La macrocrisis de los microchips

Crisis, crisis, crisis… Pareciera que el diccionario se hubiera quedado sin palabras y hoy todas fueran sinónimos de… crisis.

Apreturas energéticas, alimentarias, bursátiles… Y por qué esperar algo mejor si existen caos democráticos, migratorios, humanitarios… si la paz no existe, ni con bombas ni sin ellas.

El sector de los semiconductores, digamos, arrastra una crisis que parece no tener fin, a pesar de la nata de silencio que la envuelve y los sucesivos augurios fallidos de recuperación. Es más, aquellos que optimistamente apostaron por la reversión del trance para el segundo trimestre de 2022, pueden borrar ya las fechas circuladas en rojo sobre el calendario. Los más audaces suelen mencionar 2023, pero nadie apuesta a ese caballo.

Como sea, la humanidad agradece la buena voluntad y el entusiasmo de quienes contentaron la ilusión. El sector necesitaba buenas noticias, cansados de ver cómo con la aparición de la pandemia la oferta de esos componentes no pudo adaptarse a la incesante demanda provocada, en primer lugar, por la acelerada digitalización de la economía y, en segundo, por la fuerte recuperación del consumo después de los confinamientos.

En la memoria de muchos, por ejemplo, quedarán las recientes cuarentenas como una era en la que se solía matar el tiempo viendo películas desde Internet o con juegos electrónicos de consolas, computadoras y teléfonos, mientras en muchos lugares se incrementaba la solicitud de alimentos u otros productos y servicios a expensas del comercio electrónico. En fin, el mundo virtual.

Ya desde antes de la covid-19, prácticamente todos los sectores fueron mostrando una irremediable adicción al chip hasta niveles tóxicos, hasta que la imposibilidad de sostener el auge de crecimiento provocó que la sociedad actual se autoaplicara algo así como terapias psicoanalíticas mediante la regla de abstinencia, una especie de burla del fantasma hierático de Freud.

Neuronas digitales

La macrocrisis de los microchips.
La civilización actual muestra una irremediable adicción al chip hasta niveles tóxicos. Foto: movilzona.es

A mediados del siglo XX, tres ingeniosos aportes científicos llegaron casi a la vez. Pero mientras el uso del átomo y la aplicación del código genético parecían tener su grandeza futura asegurada, los circuitos integrados con dispositivos amplificadores de semiconductores no fueron mejor comprendidos. De hecho, su inventor, el ingeniero alemán Werner Jacobi, de Siemens AG, no consiguió registrar la aplicación industrial que hizo en 1958 para la patente.

Es injusto ser duro al juzgar: No se sabía entonces cuán imprescindibles serían para la vida rutinaria de hoy los circuitos integrados, también conocidos como microchips o simplemente chips, que es como una informalidad juvenil de la misma semántica.

Huelga decir, por sabido, que estos aparatos en esencia son pequeñas piezas planas de un material semiconductor (generalmente, silicio) sobre las que se monta un conjunto de circuitos electrónicos, compuestos principalmente por diminutos transistores, suerte de neuronas digitales. Algo así no pudo imaginarse ni el mismísimo neurólogo austriaco Sigmund Freud.

Eso sí: son más sofisticados los chips en la medida que el espacio entre los pines o dientes de los transistores es menor (hablamos de millonésimas partes de un milímetro), pues mientras menos vacío exista, más rápido circula la información y más componentes caben en una misma placa.

Esta es la razón que explica la febril carrera por la miniaturización de la electrónica, que tiene como recompensa la utilización de los cada vez más pequeños y eficientes circuitos integrados en la mayor cantidad de objetos, al punto de cada día ser más difícil encontrar un aparato eléctrico que no contenga algún tipo de chip.

A la par, el creciente uso de Internet ha requerido la instalación de nuevos y gigantescos servidores y centros de datos capaces de almacenar y procesar tanta información, para lo cual se requiere de microchips de última generación.

Casi que es parte ya del ciclo de la vida: naces, te informatizas, creces, te reproduces y mueres.

De susto en susto

La macrocrisis de los microchips.
La espera en la entrega de semiconductores producidos, en vez de disminuir, crece. Foto. / alamy.com

Menudo golpe para un abanico de fabricantes, entre estos los de dispositivos de telefonía e informática, videoconsolas, electrodomésticos, automóviles o juguetes, entre otros. Afectadas las cadenas de suministro de tales productos, unidas a los dilemas propios de otros renglones económicos, todas esas “epidemias” cebaron con sus vasos comunicantes la inflación mundial.

En honor a la verdad, todo hacía indicar en algún momento que para finales de 2021 la pesadilla estaría pasando proporcionalmente con el control de la pandemia. Entonces las listas de espera para conseguir circuitos integrados parecían frenar su alargamiento. A la vez, las inversiones en nuevas fábricas y el relajamiento de la recuperación económica apuntaban a una progresiva normalización del sector durante 2022.

Pronto las sonrisas se desdibujaron en los rostros y Bloomberg, el gurú de los pronósticos financieros, utilizando datos de la consultora Susquehanna International Group, reveló que el lapso de espera en la entrega de semiconductores volvió a incrementarse en febrero pasado hasta 26.2 semanas, el doble de tiempo que se estaba en cola a comienzos del 2020.

Sin embargo, lo peor podría estar al pasar. Sin que se sepa bien cuál es el impacto que tendrá sobre la crisis de los microchips, otro escollo, que para muchos apenas está empezando, podría aportar los mismos beneficios que curar la úlcera con café.

Y es que la guerra ruso-ucraniana no puede prometer otra cosa que no sea prolongar aún más la crisis de los semiconductores.

Los nervios nerviosos

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La estabilidad de la oferta de elementos fundamentales para producir semiconductores, como el neón y el paladio, está en riesgo con la guerra entre sus fuertes exportadores Rusia y Ucrania. (Foto. / worldenergytrade.com

Los estrategas del mundo se agrian mientras calculan los desastres monetarios y políticos que puede acarrear para el mundo la beligerancia actual. No es para menos: las dos naciones directamente involucradas en la contienda son fuertes tranquilizantes para conseguir la estabilidad energética y alimentaria del planeta. Pero en estos momentos al más flemático se le han puesto los nervios nerviosos.

Y deben ponerse peor, si la rivalidad con reportes cirílicos echa mucho más alcohol sobre el fuego de la propia crisis del rey de la microelectrónica, debido al corte de suministro de dos caprichosos elementos químicos: el neón y el paladio.

Revalorizado en las últimas décadas, el paladio es un metal raro que tras el conflicto se ha disparado hasta el entorno de los 3 000 euros por onza (31.1 gramos). Este elemento se utiliza, entre otros fines, como contacto metálico que ayuda a interconectar las distintas capas de los microchips.

Resulta que Rusia es el mayor productor de paladio del mundo, con un peso exportador que satisface el apetito global de este metal en 40 por ciento. Por ello, se avizora que las sanciones al país podrían sumar dificultades a su suministro y un destape de locura en sus precios.

Por su parte, Ucrania acapara el 70 por ciento de las exportaciones de neón purificado. Este es un gas fundamental en la producción de las máquinas litográficas que graban los patrones de los semiconductores. Ingas y Cryoin, las principales empresas productoras, han quedado paralizada con la guerra.

Por su parte, Moody’s Analytics, firma experta en investigación económica sobre riesgo, ha alertado sobre la gravedad que para el sector puede provocar la combinación de escasez de paladio y neón, si persiste el conflicto militar. Ya durante la guerra de 2014-2015 en Ucrania, los precios del neón aumentaron varias veces. Vale recordar que en 2021, antes de esta guerra, el paladio fue la principal materia prima con peores resultados.

Como van las cosas, ¿incrementará esta amenaza de origen químico la actual rusofobia, al punto de odiarse también al creador de la tabla periódica de los elementos, Dmitri Ivánovich Mendeléyev, y derribar la estatua pedestre que le rinde admiración al genio en el Instituto Politécnico de Kiev Ígor Sikorski?

De momento, nadie se ha detenido a esperar por la respuesta. Antes que eso, muchas compañías han preferido timonear con tirones sus estrategias para diversificar la obtención de gases como el neón, justo después de la crisis de Crimea en 2014.

A otras no les ha sido tan fácil, por mucho timón que posean. Es el caso del sector de la automoción, uno de los sectores más afectados por la escasez de microchips.

Hoy los automóviles son cada vez más dependientes de elementos digitales y electrónicos, por lo que, menguada su fabricación, la oferta de vehículos se ha visto resentida después de haberse disparado tras los confinamientos. En consecuencia, las cadenas de montaje de las principales marcas sufren continuas paralizaciones, con eternos retrasos en la entrega de unidades y con precios que no dejan de inflarse incluso en el mercado de segunda mano.

Para colmo de males, el propio neón y el paladio son utilizados para fabricar otros componentes del sector, al margen del que se emplea en producir semiconductores. El paladio, digamos, se usa en los catalizadores que reducen las emisiones de los motores de combustión, mientras que neón es un ingrediente necesario al hacer las celdas de las baterías en los vehículos eléctricos.

A ellos se une, además, los problemas de suministro, tras la guerra en Ucrania, de otros muchos materiales como el aluminio, el acero, el níquel o el litio.

El cuento corto

La macrocrisis de los microchips.
La industria automotriz ha sido una de las más afectadas por la escasez de microchips. Foto. / motorpasion.com

Aunque la pandemia fue el pistoletazo de salida, la crisis de los semiconductores venía gestándose desde antes, cuando en 2018 inició la guerra comercial entre Estados Unidos y China a base de bloqueos, aranceles y prohibiciones comerciales, como en el conocido caso de Huawei.

La demanda y la oferta en la venta de computadoras comienzan a constatar desequilibrios en 2019. Algunos analistas creen ver el motivo en la minería de criptomonedas, consistente en obtener ganancias económicas mediante un software de minado que depende de la tarjeta gráfica del equipo. Como consecuencia, el precio de los procesadores gráficos suba hasta 300 por ciento, aumenta la escasez y los ordenadores disparan su costo.

Pareciera que el diccionario se hubiera quedado sin palabras y hoy todas fueran sinónimos de… crisis.

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8 comentarios

    1. Cierto, señor Kelley, debí poner que Rusia intervino por la fuerza en la guerra que Kiev había desatado desde años atrás contra la población rusoparlante de Ucrania. Ya antes había invadido otros países, cuando se empeñó en erradicar el fascismo en Europa, violando el estatus que había establecido Hitler sobre cientos de pueblos. Gracias por su precisión y su lectura. No volveré a equivocarme, sobre todo porque no apruebo, ni lo hice en este texto, ninguna guerra o injusticia.

        1. No sé si coincidir contigo plenamente, amigo Mariano. Créme que puedo entender a nuestro lector Raymond Kelley, a quien agradezco sinceramente que se haya expresado.
          Durante mucho tiempo, y en los últimos más, los medios de comunicación corporativos han sido secuestrados por las hegemonías políticas al servicio de las económicas, y mediante su información polarizada han vertido un innadable hormigón que con el tiempo ha estado fraguando sobre nuestras conciencias.
          Creo que muchas veces es dificil salir de este y gran cantidad de ciudadanos de bien, trabajadores educados que para nada gustan de la necedad, lamentablemente ha quedado nformativamente petrificado. Espero que Kelly sea un hombre noble, y no un troll o un soldado reaccionario, como prefieren esos poderes que sean las personas. Si está en la primera clasificación, tendrá siempre oportunidad de er parte de mi dialógo.
          Gracias por tu participación y lectura, estimado Mariano Torres. Espero tenerte de vuelta en estas páginas. Mis saludos para ti.

  1. Parecería casi un lugar común repetir que me encanten estos sabrosos trabajos de Toni, cuyo defecto es que, lamentablemente, llega el punto final, si bien sin demasiado apuro, siempre cuando todavía uno desearía seguir leyendo, aprendiendo y disfrutando. Este de La macrocrisis de los microchips retrata con sus muchos matices, una muy grave de ese combo de gravísimas crisis que convulsionan al planeta, algunas más escandalosas y otras que vienen quemando por abajo. Muchos se creyeron que la globalización neoliberal era el mundo bonito del primer mundo, hasta que China cometió el pecado mortal de irse desplazando suave, hasta la punta. Y ahí, efectivamente empezó a calentarse el sitio de Troya. Pero en este caso, además y muy especialmente, no quiero dejar de identificarme con la tan ingeniosa como respetuosa y contundente respuesta de nuestro colega al comentario del lector Raymond Kelley, de verdad que es como para no perdérsela. Lo estoy compartiendo en mis cuentas de Twitter y Facebook.

  2. Sería interesante un trabajo periodístico sobre la expansión de la OTAN y el serco mediático y militar contra Rusia teniendo en cuenta que la han obligado a defenderse y la práctica del fascismo en Ucrania con el silencio cómplice de Occidente ante los crímenes en el Dombás.

    1. Amigo tocayo, mis colegas de Bohemia han hecho esos análisis desde hace bastante tiempo. Incluso desde aquellos lejanos momentos en que nuestra especialista, la ya desaparecida Elsa Claro, quien hoy debería releerse como una visionaria, ponía sus genes y neuronas antes que muchos en el mundo, y de ella brotaron unas cuantas meditaciones que apuntaban hacia la situación actual. Me refiero a aquellos días, o desde aquellos días en que balcanizaron a Yugoslavia bajo pretextos humanitarios, pero el fin real, sabemos bien, era barrer su negativa a unirse a la OTAN. Esa país, recordemos, es la cuna de la no alineación.
      Le invito a buscar en nuestra web o en nuestros archivos analógicos, donde encontrará varios textos de Elsa y de otros colegas que le han seguido hasta nuestros días, quienes se han referido al asunto que le interesa. Y no deje de seguir nuestras páginas, que siempre estará comentando sobre esa actualidad, para nada imprevista, aunque sea insospechado el final.
      Gracias por su sugerencia, estimado Tony.

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