La democracia lleva apellido

Hoy día unos cuantos son capaces de jurar con la mano derecha sobre algún libro sagrado que la democracia, toda la democracia, la democracia exclusiva y excluyente es igual a pluripartidismo, régimen electoral, libertades políticas, de prensa, de expresión. A un lado quedarían los derechos al trabajo, a la salud, a la educación, a la cultura; los sociales y económicos…

El énfasis radicaría (radica) en los fueros individuales, sin reparar en que, como estima el sociólogo cubano Aurelio Alonso –nunca citado en exceso cuando al asunto se alude–, “la libertad se alcanza, puede alcanzarse, solamente en términos relativos. Tú vives en sociedad, tú no puedes tener todas las libertades, porque tus libertades afectarían a las de los demás. Este elemento restrictivo indispensable de la libertad ha tenido muchos enunciados en la historia. Recordemos a Juárez, cuando afirmaba que el respeto al derecho ajeno –la libertad del otro– es la paz”. O sea, “las libertades individuales van a estar siempre constreñidas por las libertades ajenas, y la sociedad más libre no va a ser la que, en grado absoluto, más libertades individuales admita, porque en grado relativo tendría que ser entonces también en la cual más libertades reprima. Esto constituye, precisamente, el dilema interno del liberalismo”.

Ahora, evitando pecar de dogmatismo, admitamos que la superestructura de la formación explayada universalmente está impregnada de algún nivel de democracia. De aquella que el marxista hispano-mexicano Adolfo Sánchez Vázquez calificaba de “limitada, política, formal, que el sistema acepta en cuanto sirve a la reproducción de las condiciones de producción o, en tanto que, bajo la presión de las luchas populares, se ve forzado a aceptar, mientras no se pone en cuestión el proceso de acumulación del capital […] la historia demuestra también que el capitalismo no duda en desembarazarse de toda forma democrática, por limitada que sea, cuando así lo exigen sus intereses fundamentales. El ejemplo del nazismo es elocuente en este punto”.

Antes de desandar el camino arriba iniciado, coincidamos en que la democracia puede entenderse en dos sentidos no contradictorios: como sistema o régimen de organización social en el que el poder, la toma de decisiones, se halla sujeto a determinado control de la sociedad y, asimismo, como vía para llegar a ese poder o conjunto de procedimientos para ejercerlo de igual forma. “En ambos casos, la democracia es inseparable de cierta participación de los miembros de la comunidad. Lo democrático estriba en la adopción o el control colectivo de las decisiones. En una definición de este género caben tanto las concepciones clásicas que hacen hincapié en el sujeto participante (‘gobierno del pueblo’, ‘gobierno de la mayoría’) como las concepciones modernas que insisten en la forma de su participación (adopción y control colectivos de las decisiones)”.

Sánchez Vázquez apunta que, al definir así el fenómeno, parece que hemos avanzado mucho, mas solo contamos con una descripción mínima, justamente –aunque parezca paradójico– por su extensión, carácter general, abstracto y formal, “el que permite que la ‘casa’ de la democracia pueda ser habitada por huéspedes tan diversos”. Los problemas detonan cuando la realidad nos obliga a concretar esa formulación. Cuando se refiere a una situación dada, un momento específico, apreciamos que cambia la naturaleza del sujeto participante, el espacio o el lugar en que participa, su manera de participar y el objeto, la materia, sobre la que recae su participación.

Necesaria contextualización

Si miramos hacia la democracia “realmente existente” en las sociedades burguesas, descubriremos que esta ha sido denominada política, liberal, parlamentaria o electoral, tomando en cuenta sus orígenes, sus lindes y su contenido. En ese ámbito, preguntémonos con nuestro filósofo quién, dónde, cómo y sobre qué participa. “A la primera cuestión, la del sujeto participante, responden sus ideólogos, y así se formula programática o constitucionalmente: participan todos los miembros de la comunidad en cuanto ciudadanos iguales ante la ley. De ahí la afirmación: cada individuo, un voto. Lejanas ya las limitaciones culturales o económicas –superadas, por cierto, gracias a las luchas populares–, el derecho a participar, el sujeto participante y, por tanto, el sufragio, son universales”.

El segundo aspecto es dónde se ejerce esa participación. Ambos asuntos están estrechamente relacionados. Si bien “el sujeto participante es universal (a nadie se le priva del derecho a participar), no lo ejerce en todas partes. Norberto Bobbio dice con razón que la democracia, en el sistema actual, encuentra una barrera insuperable en las puertas de las fábricas. El sujeto de la democracia solo lo es en su espacio propio: las casillas electorales en los que vota, o el parlamento a través de los representantes en los que ha delegado su voluntad.” Al abordarse el quién y el dónde participa, se ha develado igualmente la contestación a cómo lo hace. “El ciudadano ejerce este derecho cada cuatro o cinco años, y al ejercerlo, cesa su participación, aunque esta pueda prolongarse indirectamente a través de sus representantes, si estos se atienen a la voluntad original de los ciudadanos”.

Lo más significativo: “¿sobre qué materias puede decidir el elector o sus mandatarios? Si el ciudadano es un trabajador, las cuestiones de la producción o de las relaciones capital-trabajo que le afectan vitalmente en su centro laboral quedan al margen. ¿Podemos hablar de democracia, no obstante, cuando el sujeto participante, el espacio en que participa, la forma de participar y el objeto o materia de su participación, se hallan limitados en los términos que hemos señalado?”. Con plausible lógica, el pensador concluye: “Pensamos que sí puede hablarse de democracia en cuanto que existe cierta participación, aunque entonces habrá que reconocer que se trata de una democracia formal, política o representativa y, por tanto, limitada. Y habrá que reconocer, asimismo, que los límites a que se enfrenta le afectan en el doble sentido antes mencionado: como régimen de convivencia en una sociedad dada y como método o conjunto de procedimientos para adoptar las decisiones colectivas que entraña toda participación”.

Esas restricciones, lejos de poner fin a la necesidad de la democracia, plantean la demanda de extenderla, profundizarla; “de pasar de una democracia formal, política o parlamentaria –sin abandonarla– a una democracia real, económica y social; a una democracia que, al superar los límites señalados, se amplíe en un proceso ininterrumpido de participación y cada vez más rico y diverso en los cuatro puntos que hemos señalado: sujeto, espacio, forma y objeto de la participación”. Como colofón, habremos de convenir también en que, por cuanto la democracia exige una participación consciente, racional, en la toma de decisiones que atañen a la comunidad, y “toda vez que esta participación es una exigencia de libertad, la democracia es un valor al que no se puede dejar de aspirar. Y en cuanto que la realización de este valor requiere superar sus límites reales, la democracia, dada su necesidad de extenderse y profundizarse, es subversiva. Y cuando ese potencial subversivo supera los límites que le impone el sistema social vigente, estamos con esa superación en lo que llamamos –en su recto sentido– socialismo”.

¿Qué socialismo?

Por supuesto uno en que se impida lo que sucedió en la Unión Soviética, donde –no huelga remarcarlo–, tal como asevera Ramón Franquesa, profesor de Economía de la Universidad de Barcelona, entrevistado para Rebelión por Ángel Ferrero, “la gente había delegado la política a los dirigentes. La idea general era que otro tomase las decisiones, porque tomar decisiones, después del estalinismo, era un asunto arriesgado. La URSS era una sociedad que teóricamente estaba en manos de los ciudadanos, aunque estos en realidad no participaban políticamente ni tenían cultura política. El efecto desmoralizador que supuso ver cómo estos dirigentes, que hasta hacía cuatro días hablaban de socialismo, se convertían en los primeros ladrones, fue enorme. El péndulo pasó rápidamente de un lado al otro”.

Al decir de Frei Betto, se cometió el error de suponer naturalmente socialistas a todas las personas nacidas en una sociedad así autoproclamada, olvidando la afirmación de Marx de que, si la conciencia refleja las condiciones materiales de existencia, influye (en), modifica esas condiciones, porque existe una interacción dialéctica entre sujeto y realidad en la que este se inserta. Entonces, el papel número uno del educador, por ende del revolucionario, “no es formar mano de obra especializada o cualificada para el mercado de trabajo. Es formar seres humanos felices, dignos, dotados de conciencia crítica, participantes activos en el desafío permanente de mejorar la sociedad y el mundo”.

Ahora, en criterio de Sánchez Vázquez, precisamente lo que demuestra la experiencia soviética y esteuropea es lo que el genio de Tréveris había aseverado, y mucho de sus seguidores, obviado: “Democracia y socialismo constituyen una unidad indisoluble, puesto que la democracia consecuente, al no limitarse a la esfera política e impregnar por todos sus poros la vida social, conduce al socialismo. Y el socialismo, a su vez, entendido como la sociedad que pone la economía y el Estado bajo su control, o como participación de sus miembros en todas las esferas de la vida social, es la democracia radical, y consecuentemente la más amplia y profunda”.

Aquella en cuya consecución urge un enfoque de la libertad garantizada por un proyecto mejorado, refundado, que ratifique lo que los más inspirados han propugnado. Reclamos que no cejamos de refrendar con la imprescindible Rosa Luxemburgo, en palabras entresacadas de un texto de Aurelio Alonso: “[…] la democracia socialista empieza con la destrucción de la hegemonía (burguesa) y la construcción del socialismo […] Pero esta dictadura (del proletariado) debe ser la expresión leal y progresiva de la participación de las masas, ella debe sufrir constantemente su influencia directa, estar bajo el control de la opinión pública en su conjunto, manifestar la educación política de las masas populares”.

Ello, a guisa de imperativos categóricos contrahegemónicos. Una contrahegemonía que también convoque a quienes padecen la visión falaz del sistema único como promotor de la individualidad, respetuoso de los derechos humanos, postor de la democracia por antonomasia. En fin, a los defensores de una “ambrosía” llamada ideología liberal.

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