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Publicado el 5 Diciembre, 2018 por Toni Pradas en Medio ambiente
 
 

Arquitectura bioclimática: el lujo más barato del mundo

Un nuevo tipo de construcción, “verde” y sustentable, se impone sin respingos, con vocación para promover la eficiencia energética y el uso de recursos alternativos
(Foto: rody214.wordpress.com)

(Foto: rody214.wordpress.com)

Cuenta Gabriel García Márquez en su antojadizo prototipo de biogénesis de América Latina, Cien años de soledad, que José Arcadio Buendía, el hombre más emprendedor que se vería jamás en Macondo, “había dispuesto de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo, y trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol que otra a la hora del calor”.

Tan bravo sería el clima en Macondo que, como es fácil sospechar, el autor tuvo que hacerle espacio en el libro entre los protagonistas de la narración. No en balde, su sueño de casas con paredes de espejos, fantaseado justo el día en que conoció el hielo traído al pueblo por los gitanos. Buendía lo descifró climáticamente.

“Entonces –estiró la pluma el Gabo– creyó entender su profundo significado. Pensó que en un futuro próximo podrían fabricarse bloques de hielo en gran escala, a partir de un material tan cotidiano como el agua, y construir con ellos las nuevas casas de la aldea. Macondo dejaría de ser un lugar ardiente, cuyas bisagras y aldabas se torcían de calor, para convertirse en una ciudad invernal”.

La arquitectura bioclimática es la propia vernácula, sumada las modernidades y consideraciones científi-cas que carecían las construcciones ancestrales. (Ilus-tración: Guía bioclimática. Construir con el clima)

La arquitectura bioclimática es la propia vernácula, sumada las modernidades y consideraciones científicas que carecían las construcciones ancestrales. (Ilus-tración: Guía bioclimática. Construir con el clima)

Como un fantasma del realismo mágico, últimamente, con la venia de los arquitectos, está ganando gloria un término capaz de arrullar los oídos martillados por lúgubres presagios y vergonzantes reportes sobre desmanes provocados por el cambio climático.

De manera que hoy vemos a todo color, brilloso por novedoso, el concepto de “arquitectura bioclimática”, sin embargo, no es reciente. Bien visto, tiene pinta de televisión en blanco y negro.

Esta arquitectura no es más que el diseño de edificios que tiene en cuenta las condiciones climáticas y el uso de recursos alternativos, para aprovechar los elementos disponibles (sol, vegetación, lluvia, vientos) a fin de disminuir los impactos ambientales e intentar, así, reducir los consumos de energía cuando se utilizan medios de climatización artificial.

Recordemos: Antes de que se inventara el acondicionamiento del aire con aparatos, sea para paliar el frío o el calor, ya los pueblos que habitaban el hemisferio norte construían sus casas con los tejados orientados al sur para aprovechar la inclinación del sol.

Para elaborar y criar vino, digamos, las estirpes de viticultores y enólogos hacían sus bodegas o cavas subterráneas con conductos de ventilación y oscuridad, logrando espacios donde la temperatura es prácticamente constante de modo natural. La humedad, claro está, resultaba más alta, pero con sistemas de ventilación –las llamadas zarceras– se evitaba el desarrollo de mohos.

Incluso en Cuba y otros fundos la población aborigen construía sus casas teniendo en cuenta el lugar y los materiales allí presentes. Las viviendas cercanas a la costa –ejemplo típico en los viejos laminarios–, se levantaban sobre pilotes para asimilar los cambios de mareas y se rodeaban de un portal o galería perimetral que garantizaba la protección solar y permitía disfrutar de la brisa marina. Mejor imposible, y sin embargo nos sabe a turismo exótico.

Distintivo de la arquitectura cubana es el centenario pacto de amistad suscrito entre la luz y el vitral. Este de la imagen, que semeja un huracán, es de la artista Rosa María de la Teja, y está ubicado en el Museo Ob-servatorio del Convento de Belén, de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. (Foto: CHRIS ERLAND / Eusebioleal.cu)

Distintivo de la arquitectura cubana es el centenario pacto de amistad suscrito entre la luz y el vitral. Este de la imagen, que semeja un huracán, es de la artista Rosa María de la Teja, y está ubicado en el Museo Observatorio del Convento de Belén, de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. (Foto: CHRIS ERLAND / Eusebioleal.cu)

Representa esto, pues, lo que se conoce como arquitectura vernácula, que refleja la comprensión y reflexión sobre las condiciones locales, antes de construir y habitar, y hoy son el resultado de aplicaciones y tradiciones ancestrales, mejoradas con el transcurrir del tiempo y las necesidades de la época.

Llegada la modernidad, se sabe, todo arquitecto sueña con hacer su Dubái y la mayoría de ellos prioriza el diseño y la estética por sobre la funcionalidad del edificio en relación con el entorno y el aprovechamiento de materiales y recursos.

Nuevos patrones culturales y de consumo provocaron que, durante décadas, en prácticamente todo el planeta se edificara siguiendo doctrinas arquitectónicas que no pocas veces atentan contra la economía familiar, local y nacional, a medida que la solución de los desafíos climáticos pasa fundamentalmente por los minúsculos engranajes del impasible reloj contador de la electricidad.

Sueños verdes

Además de ayudar al descanso visual, la vegetación genera oxígeno y filtra gases. También contrarrestar el Síndrome del Edificio Enfermo (SEE) que, según la Organización Mundial de la Salud, es un conjunto de enfermedades originadas o estimuladas por la conta-minación del aire en espacios cerrados. (Foto: soste-nibilidad.com)

Además de ayudar al descanso visual, la vegetación genera oxígeno y filtra gases. También contrarrestar el Síndrome del Edificio Enfermo (SEE) que, según la Organización Mundial de la Salud, es un conjunto de enfermedades originadas o estimuladas por la conta-minación del aire en espacios cerrados. (Foto: sostenibilidad.com)

¿Acaso hay que suicidarse para que sobreviva el medio? Nada de eso. La meta, desde luego, no es solo el ahorro en el consumo energético, sino también el bienestar térmico de las personas en los espacios interiores.

Advierten los estudiosos que a este aspecto suele concedérsele menor importancia en países en desarrollo –tal es el caso de Cuba, apostilla la doctora Dania González Couret, profesora del Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría (Cujae), de La Habana–, donde el clima benigno permite prescindir de los sistemas de climatización artificial y, por tanto, el diseño bioclimático no se revierte en un beneficio económico directo.

Aun así, la tendencia apunta hacia la arquitectura sustentable o sostenible, también conocida como “verde”, esa en la que un edificio está en sintonía con el entorno desde que comienza su construcción (entiéndase: desde aprovechar los materiales al máximo, evitando el desperdicio, hasta lavar las ruedas de los camiones que trabajan en la obra, cuando dejan el lugar, para evitar que trasladen desperdicios por las calles).

Este cambio de parámetros tuvo un impulso mayor en la década de 1990 en los Estados Unidos, y luego se expandió como pólvora por Gran Bretaña, Japón, Alemania y Australia. En la región, Brasil y Argentina también avanzaron en ese sentido.

Según el arquitecto uruguayo Carlos Ponce de León, uno de los pioneros en la construcción sustentable local, el cambio de mentalidad se debió al aumento del precio de los combustibles fósiles: “Se terminó el petróleo regalado, sobre todo en Estados Unidos, donde siempre se derrochó energía en edificios totalmente herméticos y cerrados, con aire acondicionado a full”.

En los últimos seis años, la arquitectura local empezó a soñar con alcanzar una certificación LEED, siglas en inglés de Leadership in Energy & Environmental Design, que en castellano puede entenderse como Liderazgo en Energía y Diseño Medioambiental.

Este es un programa de certificación que otorga el Consejo de Edificios Verdes de los Estados Unidos en varias categorías (Certificado, Plata, Oro y Platino), según su grado de compromiso con estándares de sustentabilidad.

Las máximas exigencias añaden, incluso, otros requisitos como el uso de energía eólica, la utilización de agua de lluvia en sus baños y la promoción del car pooling para que las personas que trabajan en él compartan viajes en auto.

Dicho como si fuera un tuit: Se trata de eficiencia energética, acondicionamiento térmico, manejo de residuos, conservación de agua, utilización de plantas y diseño de espacios agradables y uso de materiales reciclables, entre otros puntos.

El ábaco también tiene sus mañas para contar. Según coinciden proyectistas, arquitectos y constructores, en un edificio con semejantes parámetros de sostenibilidad –envuelve, por ejemplo, el uso de materiales sustentables, aires acondicionados eficientes, cristales especiales y diseño de sistemas de ventilación natural– el ahorro energético puede tasarse entre siete y ocho por ciento menos en lo que respecta a costos operativos. La iluminación, diseñada en función de la luz natural, con sensores que regulan el uso energético, permite ahorrar 45 por ciento del gasto por este concepto.

“Arquitecturar” la economía en el dominio de la construcción es fundamental en el ahorro energético, nos recuerda Jimena Ugarte, del Instituto de Arquitectura Tropical (IAT) de Costa Rica, en su Guía bioclimática. Construir con el clima.

Erigir un edificio verde puede, eso sí, costar hasta 10 por ciento más que uno sin los parámetros mencionados, pero se puede esperar de este un ahorro en sus costos de funcionamiento, entre 15 y 20 por ciento con respecto a uno convencional, y el valor inmobiliario puede subir codiciosamente hasta 7.5 por ciento superior.

Es sabido que el mayor gasto energético de los edificios transcurre durante su uso y no en su construcción, por lo que merece tener en cuenta la arquitectura bioclimática antes de cementar el primer ladrillo, pues lo que se construya tendrá un tiempo de duración de varias décadas y pocos fueros para revertir.

Nada de lo antes expuesto tuviera algún valor si los beneficios humanos no fueran palpables. Se sabe que quienes trabajan en un sitio amigable se enferman menos y cumplen sus tareas con mejor ánimo. Un lugar cerrado, con poca ventilación, impide la libre circulación de aire. Y es mejor una oficina con vista a un parque o a una playa, en vez de estar en un sótano, o mirando una pared.

De hecho, los sistemas internacionales de certificación evalúan la calidad del aire interior de los edificios. Si estos se ventilan adecuadamente, de una manera natural, con entrada de aire por un lado y salida por otro, este se va renovando solo y no precisa motores.

Además, los sustentables son más luminosos porque los vidrios tienen alta eficiencia energética, sin mencionar que las personas pueden ver si llueve afuera, si está nublado o salió el sol.

De haberlo conocido antes, un buen día el garciamarquesino José Arcadio Buendía hubiera apostado al viejo y a la vez novedoso concepto: Construir edificaciones que aporten un gran confort y mejoren la eficiencia energética aprovechando los recursos que Dios le dio.

La choza de Chicha y Chacho puede ser bioclimática

La ventilación cruzada permitirá crear una buena co-rriente en todas las áreas, y la orientación de la cons-trucción con respecto a la posición del sol coadyuvará al aprovechamiento al máximo de la luz natural. (Re-vista Ecohabitar)

La ventilación cruzada permitirá crear una buena corriente en todas las áreas, y la orientación de la cons-trucción con respecto a la posición del sol coadyuvará al aprovechamiento al máximo de la luz natural. (Re-vista Ecohabitar)

A mí no me crean, pero dicen los que saben que, en contra de lo que se piensa, los edificios y las casas deben pesar para que así se almacene y se mantenga una buena temperatura. Si pesa, no se calienta en verano. A este concepto se le llama inercia térmica.

Y opuesto a lo que se defiende con ahínco como originalidad, la forma de la vivienda no debe ser caprichosa y arbitraria. Debe ser regular, con diseño compacto, clave fundamental para que no se pierda más o menos energía.

Nadie ha hecho propuestas de reformas a su choza tan profundas como las del inescrutable cantautor Tony Ávila: va a quitar las viejas cerraduras y cree que están de más ciertas paredes. No obstante, podría tener en mente otros aspectos que se recomiendan adoptar a la hora de diseñar un inmueble bioclimático.

El primero es el aislamiento térmico: muros gruesos, edificios enterrados o semienterrados y otros trucos, persiguen un correcto aislamiento térmico, que deberá retener el calor o impedir su entrada según la estación del año.

Otros son la ventilación cruzada, con el objetivo de crear una buena corriente en todas las áreas, así como la orientación de la construcción, que tomará en cuenta la posición del sol para aprovechar al máximo su luz. A la vez, según la región, los vidrios deberán contar con protección solar para disminuir la entrada de la tal radiación.

A fin de que resulten más baratos y sea más rápido obtenerlos, los expertos recomiendan utilizar, todo lo que se pueda, materiales naturales y aquellos que más se usan en la localidad.

Hará mucho bien integrar energías renovables para no contaminar ni gastar consumiendo combustibles fósiles. Asimismo, se exhorta reciclar todos los residuos posibles (la basura orgánica, por ejemplo, en compost para las plantas; o el agua de la ducha que se pierde limpia, usarla en el riego o para fregar, etcétera).

El color de techos y paredes suma: los claros reflejan la luz y así se refrigeran los espacios. Los oscuros, en cambio, por ejemplo en techos, absorben la luz y, por tanto, el calor. Un tejado claro, frente a uno oscuro, reduce la absorción de calor en 50 por ciento.

La concepción de los espacios externos –da un chasquido la arquitecta Jimena Ugarte– forma parte de la misión bioclimática. El concepto integra el tratamiento de la vegetación y del agua en la concepción del hábitat. La primera, protege del viento y del sol y la segunda, tempera las variantes térmicas y permite refrescar el aire.

Si se dispone de jardín, los estudiosos proponen sembrar árboles de hojas que caducan, así se aprovecha que frenan el sol en verano y se puede seguir disfrutando del calor solar en el invierno.

Solo resta añadir como elementos exteriores, toldos o persianas, pérgolas… Y en un parpadeo, estaremos leyendo plácidamente Cien años de soledad rodeados del lujo más barato del mundo.


Toni Pradas

 
Toni Pradas