La vida se llama niños

Hace apenas unas horas, al comentar un post en Facebook, donde aparece un niño saboreando una bola de helado, protegido ocurrentemente por una sombrilla, mi amigo Elías Argudín Sánchez comentó de manera muy sintética: “Si no fuera por los fiñes…”

Con esta imaginación que a veces tengo, de inmediato imaginé a Argudín tecleando esas seis cortas palabras a bordo de un suspiro.

Y ustedes coincidirán conmigo en que nadie suspira por gusto.

Tal vez ni él mismo tuvo en ese instante conciencia total del alcance humano que encierra su frase.

Si adorar por encima de todo a los niños es expresión de demencia, entonces conozco a miles -y sé que hay millones dentro de mi Cuba… para no volar virtualmente al exterior- que padecen ese buen mal.

Recuerdo que a lo escrito por mi viejo amigo (observen que no hablo de amigo viejo) solo le agregué esto:

“Ellos son la única y verdadera fortuna que en mi opinión tiene este mundo. Fíjate si es así, que del cariño y la educación que les demos dependerá que luego, convertidos ya en adultos, sigan haciendo fortuna para bien del mundo o convirtiéndolo en un infierno”.

No entraré en disquisiciones o controversias científicas, genéticas, naturales o psíquicas… porque, además de no ser experto en esos campos, tampoco es mi intención hacer de estos apuntes todo un tratado académico.

Yo solo le concedo un rol divino a la educación que en sus hijos siembra la más terrenal familia.

Amén de particularidades congénitas, pienso -y mi limitada experiencia me indica- que ningún niño nace bueno o malo, malcriado u obediente, egoísta o generoso, abusador o gentil…

¿Acaso se nace dominando un idioma, sabiendo leer y escribir, cómo se usan los cubiertos o de qué manera se pedalea con equilibrio encima de una bicicleta?

El niño, por muy inquieto o apacible que originalmente sea, será, en gran medida, como padres, abuelos, tíos y hermanos sean capaces de educarlo, mediante mucho afecto, cariño, comprensión, enseñanzas y, desde luego, exigencias que no necesariamente tienen que rozar con lo abusivo o tiránico.

El medio influye, el entorno decide. Sé de muchísimos niños -de esos que no pueden estar quietos ni un segundo- que en medio de su carrera y divertimento por todo el espacio del hogar, muchas veces en medio de regaños por parte de la desesperada mamá, vienen un segundo hasta el balance donde está sentado el abuelo, le “suenan” un beso en la mejilla y vuelven a lo suyo. Esa actitud del pequeño se llama cariño, se llama ternura. Y alguien se la cultivó dentro. ¿Sí o no?

Conozco más que la mismísima ciencia médica a un tipo llamado Pastor Agustín Batista Valdés (por favor no tomen esto como “brillo en el ombligo”) quien jamás tuvo que pegarle ni castigar a su siempre pequeño hijo. Su “secreto a voces y a ojos públicos” fue siempre -y todavía es- hablar mucho con ese retoñito al que nunca consideró otra persona, otra criatura, sino un pedacito de sí mismo que un buen día se desprendió y siguió creciendo… como un árbol.

Por cierto, convertido ya en “frondoso hombre”, el agradecido muchacho no ha tenido, jamás, que pegarles o castigar severamente a sus dos princesas niñas. Ahí, no hay casualidad. Tampoco creo sean excepción. Muchos de quienes leen estas consideraciones se están viendo reflejados, para sano orgullo de todos.

Hace unas horas, también, escuché con la piel erizada las confesiones de un joven que cumplió sanción de privación de libertad. Y todo lo expresado por él giró en torno a su eterno dolor por no haber escuchado los consejos de su amada madre. Hoy ese muchachón, reinsertado social y laboralmente en el acontecer del país, es el mejor trabajador del colectivo al que pertenece.

Entonces sí coincido con mi amigo Elías Argudín. Si no fuera por los niños el mundo no tendría razón de ser. Ellos no piden venir a la vida. Somos los adultos quienes nos encargamos de hacerlos venir. Actuemos, entonces, en consecuencia con esa gran verdad y, sobre todo, con las sí tristes consecuencias que pueden sobrevenir (individual, familiar y socialmente) si no lo hacemos bien, o si dejamos esa intransferible y apasionante oportunidad a mano y cerebro de otros.

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