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Publicado el 18 Septiembre, 2019 por Toni Pradas en Medio ambiente
 
 

TECNOLOGÍAS BIODEGRADABLES

¡Que se lo coman!

Los bioplásticos van hallando su lugar en el planeta

Por TONI PRADAS

Recipiente biodegrable
(Foto: ecologiaverde.com)

A mí no me crean, pero no pocos libros de negocios y hasta adustos manuales de mercadotecnia suelen echarle mano a una vieja anécdota que explicaría, según dicen, el origen del barquillo de galleta para los helados.

Por aquellos días, según testimonian muchos filmes silentes, las personas eran en blanco y negro y de la nada se podía armar una reyerta a la salida de una cremería que terminaba en una simpática guerra de pasteles y manotazos.

A lo que iba, pues: En tales trifulcas no solo el producto lácteo caía al suelo, sino, aun sin broncas, los vasos de papel usados entonces eran echados a la calle. Alguien, preocupado por la vulnerabilidad de la higiene, preguntó a un funcionario local con muy malas pulgas, qué se podría hacer para evitar que la gente dejara de tirar los cucuruchos usados y este respondió: “¡Que se lo coman!”.

Otro, con más sentido práctico, escuchó la coacción e interpretó que, efectivamente, eso es lo que tenía que ocurrir, y sería totalmente posible si el acarreador del sorbete estuviera hecho de una pasta seca comestible o de galleta. Pues sí, se comería enterito hasta los dedos y terminaría el ritual con una chupada a las yemas.

Sin embargo, por novedosa que parecía la idea en aquellas primeras fechas del siglo XX, ya en el primer cuarto de la anterior centuria algunos libros de cocina franceses hacían mención de cucuruchos comestibles y, más adelante, hasta horneados.

Para beneplácito del Gordo y el Flaco, los cucuruchos de helado se popularizaron en Estados Unidos en la primera década del siglo XX. Incluso existe una patente de ese país otorgada en 1903 a favor del neoyorquino Italo Marchioni. Pero su registro no fue por el cucurucho, sino relacionado con un molde para hacer tazas de pasta para helado, y así perdió cada demanda que interpuso contra fabricantes de conos de pasta al creer que el documento legal le reconocía autoría por la invención de la caperuza comestible.

Muchos reclamaron la paternidad sobre el recipiente-golosina argumentando las más variopintas inspiraciones, pero evidencias tangibles apenas quedan, como es la primera máquina de enrollar barquillos (antes se liaban a manos) creada en 1912, o la materialización de la idea de vender un cucurucho de helado congelado como un solo producto, almacenable en un congelador, en 1928. Estos y otros avances ocurrieron en ese país que, por sus aportes al desarrollo del gélido alimento, debería llamarse Helados Unidos.

Lo cierto es que como mismo la rueda y otras útiles innovaciones, el barquillo –y sus parientes canutillo, rollito, abanico y otros recipientes digeribles– nació bastardo, a pesar de su presunto origen y linaje, tal vez ligado al de los monasterios de la Edad Media donde los monjes preparaban con pan ácimo las obleas eucarísticas u hostias, así como el pan de ángel que repartían en las iglesias. Quién sabe, pues los caminos de Dios son inescrutables.

cubiertos comestibles
Estos cubiertos comestibles están considerados como uno de los más importantes inventos ecotecnológicos. (Foto: ecologiaverde.com)

Así les llamen rulos en Cantabria, virutones en Alicante, neulas en Cataluña o tulipas si el fondo es plano, para algunos los barquillos son, en esencia, agua, harina, azúcar, aceite y saborizantes.

Para otros, significan mucho más. Son, pensemos bien, el primer intento, aun sin proponérselo, de hacer sostenible el ignoto cosmos de la vajilla y la cubertería, solo explorado espiritualmente por los cazadores de personajes para las películas de Disney.

De carambola

En nombre de una cruzada sanitaria nació el vaso desechable. Para bien y para mal, según veamos –como suele decirse– el vaso medio lleno o medio vacío.

Resulta que en 1908 el industrial estadounidense Hugh Moore ideó un ingenio de porcelana para servir un vaso con agua pura y fresca (antecedente de las neveras que hoy surten agua fría en las oficinas) y colocó varios equipos en la ciudad de Nueva York.

La gente, sin embargo, prefería seguir la tradición de beber de la pila pública con la ayuda de una taza o jarro metálico que rara vez se lavaba y mucho menos se esterilizaba.

La suerte de Moore cambió cuando un funcionario de la sanidad pública puso su interés en los vasos desechables del invento de Moore, a fin de desplegar una campaña sanitaria contra la tuberculosis mediante la prohibición del uso de las tazas comunitarias, a las que los científicos descubrieron alarmantes variedades de gérmenes con la complicidad silenciosa de sus microscopios.

Las medidas se extendieron a otros estados y los ferrocarriles, escuelas y oficinas empezaron a comprar vasos desechables de papel, considerados a partir de entonces como garantía de salud.

Con el paso de los años, empezó a boquear el bienestar del medioambiente –en particular la economía forestal– con la creciente demanda de papel, hasta que la llegada de la cultura del plástico, el material más asombroso obtenido por la industria química, logró sustituir el paradigma existente casi de carambola.

Cuentan que el primer invento del plástico se originó gracias a un concurso realizado en 1860 por un fabricante de bolas de billar, quien ofreció una recompensa de 10 000 dólares a quien consiguiera un sustituto del marfil natural para hacer sus esferas.

La verdad es que el estadounidense John Wesley Hyatt no logró ganar con su invento del celuloide, materia que había logrado al disolver celulosa (material de origen natural) en una solución de alcanfor y etanol. No obstante, consiguió un producto muy comercial que sería vital para el posterior desarrollo de la industria cinematográfica de finales del siglo XIX.
Hyatt además inspiró a una buena cantidad de investigadores. Así, en 1909, el químico estadounidense de origen belga, Leo Hendrik Baekeland, sintetizó un polímero (del latín “poli=muchas” y “meros=partes”) de gran interés comercial a partir de moléculas de fenol y formaldehído, al que nombraron en su honor baquelita.

Había nacido el primer plástico totalmente sintético de la historia y fue la primera de una serie de resinas sintéticas que revolucionaron la tecnología e iniciaron la llamada “era del plástico”.

Entonces la sustancia se hizo muy popular y llegó a sustituir a otros materiales en las casas, la industria y el comercio, a pesar de no poder imaginarse los comediantes de Hollywood un buen gag intelectualizado con granizados en vasitos transparentes.

Muy pronto el plástico (que en realidad es un estado del polímero, es decir, flexible y elástico, no un material sintético en sí mismo) empezó a mostrarse hostil con el entorno. Los vasos desechables, por ejemplo, se botaban, pero no se degradan. Por algo a estas sustancias los especialistas les llaman recalcitrantes.

¿Alguien tendrá el coraje de gritar: ¡Que se lo coman!?

Bioplásticos

Pues sí: que se lo coman sigue siendo la respuesta correcta.

Los polímeros sintéticos (hoy se producen más de 700 tipos) provenientes de fuentes fósiles como el petróleo y el carbón, parecen destinados a acompañarnos para siempre como un ombligo. Es tanta su utilidad y omnipresencia en la sociedad, gracias a ser baratos, duraderos, resistentes y moldeables. Lamentablemente, eso sí, no se ven apetecibles ni saludables para que se reciclen tras caer al vacío de nuestros sistemas digestivos.

Afortunadamente, algunos plásticos son biobasados, es decir, fabricados con materias primas orgánicas que proceden de fuentes renovables como el plátano, la yuca, la celulosa, las legumbres que contienen grandes cantidades de ácido láctico, los polisacáridos, polilactonas, polilactidos, el aceite de soya y la fécula de papa.

Tampoco estos nos hacen la boca agua, pero sí pueden ser biodegradados por la acción de microorganismos aerobios, prácticamente solo en compostas grandes o industriales en las que se alcanzan y mantienen elevadas temperaturas y tienen suficiente oxigenación. En ese caso, ¡que se lo coman todo!

Países como la India han ido abandonando la cultura de servirse en platos hechos de hoja, mientras la empresa alemana Leaf Republic hace dinero comercializando estos. (Foto: postoast.com)
Países como la India han ido abandonando la cultura de servirse en platos hechos de hoja, mientras la empresa alemana Leaf Republic hace dinero comercializando estos. (Foto: postoast.com)

Los primeros materiales bioplásticos utilizados industrialmente por el hombre eran de origen natural, sin mencionar que los indígenas utilizaban a manera de platos, hojas grandes y fuertes.

A partir de la década de 1930, muchos objetos cotidianos se fabricaban con polímeros de origen biológico como el caucho natural, la celulosa y componentes lácteos como la caseína.

Decenas de años más tarde, en 1947, el rilsan (o poliamida 11) fue el primer bioplástico técnico que se introdujo en el mercado.

Y a partir de los años 90, le siguieron los bioplásticos más conocidos en la actualidad como el PLA, los PHA y los almidones plastificados, que se beneficiaron de los rápidos avances en el sector de la química verde y la química blanca para la utilización de biomasa (almidón, azúcares, celulosa, etcétera).

Como sea, eso aún nos suena muy “químico”. Por ello, muy meritorio resulta el reciente aporte de Jerónimo Batista Bucher, un argentino de 21 años oriundo de Vicente López, provincia de Buenos Aires, quien ha obtenido notoriedad mundial al encontrar un remedio para reducir la acumulación de tanto plástico mediante vasos biodegradables, hechos de… algas.

Alarmado por la amenaza a la fauna marina que causan ocho millones de toneladas de plástico vertidos en los océanos anualmente, López enfiló sus esfuerzos medioambientales, que comenzaron a la edad de 12 años, a encontrar una alternativa para los hábitos de consumo actuales.

Entonces creó un vaso biodegradable, similar que los descartables, cuya materia prima son extractos de algas que se producen en entornos naturales marinos o canales. Y cuando ya no sirvan, pueden utilizarse para compost o abandonarse sobre la tierra donde se degradarán naturalmente en menos de dos semanas.

Su desafío hoy es producirlos, dice el joven estudiante de la carrera de Biotecnología en la Universidad de San Martín, en su provincia natal. Allí, desde finales de 2018, tiene instalado su propio laboratorio, en el cual trabaja para perfeccionar el prototipo de Souri, la máquina que fabrica los innovadores recipientes.

“Pienso que esta gran crisis ambiental que estamos viviendo requiere particularmente de los jóvenes”, medita el geniecillo.

Isaí Pérez, un argentino de 12 años, ha creado un vaso bio-degradable hecho con la tusa del maíz, un residuo que apenas se reutiliza como alimento animal y es muy resistente. (Foto: unotv.com)
Isaí Pérez, un argentino de 12 años, ha creado un vaso bio-degradable hecho con la tusa del maíz, un residuo que apenas se reutiliza como alimento animal y es muy resistente. (Foto: unotv.com)

Tal vez su compatriota Isaí Pérez, de solo 12 años, le ha escuchado, pues su talento también se ha inspirado para encontrar soluciones al trance ambiental, y lo ha llevado a inventar un tipo de vaso desechable a partir de residuos del olote, es decir, la tusa o parte central de la mazorca de maíz cuando ha perdido los granos.

El niño confesó que tuvo la idea de los vasos un día que salía de sus clases de Pauta (un programa estatal para impulsar el desarrollo científico de niños talentos) y, en el camino a la casa, vio que había muchos residuos de plástico tirados en la calle.

“Se me ocurrió que, como alternativa al plástico, se podría usar el olote, que no tiene ninguna función, y después de experimentar fueron saliendo resultados que eran bastante buenos”, comentó.

El proceso para fabricar estos vasos biodegradables no parece ser nada complejo: Se hierven los olotes para suavizarlos, se cortan en pedazos muy pequeños y se muelen hasta crear una pasta, a la que después se le agrega vinagre y glicerina. Luego se utiliza algún molde (por ejemplo, un vaso de vidrio) para darle forma a la mezcla y se deja secar durante un día.

Caramba, si hasta suena a receta de postre para amistosos microorganismos invitados a cenar.


Toni Pradas

 
Toni Pradas