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Publicado el 13 Noviembre, 2018 por Jessica Castro Burunate en Medio ambiente
 
 

Una sombra de nubes sin lluvia

En ciertas localidades de la provincia de Guantánamo la sequía alarma hasta en temporada lluviosa. Para sus pobladores, lograr la resiliencia, más que una aspiración, es una cuestión de supervivencia
(foto: MAX BARBOSA / OXFAM-HI)

(foto: MAX BARBOSA / OXFAM-HI)

Por JESSICA CASTRO BURUNATE

San Antonio del Sur, en la provincia de Guantánamo, es una localidad peculiar. La naturaleza por estos parajes cambia sus vestimentas y tonos como si fuera una estrella de pop. En un momento disfrutas del esplendor de la montaña o la calma del valle, y al otro te sorprende el aire seco venido de un viejo filme del oeste.

Sus habitantes se ganan el sustento diario fundamentalmente con la agricultura y el ganado menor, al no existir otra fuente de empleo significativa. Sin importar en qué área climática se encuentren –tropical lluviosa, sabana o semidesierto–, todos comparten el mismo reto: cómo cultivar una tierra constantemente azotada por la sequía.

Para quienes viven allí o en otras localidades guantanameras con similares condiciones, lograr ante este fenómeno la resiliencia –capacidad de adaptación de un ser vivo frente a una situación advdersa-  es una cuestión de supervivencia.

Este año, el proyecto Ponte alerta Caribe (promovido por la confederación internacional Oxfam y la organización de asistencia a discapacidades Humanity & Inclusion, en colaboración con el Estado cubano y gobiernos locales) llevó hasta allí un grupo de herramientas que de forma inclusiva, multifactorial y sistemática, busca erigirse en una estrategia funcional de adaptación para un territorio marcado su 85 por ciento por la sequía agrometeorológica.

Buenas prácticas para la resiliencia de fincas a la sequía, identificadas en el proyecto desarrollado en los municipios de Niceto Pérez y Manuel Tames. (Infografía: RAÚL GONZÁLEZ CRESPO / BOHEMIA. Fuente: OXFAM)

Buenas prácticas para la resiliencia de fincas a la sequía, identificadas en el proyecto desarrollado en los municipios de Niceto Pérez y Manuel Tames. (Infografía: RAÚL GONZÁLEZ CRESPO / BOHEMIA. Fuente: OXFAM)

La metodología propuesta incluye una encuesta de percepción a productores y decisores, una guía de autoevaluación de resiliencia de fincas, la articulación de una red de actores que pueda contribuir con este objetivo y la sistematización de prácticas agroecológicas exitosas con posibilidad de generalizarse.

Estos instrumentos fueron desarrollados inicialmente durante el proyecto Prácticas agropecuarias sostenibles y adaptadas al cambio climático en la provincia de Guantánamo, que en 2016 trabajó en los municipios Niceto Pérez y Manuel Tames, también con financiamiento de Oxfam y del gobierno belga.

Para Sonia Álvarez Pineda, especialista de la  Asociación Cubana de Técnicos Agrícolas y Forestales (Actaf) y entonces coordinadora del proyecto, entre los aportes de esa metodología está un concepto de resiliencia que incluye la transformación, como parte esencial, y no solo la capacidad de resistencia o recuperación. Asimismo, tiene la novedad de incluir un grupo de funciones para la adaptación que trascienda el mero diagnóstico de vulnerabilidades.

Ahora, San Antonio intenta ver los resultados en las condiciones de sus tres ecosistemas climáticos, incluido el tropical lluvioso de montaña que no había sido evaluado y, por tanto, aporta nuevas perspectivas para enriquecer la estrategia.

Historias del semidesierto cubano

Desde la muerte masiva de su ganado hace unos años, Marciano Cala Matos lo primero que asegura es la siembra que dará de comer a sus animales, y el agua necesaria. (Foto: JESSICA CASTRO BURUNATE)

Desde la muerte masiva de su ganado hace unos años, Marciano Cala Matos lo primero que asegura es la siembra que dará de comer a sus animales, y el agua necesaria. (Foto: JESSICA CASTRO BURUNATE)

A sus 72 años, Marciano Cala Matos todavía tiene fuerzas para desafiar la naturaleza y ganarse el sustento. Desde 2008, como la mayoría de los productores del área, se dedica al ganado menor en su finca La Cúrbana, ubicada al sur de San Antonio, en el semidesierto cubano.

Hace cinco años, 103 de sus carneros murieron a causa de la escasez de alimentos que vino con la sequía. Su esposa, Mireya Noa, la otra mitad que mantiene viva la finca, le aseguró que cuando quedaran 20 se iría para no regresar.

“Sembramos king grass –variedad muy similar a la caña de azúcar, obtenida a través de la técnica de cultivo de tejidos, y resistente a largos períodos de seca–, conseguimos una máquina forrajera para moler y se la echamos en los comederos”, recuerda Marciano. Al final logró salvar más de 40 animales y continuar el día a día con su compañera, de cincuenta años juntos.

Desde entonces, lo primero que asegura, sin importar pronósticos, es la siembra que dará de comer a sus animales, ya sea pepino, maíz o la milagrosa caña.

En esta zona, el macizo Nipe-Sagua-Baracoa actúa como una barrera para la lluvia que traen los vientos alisios del nordeste. “Aquí se hace una sombra de nubes sin lluvia”, explica Loexis Rodríguez Montoya, ingeniero agrónomo e investigador del centro meteorológico provincial.

Por su cercanía a la costa, los suelos, aún en formación y afectados por la intrusión salina, aportan pocos nutrientes a los cultivos. No obstante, siempre hay esperanza para quienes deciden arriesgarse. Rodríguez asegura que desde el punto de vista químico tienen cualidades aprovechables, y con la ayuda de materia orgánica y agua se puede lograr una agricultura con cierta rentabilidad.

Este desierto costero, que se extiende desde la punta de Maisí hasta la provincia de Santiago de Cuba, es único de su tipo en Cuba, y extraordinariamente raro para el Caribe insular, donde predominan las sabanas.

Ricardo Téllez, coordinador nacional de Ponte alerta Caribe, está convencido de que las vulnerabilidades se definen por el factor humano, no natural. (Foto: MAX BARBOSA / OXFAM-HI)

Ricardo Téllez, coordinador nacional de Ponte alerta Caribe, está convencido de que las vulnerabilidades se definen por el factor humano, no natural. (Foto: MAX BARBOSA / OXFAM-HI)

Ricardo Téllez, coordinador nacional de Ponte alerta Caribe, está convencido de que las vulnerabilidades se definen por el factor humano, no natural. “Si construyes una casa en el lecho de un río, te vuelves vulnerable. El río siempre ha corrido y correrá por ese lugar”.

De hecho, los especialistas coinciden en que a pesar de la alta exposición, las producciones pudieran ver una disminución considerable de su sensibilidad a la sequía y aumentar su resistencia con un cambio en el diseño y manejo de las fincas.

Entre las funciones de resistencia, definidas en 2016, se encuentran reducir las afectaciones por el uso de variedades y razas sensibles, retener la humedad del suelo y mejorar sus propiedades, optimizar el uso del agua y favorecer interacciones positivas en el agrosistema.

También se llegó a la conclusión de que la mejor opción para cumplir con estos objetivos es emplear prácticas agroecológicas autosustentables que no demanden grandes recursos o insumos, solo un buen proceso de capacitación e innovación.

La capacidad de recuperarse, por otra parte, si tiene una mayor relación con la infraestructura productiva, los medios de producción, la capacidad de obtener semillas de calidad o pie de crías, el acceso a mercados y fuentes de financiamientos de que disponen los productores.

“Aquí la agricultura de secano no funciona bien –explica Téllez–. Debes sembrar especies adaptadas a estas condiciones o regar con tecnologías que consuman poca agua. Otro problema es que tampoco puedes regar mucho. Con la intrusión salina aumenta la evaporación y se saliniza la capa superior del suelo. Por eso no se debe usar tecnología de anegación y es mejor por goteo o aspersión pequeña. Desafortunadamente, aquí no hay un mercado de esas tecnologías”.

Pero los cambios necesarios para muchos se presentan demasiado distantes. “Se nos hace muy difícil diversificar las producciones, los sistemas de riego son muy antiguos y se pierde mucha agua. En el caso de mi finca, son por aniego y degradan bastante los terrenos. Se vuelve una odisea mantener la finca así como está ahora”, comentó Yandy Leyva Noa, productor de plátano en la Cooperativa de Crédito y Servicio (CCS) Armando Barrera.

El Valle: el mayor productor y el menos resiliente

Con voluntad, ciencia y planificación, la tierra puede dar frutos bajo la sombra de las nubes sin lluvias. (Foto: OXFAM)

Con voluntad, ciencia y planificación, la tierra puede dar frutos bajo la sombra de las nubes sin lluvias. (Foto: OXFAM)

En 2012, Ramiro Cobas Durán recibió cuatro hectáreas de tierra llenas de marabú. Un año después ya estaban produciendo y sin buldócer, aclara para explicar la dimensión de su esfuerzo.

“Me dediqué a trabajar la finca solo con prácticas agroecológicas, por eso los suelos ahora están bastante protegidos. Hay muchas cosas que se pueden hacer sin tantos recursos, solo con conocimiento. Entonces lo que se necesita es socializar esas prácticas y que los decisores entiendan de verdad este problema”, comenta.

La transformación continua de las fincas con el propósito de reducir vulnerabilidades, probablemente sea el paso más difícil. No solo implica la voluntad de los agricultores, también el acceso a tecnologías, el fortalecimiento de las capacidades locales y la articulación de diversos actores.

Ramiro, tan orgulloso de sus logros, así lo reconoce. “Llega un momento en que los productores necesitamos ayuda de otros para que no haya pérdidas. Mi finca ya está hecha, pero ahora necesita tecnologías, y otras cosas que no están en mis manos para que los productos lleguen a donde tienen que llegar”.

El valle de Caujerí, con clima de sabana, es uno de los principales espacios productivos de la provincia de Guantánamo y según el análisis realizado por el proyecto, la mayoría de sus fincas mostraba bajos índices de resiliencia. Aquí también se localiza la única industria de la que dispone San Antonio, dedicada mayormente al procesamiento de tomate y pulpa de mango.

Esto supone que para la mayoría de los productores, la tan recomendada diversificación de los cultivos no sea una alternativa práctica. “En Caujerí hay muchos productores con monocultivo, pero a veces eso es intencionado por la propia agricultura. Si estás en el valle tienes que sembrar tomate porque la fábrica demanda esa producción. Esa es una vulnerabilidad. Si no hay relación entre los productores y los decisores, no se puede arreglar la situación”, concluye el especialista municipal del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma), Iroel Cantillo Cartaya.

Asimismo, muchas cosechas se pierden porque no hay dónde procesarlas. Eso es dinero que no se reinvierte en la finca.

La necesidad de articular la gestión de los diversos actores locales fue otro de los resultados de la evaluación en Niceto Pérez y Manuel Tames. “Los gobiernos municipales no siempre tienen las herramientas en las manos para tomar decisiones con anticipación. Al no existir protocolos claros para que un municipio pueda activar emergencia de sequía, se actúa ya en una etapa crítica”, explica Álvarez Pineda.

Las soluciones tienden a ser de contingencia, no de adaptación. Por ejemplo, trasladar el ganado después de haber tenido equis porcentaje de muertes, operación que en muchas ocasiones no abarca al sector cooperativo campesino, sino solo al estatal, informa la especialista de Actaf.

Igualmente, según evaluaron, existía un problema serio con la planificación. “Las estrategias de desarrollo de los gobiernos locales no consideraban el riesgo de la sequía, o los otros problemas ambientales que se irán acentuando con el cambio climático”, agrega la entonces coordinadora del proyecto en 2016.

Si existen las instituciones y las competencias, quizás faltaría desarrollar las capacidades necesarias y articularlas de manera más coherente y con metas más claras.

Entre los actores que se identificaron en los tres municipios están los gubernamentales: el Consejo de Administración Municipal del Poder Popular, la Delegación del Ministerio de Agricultura, el Citma y el Centro de Gestión y Reducción de Riesgos; los que pueden brindar financiamiento: bancos y diversos programas de desarrollo locales; los responsables de la comercialización; el sector académico para las capacitaciones, proveedores de servicios técnicos y de insumo.

Correr la voz de alerta en la montaña

Quizás porque en la montaña favorece un clima tropical lluvioso, muchos piensan que los problemas hasta ahora presentados no existen, pero se equivocan.  De un pronóstico de 400 latas de café, Eli Leyva Lambert solo pudo recoger 40 en la pasada cosecha. Ese fue el efecto de la sequía esta primavera en la zona montañosa.

“Esta es la primera vez que me pasa algo así. Aquí hay que saber sembrar, conocer las épocas, pero siempre hace falta lluvia”, intenta comprender Eli.

Una parte esencial del proyecto es la sistematización de experiencias exitosas. El campesino Enrique Pérez comparte sus prácticas con especialistas en el municipio de Niceto Pérez. (Foto: OXFAM)

Siempre ha existido sequía en San Antonio. El problema es que ahora los ciclos se reducen y en la última década casi todos los años han sido secos. Según Loexis Rodríguez, especialista de Meteorología en Guantánamo, la cuestión no es la cantidad de lluvia que cae –los registros se han mantenido similares desde la década de 1980–, sino su distribución.

“Pasan más días consecutivos sin lluvia y cuando llega, es más intensa. Esto es doblemente negativo. Al extenderse el período seco las plantas sufren mayor estrés y luego, si cae toda el agua de un golpe, no se infiltra adecuadamente, por lo que no se aprovecha”, explica el especialista.

Otro giro climático significativo es el aumento de la temperatura. Durante los últimos cinco años, en la provincia ha ascendido casi un grado Celsius la temperatura, comparada con el período 1980-2010. Esto significa más pérdida de humedad del suelo por evapotranspiración, lo que aumenta el efecto de la sequía.

En Guantánamo, el clima es como un gran mosaico dentro de un espacio muy reducido. En apenas 40 kilómetros, desde la costa sur hasta la norte, encuentras los dos extremos climáticos de Cuba: donde más llueve y donde menos. Por eso, surge la necesidad de una red de monitoreo densa que cubra todo el área, principalmente la lluvia, que es una variable muy heterogénea, aclara Rodríguez.

Las siete estaciones automáticas que se planea instalar como parte del proyecto Ponte alerta Caribe, buscan solucionar este problema. Desde el punto de vista tecnológico, aportan la misma información que los instrumentos convencionales, pero eliminan el error humano y logran cubrir una mayor área sin necesidad de otros recursos, incluido el personal.

Su mayor desventaja es la sostenibilidad, considerando los altos costos de los sensores que utiliza, detalla Yusmira Savón, directora científica de Meteorología en Guantánamo.

Actualmente solo existen tres estaciones agrometeorológicas en la provincia, una en el valle de Caujerí y las otras dos localizadas en Baracoa y Yateras. Sus especialistas analizan la relación del clima con los principales cultivos del área, y orientan a productores y funcionarios sobre las medidas que pueden tomar. Una fortaleza que valdría la pena extender.

La autoevaluación de resiliencia de fincas a la sequía, que analizó la relación entre exposición, sensibilidad, resistencia, recuperación y capacidad de transformación, tuvo resultados alarmantes: más de 75 por ciento de las fincas evaluadas tenían índices bajos.

Hasta hace unos años, los jóvenes de San Antonio optaban por eliminar la vulnerabilidad simplemente trasladándose de lugar. Según afirman algunos pobladores, poco a poco han ido regresando a la tierra y al oficio de sus padres. Con un poco de voluntad, ciencia y planificación, sus apuestas pueden dar frutos y otorgarles un medio verdaderamente sostenible de subsistencia.


Jessica Castro Burunate

 
Jessica Castro Burunate