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Publicado el 12 Abril, 2019 por ACN en Medio ambiente
 
 

Innovación agropecuaria

Diversidad, tierra, ciencia: fórmula que gana

En siete municipios de Villa Clara y en 13 provincias del país, un proyecto de escala local acerca el laboratorio a los campesinos, una combinación que pide ser multiplicada en todo el archipiélago
En las llamadas Escuelas de Productores se intercambian experiencias entre los académicos y los agricultores./ ACN

En las llamadas Escuelas de Productores se intercambian experiencias entre los académicos y los agricultores.

Por MAIRYN ARTEAGA DÍAZ

Fotos: ARELYS MARÍA ECHEVARRÍA RODRÍGUEZ

(Especial de la ACN para BOHEMIA)

Si estás de suerte, podrás encontrar en algún mercado de alimentos cuatro variedades de frijol para tu consumo en la casa: quizás dos de los rojos, una de negros y una de blancos; tal vez coincida el maíz en el mismo mercado y como rara vez encontrarás otros granos, te acostumbrarás a la idea de que son estos los que llevarás a la mesa. Y ya no buscarás más.

En una misma finca he visto, por primera vez, un campo de garbanzos y otro de chícharos, los cuales están sembrados en el municipio de Cifuentes, en Villa Clara. Coexisten, además, en una parcela demostrativa, el ajonjolí, el trigo, el sorgo-guinea, el girasol y 15 tipos de frijol entre negros, rojos, blancos, jaspeados o rayados, y también cremas.

Víctor Gil Díaz, coordinador del eje de diversidad genética y tecnológica dentro del PIAL en Villa Clara, sostiene que este no es un proyecto de grandes recursos, sino se abastece de lo obtenido en las parcelas y se comparte entre diversas fincas para multiplicarse./ ACN

Víctor Gil Díaz, coordinador del eje de diversidad genética y tecnológica dentro del PIAL en Villa Clara, sostiene que este no es un proyecto de grandes recursos, sino se abastece de lo obtenido en las parcelas y se comparte entre diversas fincas para multiplicarse.

Ha sido posible, dicen, por el trabajo conjunto de un grupo de científicos y los campesinos que laboran la tierra. Y dicen los labriegos, quienes rara vez se equivocan, que lo que ahora abastece a un pequeño grupo de personas se puede ampliar a grandes escalas y expandirse en toda la nación, única forma de que en tu mercado el maíz y el frijol ya no estén tan solos.

Vista hace fe

Como un mantra lleva el Proyecto de Innovación Agropecuaria Local (PIAL) el refrán aquel de que vista hace fe; de ahí que no solo se estudie en un laboratorio lo que podría ser mejor para aumentar y diversificar las producciones, sino que los resultados son llevados al campo, compartidos con los que los trabajan y debatidos con ellos, quienes muchas veces los mejoran con sus criterios.

Coordinado por el Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas y con financiamiento de la Agencia Suiza para la Cooperación y el Desarrollo (Cosude), el PIAL, de alcance nacional y en aplicación desde 2001, es regido en los dominios villaclareños por la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas (UCLV), e insertado dentro del Centro de Investigaciones Agropecuarias (CIAP) de la propia casa de altos estudios.

Desde allí, un grupo de expertos trabaja para brindar variedades de cultivos que más tarde contribuyan con el desarrollo agrícola del territorio. Se trata, según expresara Luis Antonio Barranco Olivera, vicerrector de la UCLV y coordinador del PIAL en la provincia, de vincular al sector académico de la institución docente con campesinos y productores, mediante la inserción de nuevas variedades de granos, hortalizas, y de pastos y forrajes, en pos de alcanzar las anheladas soberanía y seguridad alimentarias.

Y los hombres del surco agradecen la colaboración, más que todo porque de ambos lados se habla el mismo lenguaje y puesto que para las dos partes lo primordial es que la tierra produzca y lo haga del mejor modo.

El cultivo de girasol es otro de los potenciados por el proyecto, fundamentalmente para la extracción de aceite vegetal./ ACN

El cultivo de girasol es otro de los potenciados por el proyecto, fundamentalmente para la extracción de aceite vegetal.

Manuel González Betancourt es promotor agroecológico de la Cooperativa de Crédito y Servicios (CCS) Ignacio Pérez Ríos, de Jibacoa, allá en las montañas del Escambray. Era el año 2008 cuando comenzó a trabajar de conjunto con el PIAL y desde entonces ha podido optimizar los rendimientos de sus cosechas con la introducción de nuevas variedades; también porque la ciencia lo ha enseñado a jugar del lado de la naturaleza y a aprovechar sus variaciones.

Antes, cuenta Manolo, como le conocen todos, trabajaban con dos variedades de frijoles, el negro y el colorado. Con la universidad han conocido hasta 160 tipos. Desde el año referido hacia acá, asegura, hemos creado una vinculación tan estrecha con la academia que es una bendición: en todo lugar en que eso suceda, siempre va a quedar una experiencia positiva.

La dinámica de estas acciones conjuntas PIAL-campesinos (también llamadas Escuelas de Productores) consiste, básicamente, en indicarles los diversos tipos de productos que pueden llevar a sus fincas, con la posibilidad de elegir entre las variedades las que ellos crean más pertinentes y luego reproducirlas a gran escala. Y mostrarles en el campo, durante las distintas fases de un cultivo: desde la siembra primera, su desarrollo, germinación. Hasta obtener la semilla, que si se quiere será plantada en otra finca, y otra…

Te doy la vara, tú pescas

En casi todos los encuentros el profesor Víctor Gil Díaz, especialista del CIAP y coordinador del eje de diversidad genética y tecnología dentro del PIAL, recalca una idea antes de empezar las selecciones de las distintas especies: este no es un proyecto de grandes recursos, sino se abastece de lo obtenido en las parcelas y se comparte para que en cada finca el campesino pueda multiplicar las simientes hasta que, llegado el día, incluso pueda comercializarlas con la Empresa de Semillas.

Para el agricultor Ángel Rodríguez, el PIAL ha sido en extremo beneficioso en cuanto a la cantidad de especies que le ha facilitado./ acn

Para el agricultor Ángel Rodríguez, el PIAL ha sido en extremo beneficioso en cuanto a la cantidad de especies que le ha facilitado.

Y le gusta decirlo usando la parábola del pescador: el mejor padre no es el que le da el pescado a su hijo, sino el que le presta la vara y lo enseña a pescar.

Con este método llegó Leandro Martín Pérez a la siembra del garbanzo, el chícharo y el trigo. Y aunque hoy solo conserva la práctica de los dos primeros, alguna vez tuvo con el cereal rendimientos de más de tres toneladas por hectárea y pretende retomar su cultivo en el norteño municipio de Cifuentes.

Leandro pertenece a la CCS Manuel Ascunce, en el oasis villaclareño, y es de los iniciadores del PIAL en el territorio. A finales de 2004 se le propuso experimentar con estos tres cultivos, menos conocidos en Cuba, aunque, demostrado está, proliferan satisfactoriamente y con resultados tal vez hasta increíbles.

“Con unos gramos empezamos en diciembre de 2004, con esos poquitos cogimos semillas y en el 2005 ya teníamos suficientes para continuar la siembra y se comportaron muy bien”, explica Leandro.

“He tenido rendimientos en el garbanzo de más de tres quintales por cordel”, añade, “igual con el chícharo, que es uno de los cultivos más eficientes que he visto en la agricultura y que, por sobre todo, resolvería muchos problemas a la economía del país: granos que hoy se importan y que está visto, se dan aquí perfectamente”.

El garbanzo y el chícharo, por ejemplo, son cultivos de secano, que necesitan escasos recursos y, sin embargo, ofrecen garantías de calidad a la hora de las cosechas, capaces de aportar altas cantidades de nutrientes al organismo humano: ricos en fósforo, ácido fólico y proteínas.

Y en Quemado de Güines, en la CCS Ñico López, está Enrique Suárez, una especie de gurú del garbanzo, campesino jovial que alecciona sobre su siembra y condiciones óptimas para su desarrollo, del que se nutre la ciencia en una retroalimentación sustanciosa.

Enrique Suárez sabe las particularidades del cultivo del garbanzo y estos conocimientos han servido para retroalimentar a los científicos del proyecto.

Enrique Suárez sabe las particularidades del cultivo del garbanzo y estos conocimientos han servido para retroalimentar a los científicos del proyecto.

Enrique sabe, por ejemplo, que debe sembrarse entre el 15 de noviembre y el 15 de diciembre y que, de extenderse, no debe pasar el día 30; conoce que los suelos hay que prepararlos con antelación, 85 días como mínimo, para dar tiempo a que se descomponga toda la materia orgánica porque, de lo contrario, los hongos atacarían la planta. Y domina, por experiencia, que el garbanzo necesita agua en dos ocasiones: a la hora de plantarlo y cuando se cocina.

“Pero sin la ayuda técnica”, asegura él, “nosotros no somos nada; los campesinos experimentamos, sí, mas necesitamos saber el porqué de las cosas, a fin de que podamos hacer cotidiana determinada práctica y transmitir sus resultados”.

La ciencia por la tierra. No se diga más

La diversidad en los cultivos constituye un tema prioritario para la agricultura, comenta el profesor Víctor Gil Díaz, primero porque da la posibilidad de satisfacer los gustos de las personas y luego porque se ofrece una mayor tolerancia y resistencia ante plagas, enfermedades y una mejor respuesta frente a los efectos del cambio climático, que produce estrés de tipo hídrico o de calor.

Con esta máxima labora el PIAL en siete municipios de Villa Clara: Quemado de Güines, Cifuentes, Santo Domingo, Santa Clara, Manicaragua, Placetas y Camajuaní. Se tienen en cuenta, además, las particularidades de los suelos y el clima, que varía de un ambiente a otro: de la montaña a la sabana y de terrenos húmedos a secos.

Frijol caupí, utilizado en el consumo humano y en la producción de pienso para la alimentación animal./ acn

Frijol caupí, utilizado en el consumo humano y en la producción de pienso para la alimentación animal.

Se benefician del PIAL los hombres del campo cuando adecuan nuevas prácticas a sus rutinas y cuando aumentan sus cosechas y llevan variedad a su mesa. De la CCS Ñico López, Ángel Rodríguez ha ofrecido al PIAL una variedad de frijol propio que él nombrara macagüíta y ofrece la posibilidad de que otros la repliquen y quizás algún día, alguien, en otro lugar del país, la pueda preparar en su cocina.

En la Cooperativa de Producción (CPA) Agropecuaria Sabino Pupo, de Cifuentes, una máquina extrae el aceite de ajonjolí, maní y girasol, que luego es comercializado entre sus trabajadores.

La quimera sería entonces que haya suficiente para llegar hasta las redes de mercados estatales. Y para eso se necesita sembrar.

Si algo ha aportado el PIAL, más allá de los nuevos cultivos, que ya es mucho, sería la apertura hacia horizontes distintos y la muestra palpable de que, en la agricultura, cuando se quiere, no puede haber imposibles.

Y aquí, hasta el momento, no se dejan llegar. Más que todo, porque aún en los mercados persisten, si tienes suerte, cuatro variedades de frijoles, tal vez maíz.

Y podría haber otros granos. Deberían estar.

 

Viaje a la semilla

Con un alcance nacional, el PIAL, desde el año 2001, labora con la gestión de la comunicación, las juventudes y el empoderamiento de la mujer en el ámbito agropecuario cubano.

Primera etapa 2001-2006: Se introdujo el concepto de mejoramiento participativo de semillas, se desarrollaron las primeras ferias de diversidad genética y se fortaleció un tejido de agricultores experimentadores interesados en la selección y diseminación de las simientes.

Segunda etapa 2007-2011: Incorporación de fincas o grupos de fincas que participan en la introducción, experimentación, discusión y diseminación de nuevas variantes tecnológicas, o de comercialización y que contribuyen a la seguridad y soberanía alimentaria de sus comunidades.

Tercera etapa 2012-2016: Se procede a fortalecer la integración del PIAL con las universidades, delegaciones y gobiernos municipales. Actualmente transita por su cuarta etapa, donde los resultados se hacen palpables.


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