Collage. / Yissel Alvarez
Collage. / Yissel Alvarez

Los partes de nuestras vidas

Cada mañana, tarde y noche, me disparo un parte informativo; del tipo que sea. Los breves, comentados, con locutores tímidos o desenfadados, las tablas estáticas, los gráficos en 3D… y, aun así, no siempre entiendo.

El más frecuente es, por supuesto, el del tiempo, ese que empezó con un texto en la prensa del 12 de septiembre de 1875, en La Habana. El padre Viñes, precursor de la meteorología cubana, alertó el recorrido de un inminente huracán; aquel pronóstico fue haciéndose habitual con el paso de las décadas, hasta adoptar una frecuencia diaria y volcarse en la radio y la televisión.

En enero de 1981, salió el hoy doctor José Rubiera en el noticiero televisivo y amenizó aquello que, hasta entonces, era un tremendísimo tabaco duro de fumar. La imagen de Rubiera reemplazó a un lápiz que se asomaba inquieto en la pantalla, señalaba algún fragmento del mapa y, mientras una voz en off hablaba de vientos, mareas y vaguadas con un lenguaje de nubes y por las nubes, tapaba con su sombra varios cayeríos y una península de Cuba.

En esa época le decían “de Mentirología” al Instituto de Meteorología. Según Rubiera, se debía a que la gente no entendía ni papa del engorroso parte, pero los más viejos cuchichean que muchas veces salieron con paraguas cuando antes, en la tele, pronosticaron sol.

De cualquier manera, la población empezó a seguir el nuevo estilo adoptado y el parte meteorológico se hizo imprescindible y sus presentadores, figuras que incluso ganaban notoriedad entre las celebridades de la farándula. Y mejor aún: la gente asimiló la jerga climatológica y aprendió las diferencias entre una tormenta y una depresión tropical. No tengo dudas de que los partes nos hace más cultos.

Décadas después, cuando las sequías acentuaron los dramas del país, llegó el reporte de la actualización hidrológica y otro manojo de cifras enjuiciadoras taladró nuestras cabezas con nuevos trabalenguas técnicos. Entonces aprendimos de nuestra dependencia de las cuencas hidráulicas, embalses o la lluvia de los ciclones, de la salinización de los pozos. Y que gota a gota, el agua se agota.Los partes nos hacen conscientes.

Luego la covid-19 nos despertó con reportes diarios aún más angustiantes, de enfermedad y muerte, que nos sentó ansiosos en el borde de la butaca una hora cada día, después durante quince minutos… cada semana … ¿Y ahora, alguien sabe cuántos casos hubo ayer?

Otra característica de los partes es su limitada capacidad de robarnos la atención de forma prolongada: pasan de tener sumo interés, a la sobresaturación; lo que buscábamos afanosamente, luego lo vemos gracias al zapping casual, hasta finalmente caer en el olvido.

Y si bien llegamos a encariñarnos con protagonistas de la información como Rubiera (por muchos años director del Departamento de Pronósticos del Instituto de Meteorología), Argelio Fernández (director de Hidrología e Hidrogeología del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos) y Francisco Durán (director nacional de Epidemiología del Ministerio de Salud Pública), a veces los miramos con rechazo a pesar de su estatura científica. Como si fueran los cuatro jinetes del apocalipsis (cuatro, si sumamos a Lázaro Guerra Hernández, director Técnico de la Unión Eléctrica, y sus informes sobre apagones y reparaciones de plantas), estandartes de la calamidad y portadores de malas noticias.

Varias veces me he preguntado si en otros rincones del mundo, a los televidentes les sucede eso mismo; lugares donde además pululan pronósticos de nevadas, olas de calor, valores bursátiles, de tráfico aéreo, marítimo y terrestre (por suerte, o por desgracia, en Cuba no existen estos últimos y cuando se ensayaron, fracasaron).

Una verdad ineludible es que los partes nacen de la necesidad de información. Algo básico. Un reporte rápido, certero y, sobre todo, útil, a escala nacional o local, como son las alertas para eludir embotellamientos de tráfico que se emiten por radio en varios países. Al parecer, nadie las cree necesarias en Cuba, tal vez por considerar que es escaso el parque automotriz del país, o porque no es traumático desviar un gran flujo de tránsito hacia calles secundarias si un funcionario decide pintar ¡en pleno día! el túnel de Quinta Avenida.

La Isla también ostenta su propio parte autóctono; es más, tiro una peseta al aire y apuesto a que es endémica la iniciativa de informar sobre el déficit energético. A veces es apenas una tablita con las centenas de megavatios que faltan y nunca sobran para alumbrar la noche. Al principio, yo tampoco entendía nada, pero mi abuela me explicó la importancia de los picos y la “reserva”, y creció mi erudición sobre electricidad.

En cuestiones de comunicación, sé que mejorará ese parte. Siempre ocurre. Todos comienzan arcaicos o muy técnicos; luego evolucionan y se quedan durante años como códigos de nuestras vidas. Tal vez, en el futuro, se use un mapa, donde un puntero infrarrojo señale los distintos bloques de apagones. Mejorará, estoy seguro, a menos que antes se revierta el déficit energético. Me alegrará esto último, claro, pero me perderé la posibilidad de ver un reporte tan exquisito.

Solo me consuela saber que nunca dejarán de aparecer nuevos y caprichosos partes por cualquier medio. Como ese que sin rostro nos pone la carne de gallina: el del precio del dólar en el mercado negro. Un reporte simple y brusco que, sin explicarme por qué, los cubanos siempre entendimos.

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