Lecturas y dilemas de una metamorfosis (I)

Ilustración. / G. Rei

Ya sea en América Latina o en la culta Europa, la vida no es color de rosa para las publicaciones centradas en la cultura, tanto las impresas como las digitales. Más bien abundan las espinas, según refieren múltiples reflexiones de disímiles procedencias y profundidad. Una valoración recogida en el sitio Telos sintetiza muy bien tal realidad: “En muchos casos, editar una revista cultural […] se convierte en una especie de odisea. Altos costes, problemas de distribución, evolución tecnológica permanente o competencia con otros medios de información y comunicación son solo algunos de los retos a los que día a día se enfrenta cualquier editor”.

¿Difiere de ese panorama la situación de las que se generan en Cuba? ¿Cuáles son sus problemas acuciantes? Al respecto opinan tres de sus gestores: Norberto Codina (director de La Gaceta de Cuba, de la Unión de Escritores y Artistas, con frecuencia bimestral, y sobre arte y literatura), Jorge Fornet (director del Centro de Investigaciones Literarias y de Casa de las Américas, publicación de Letras e Ideas centrada en la América Latina y el Caribe) y José León Díaz, subdirector de Revolución y Cultura, adscrita al Ministerio de Cultura.

-A algunos les parece un gasto innecesario mantener publicaciones culturales, teniendo en cuenta las necesidades sociales perentorias y las dificultades para darles respuesta.

Jorge Fornet: Bueno, si se le compara con eso que llamas “necesidades perentorias”, todo lo demás sale sobrando. La cuestión es que, como bien sabemos, no solo de pan vive el hombre. Roberto Fernández Retamar solía recordar una conversación suya con Fidel en los durísimos años 90, este le respondió, más o menos, eso que luego hemos escuchado tanto: la cultura es lo primero que debemos salvar. Según lo entiendo, no se trata de una frase hecha, sino de una clara conciencia de que si aquella no se salva, no se salva nada.

En fin, podemos suprimir ahora mismo todas las publicaciones culturales (un lujo que no se da ningún país) y el efecto inmediato será que la sociedad dispondrá de una mínima cantidad más de dinero para otros usos, y la mayoría de la gente no llorará esa pérdida. Pero a mediano y largo plazos el efecto puede ser devastador. No es raro que la desaparición de las revistas de estanquillos y librerías provoque en muchos de nosotros un sentimiento de vacío –una desconexión de lo que se está produciendo en el país (no solo en La Habana), en materia de literatura, arte y pensamiento–, el cual no logra ser llenado por otros espacios que abordan esos temas. Es un involuntario ahorro que vamos pagando con ignorancia y con la sensación de que estamos cada vez más solos.

José León: Precisamente la existencia de estas publicaciones culturales es una de esas necesidades sociales perentorias. Y lo digo no solo porque de algo más que pan vive el ser humano, ni siquiera porque lo espiritual (zona donde la cultura tiene un peso indudable) también forma parte de la supervivencia de la especie, lo cual sería ya una razón ajena al soslayo; sino porque, además, la cultura y por ende las revistas de ese corte pueden por sí mismas convertirse en agentes de desarrollo, incluso en bienes rentables.

Norberto Codina: Las revistas culturales han sido mayoritariamente, incluyendo las de carácter institucional como la que nos ocupa, una necesidad alternativa. La Gaceta surgió por la dinámica de contribuir a animar el clima cultural de los años 60, en una sociedad en plena transformación, donde acciones y contradicciones se multiplicaban; entre escaramuzas ideológicas o preferencias intelectuales cotidianas, nos queda el mosaico, a veces preciso, a veces impreciso, de una época. Como afirma un estudioso del tema, las publicaciones periódicas les proveen a los artistas, escritores y a los críticos de diferentes manifestaciones, tanto en lo inmediato como a mediano y largo plazos, un medio de comunicación que los ayuda a estabilizar su profesión y a expresar sus ideas públicamente y con más eficacia.

Una posible causa de que estas revistas no sean más valoradas a nivel general de la sociedad es que se dirigen a un sector no mayoritario o son buscadas solo por un segmento poblacional.

José León: Debiera producirse ese replanteamiento comunicacional, buscar (o en algunos casos recuperar) esos públicos, con la salvedad de que no todas estas publicaciones están concebidas para mayorías, del mismo modo en que una revista sobre artesanía no debe interesar en demasía a los integrantes de un departamento de biotecnología. Sin embargo, creo que dicho replanteamiento tal vez suceda continuamente, o cada cierto tiempo, y quizá no nos percatemos del todo. Por ejemplo, con nuestro paso forzado a la web sin duda que grandes cambios se han producido y siguen produciéndose.

Norberto Codina: Las publicaciones periódicas son de naturalezas diversas. Algunas están dirigidas a todos los lectores posibles y entonces atienden asuntos generales, que interesan a sectores mayoritarios de la población. Otras son especializadas, sobre ramas específicas del saber y se relacionan, fundamentalmente, con profesionales de esas ramas o con personas cercanas a esos conocimientos o asuntos.

Hay, además, culturas donde las revistas han tenido una importancia primordial y en otras no tanto. Durante el siglo XX no es posible comprender los movimientos en la cultura de México, Argentina, Colombia y, por supuesto, Cuba, por solo citar ejemplos notables, sin estudiar sus revistas, literarias o, en un espectro más amplio, sobre arte y literatura, como es el caso de La Gaceta.

El público a quien está destinada debe ser el primer gran desafío cuando se piensa en cualquier publicación. Como subraya con su proverbial lucidez la doctora Graziella Pogolotti, ese interlocutor es nuestra razón de ser y apostamos porque sigan acompañándola el día de mañana. Evocando que –como expresé en el volumen Caligrafía rápida, de 2010 la revista “ha sembrado inquietudes y atravesado pequeños huracanes. Ha removido prejuicios y tabúes, por eso ha participado activamente en la modelación del presente y habrá de constituir, sin dudas, fuente documental indispensable para el investigador del futuro”.

A tenor de esto, preservar su perfil, sin falsos “populismos”, es fundamental. Ahora bien, si pensamos en el amplio abanico del sistema cultural nacional, y de la red de universidades, más allá de las carreras humanísticas, amplificaríamos su función social. Una deuda grande de la sociedad es que, en su conjunto y en particular los estudiantes y graduados de nivel superior, tengan sólidos y ambiciosos hábitos de lectura. Su déficit en nuestra población en general, incluyendo profesionales del campo de la cultura, genera que seamos un pueblo alfabetizado, pero no instruido, y mucho menos culto.

Todo ello atenta contra la recepción de las revistas culturales. Estas deben generar iniciativas para contrarrestar esa desidia intelectual. Porque incluso tal estanco en los hábitos de lectura puede producir retrocesos y relativizar nuestra condición educacional.

Jorge Fornet: Suponer que lo único con derecho a existir es aquello consumido por las grandes mayorías es tener una idea bastante reducida de la cultura y su función en la sociedad. Desde esa lógica hay que eliminar incluso de la televisión, medio masivo por excelencia, buena parte de su programación y muchos de sus mejores programas.

La cultura de un país la hace todo un tejido que incluye las publicaciones culturales y estas, en cualquier parte y con suerte, tienen tiradas de unas pocas decenas de miles de ejemplares. Incluso si esas tiradas fueran perseguidas y agotadas de modo inmediato por los lectores, ellas no estarían llegando siquiera al uno por ciento de la población. Mas las revistas no son un adorno, constituyen un modo de trasmitir y discutir ideas, y una manera en que la sociedad se ve a sí misma.

Dicho esto, debo reconocer que sí, es necesario replantearse muchas cosas que dábamos por inamovibles. Que aspirar a ser leídos por más gente, y hacer algo para lograrlo, es indispensable. Pero el déficit de lectores responde a causas que van más allá del contenido de nuestras revistas.

Desde mucho antes de la pandemia, por ejemplo, la mayor parte de las bibliotecas de Cuba languidecían por falta de público. Más de una vez he escuchado atribuirlo a que ahora se lee mucho menos o a que la existencia de grandes bibliotecas digitales y las ventajas de Internet o las facilidades del trasiego de materiales de manera virtual conspiran contra la lectura en las salas. Sin embargo, he visitado bibliotecas especializadas y públicas de algunos países, varios de ellos altamente industrializados, con amplio acceso a Internet y fabulosas librerías, sistemas eficientes de entrega de libros a domicilio, amplísimas ofertas culturales y de ocio…, y las bibliotecas están atestadas de lectores.

Desconozco si hay estudios serios sobre cómo se ha comportado en los últimos años, al menos hasta 2019, la venta de libros en la Isla. Sospecho que los resultados no serían demasiado alentadores. En cualquier caso, las revistas culturales serían víctimas de esa situación general, y de ninguna manera una de sus causas.

¿Tal vez existen demasiadas publicaciones culturales y se necesite aplicar algún tipo de racionalidad?

Norberto Codina: En nuestras circunstancias actuales, sí existen como propuestas demasiadas. Y digo “propuestas”, pues las carencias que padecemos, agudizadas hace un par de años, han provocado una severa crisis en las revistas en soporte de papel, siendo las digitales las que han podido sobrevivir, igual con las grandes limitaciones que tiene nuestra realidad digital. El tema está en ¿quién le pone el cascabel al gato? Pues, aunque en el presente sean más virtuales que reales, la gran mayoría de esas publicaciones cuya permanencia debemos evaluar y decidir, responden a compromisos institucionales y a veces personales, de muy difícil consenso.

Jorge Fornet: ¿Qué quiere decir “demasiadas publicaciones culturales”? Supongo que no se trata tanto de una cuestión de números como de que algunas se asemejan tanto entre sí que parecen intercambiables y, por consiguiente, se haría innecesario mantener

dos o tres donde bien pudiera existir solo una. El hecho de que con frecuencia las decisiones de crear revistas, como tantas otras cosas, formen parte de una voluntad política que viene “desde arriba” –en su afán de ser más justa y equitativa, pasa por alto especificidades–, multiplica la existencia de ellas.

Desde hace años hay una discusión a propósito de nuestra Serie Nacional de pelota. Al parecer existe un consenso bastante grande en que la reducción de equipos daría mucho mayor nivel a la Serie, la haría más manejable y menos costosa. Las autoridades del Inder y hasta del país se han resistido a dar ese paso, solo se me ocurre una explicación: ¿quién se atreve a dejar a algunas provincias sin representación? El dilema es válido para el tema que nos toca.

José León: También creo que existen demasiadas publicaciones culturales, lo cual, amén de una carga para el presupuesto, lastra a la propia creación, la inquietud, el interés que debe despertar una revista de este tipo. Nada se resuelve con publicaciones casi fantasmales, con periodicidades casi cometarias, que se solapan unas a otras, en lugar de pocas revistas, que tengan regularidad, calado y alcance. Se añade que tal vez no en toda provincia haya condiciones para el desarrollo de una publicación de este tipo, mientras que en localidades más pequeñas sí pudieran darse.

*Texto de Tania Chappi, con apoyo de Roxana Rodríguez

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