Luz y sombra de una escultura espirituana

Siempre me sucede. También les ocurre, supongo, a otras personas que nacieron o vivieron durante cierto tiempo en Sancti-Spíritus. Es la mezcla de orgullo con nostalgia que suelen transmitir el emblemático y legendario puente sobre el río Yayabo; esa Iglesia Parroquial Mayor, esbelta e imponente, llamando a siglos de paz y de concordia; el céntrico Parque Serafín Sánchez; el cine homónimo casi abrazado al Conrado Benítez; el vetusto Teatro Principal; calles estrechas y sinuosas, adoquinadas por la memoria y por la mano de generaciones.

Un elemento, sin embargo, vino a acomodarse en fecha mucho más reciente (6 de julio de 1980) en uno de esos remansos de sencillez que tiene toda ciudad, aptos para momentos de sosiego individual o de animada presencia colectiva. Es el conjunto escultórico que reverencia al Mayor General Serafín Sánchez Valdivia, en la plaza que con su nombre honra.

Caudillo mambí, de gran arraigo entre los patriotas a quienes machete en mano encabezó y entre las proles descendientes, Serafín se nos pudiera aparecer, como otros jefes militares, listo para el combate, ensillado sobre un corcel.

En cambio, su postura en bronce, esa que cautiva al visitante y en determinadas horas del día proyecta su sombra en blanco muro, es diferente: helo ahí, de pie, en gesto de aparente reposo, con la mano derecha descansando ligeramente por encima de la pistola que porta en la cintura y la otra apoyada con cariño en el hombro de un hombre de tez negra, quien en cuclillas sostiene un libro en la diestra y un fusil dentro del puño izquierdo.

La luz

Llevó en sí demasiada claridad el Mayor General espirituano para dejar reducida su dimensión humana y política solo a los secretos del arte militar y a los claroscuros que puede generar toda contienda armada.

Tiempo tuvo para, en medio de tales menesteres, legarnos una de las más hermosas expresiones –enseñanza pura– de sensibilidad humana. Entre sus hombres había un valiente negro de origen africano (ciertos estudiosos consideran que pudo proceder de Angola en calidad de esclavo). Llevaba por nombre Lino, aunque también lo llamaban Aquilino y, sobre todo, Quirino. Consigna la historia que por su arrojo concluyó la guerra de 1868 con grados de capitán y en la contienda de 1995 fue ascendido a comandante.

A la sombra de un árbol o bajo la luz de un candil, para Qurino se fue haciendo realidad el “milagro” de aprender a leer y escribir.
A la sombra de un árbol o bajo la luz de un candil, para Qurino se fue haciendo realidad el “milagro” de aprender a leer y escribir. / Pastor Batista Valdés

Cada vez que me detengo frente a esa escultura que mantiene unidos, como en familia, a Serafín y a Quirino, me pregunto si la mayor alegría o gratitud en la vida del noble africano se circunscribiría al instante en que recibió tan honorable mérito militar o al “milagro” que, a ratos, a la sombra de un árbol o bajo la luz de un candil en plena noche, había realizado con él su hermano blanco: develarle el “misterioso secreto” de las letras y de los números.

Si bien la decisión de alfabetizar a aquel subordinado suyo nunca tuvo como intención reconocimientos o glorias futuras, de alguna manera el Mayor General debió llevar por dentro la satisfacción del maestro que tal vez hubiera sido en las condiciones de paz que tanto añoró para Cuba.

No por casualidad, en carta a un amigo le comunica con evidente entusiasmo: “Se me incorporó el capitán Quirino Amézaga, este es un negro que me quiere mucho porque lo enseñé a leer en los campamentos de la Guerra Grande”.

Es curioso e inevitable. Al apreciar el sugerente conjunto escultórico, concebido y concretado por Thelvia Marín Mederos, acude también a mi memoria la imagen de Carlos Manuel de Céspedes enseñando a leer y a escribir a niños y adultos en San Lorenzo, allá en plena sierra oriental.

¿Y, como él y Serafín, cuántos?

Más de un siglo después, en Angola, este joven cubano alfabetizó a soldados angolanos.
Más de un siglo después, en Angola, este joven cubano alfabetizó a soldados angolanos. / Pastor Batista Valdés

La vida y la historia se tornan a veces increíbles. Pude volver a comprobarlo en 1988, en Ruacaná, frontera sur de Angola con Namibia. Uno de los cubanos que ofrecía ayuda internacionalista en aquel hermano país (el sargento de tercera Alfredo Plasencia) había cerrado fila con otro joven combatiente, nativo, y entre los espacios que por entonces dejaba la intensa rutina de cada día y el cumplimiento de riesgosas misiones, fueron alfabetizando a un grupo de soldados, abriéndoles camino, poco a poco, hacia una luz que quizás nunca imaginaron ver.

Por eso, cada vez que puedo me acerco a Serafín y a Quirino, a sus dos toneladas de peso en limpio bronce, y me los llevo en el recuerdo o convertidos, por la coincidente magia del lente fotográfico, en la luz que sigue irradiando el Mayor General espirituano y en la apacible sombra que sobre blanca pared ambos proyectan contra la ignorancia.

 

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