0
Publicado el 19 Mayo, 2020 por Roxana Rodríguez en La bohemia
 
 

LIBROS

Incendio que no purifica

Uno de los volúmenes premiados por Casa de las Américas en los últimos años, desnuda una realidad cruenta desde la ficción
Compartir
Incendio que no purifica.

Foto: amazon.com

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

La descripción de un acto incestuoso entre un padre y un hijo impacta al lector desde las primeras líneas de la novela Incendiamos las yeguas en la madrugada, de Ernesto Carrión (Guayaquil, 1977). Ante tal embestida de sensaciones y estremecimientos, quien lee acaba dejándose dominar por un relato perturbador, cuyas fauces lo engullen y, a cada instante, lo exceden, aplastan y hasta agravian.

Laureada en 2017 con el premio Casa de las Américas, esta es la sexta novela del narrador, poeta y guionista ecuatoriano, quien ha dedicado más de tres lustros a la poesía y reconoce aproximarse a la prosa desde una mirada lírica. Carrión ha sido acreedor de varios galardones nacionales e internacionales por sus cuadernos poéticos y su obra narrativa.

Esta historia en específico, parece aludir a una realidad eminentemente local –los años 90 del pasado siglo, en el sur de Guayaquil–, pero la crudeza y verosimilitud para acercarse a una generación, en un tiempo y espacio dados, la convierten en un referente regional, e incluso universal, que remarca una época y sus condicionamientos sociales y económicos.

“Incendiamos las yeguas” es una expresión metafórica para definir la acción de drogarse con pasta base, realizada por un grupo de cinco adolescentes que, sin proceder de entornos familiares marginales, se mueven en antros de prostitución, drogas, negocios ilícitos, crímenes menores –o, a veces, bastante severos– y violencia.

Mientras el lector se interna en los vericuetos del relato, se auto percibe voyerista, en tanto participante y encubridor de episodios perversos. El escritor, además de hábil y convincente al hilvanarlos en cada detalle, no da tregua entre una página y otra para develar de manera subrepticia la sordidez e indigencia espiritual de los personajes, a quienes no designa con nombres propios, sino que los nombra como animales o alimañas rapaces, cernícalos de comportamiento errático y mundano.

Así, el Topo, la Cucaracha, el Puma, el Buitre y el Gusano son los protagonistas del escenario deleznable que es su sur, ese donde “el manglar es un bosque de árboles retorcidos”, como escribe el propio Carrión en la novela.

Incendio que no purifica.

Ernesto Carrión deja claro en su novela que el alivio con “yeguas” siempre es un espejismo. (Foto: eltelegrafo.com.ec)

Sin padecer la pobreza material, ambicionan el modo de vida y los privilegios de sus contemporáneos que habitan en el otro extremo de la ciudad: el norte. Esta alegoría revela la miseria existencial de esos muchachos, quienes imbuidos por la música de la estrella del rock and roll Kurt Cobain, se despeñan entrampados en la misma red del ídolo –las drogas– y entretanto, aspiran a su santo grial: “el sueño americano” que los desvela y apartará del “despreciable” sur que los anida y ahoga.

Con Incendiamos las yeguas en la madrugada, disponible en el sitio web de Casa, convidamos a descubrir un derrotero en el que todos (personajes, autor y lectores) somos cómplices de una y muchas felonías.

Compartir

Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez