda la voluntad de debatir esos eventos en los que a diario nos vemos envueltos”. A juzgar por los textos que Juan Antonio García Borrero publica de a poco en su blog Cine cubano, la pupila insomne, el libro reseñado es preludio de una obra mayor: Hasta cierto Titón, la “biografía intelectual” que pudiera inducir a la polémica. Y eso es lo mejor que pudiéramos desearle a una investigación sobre el cineasta y revolucionario, cuyo pensamiento debiera estudiarse más entre los creadores y funcionarios de la cultura.

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Raul Medina Orama

 
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