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Publicado el 11 Enero, 2020 por Pastor Batista en Medio ambiente
 
 

AGRESIÓN SONORA: plantarnos en 31

Cada vez parece más normal la “tranquilidad” con que ciudadanos indolentes intranquilizan el derecho familiar, comunitario y social a disfrutar de sosiego, paz y silencio
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AGRESIÓN SONORA: plantarnos en 31.

Caricatura: OSVAL

Por PASTOR BATISTA VALDÉS

A todo tren de calendario, enero deja cada vez más atrás  el 31 de diciembre, con su olor a cerdo asado en púa o en parrilla, la palidez de un tímido invierno, el brindis hogareño, la evocación de un nuevo año, más cargado de salud y de prosperidad, en general…

No parece haber quedado entre las verjas del 31, sin embargo, la dichosa tendencia de ciertos ciudadanos a emplazar equipos de música a la usanza de verdaderas rampas de artillería reactiva intercontinental, sin frontera de ningún tipo, contra todas las banderas, cualquier día, de cualquier semana, de cualquier mes del año, lo mismo a bordo de bicitaxis, coches de tracción animal o automóviles, que en balcones, salas y patios familiares, aceras o azoteas.

Ya los medios de nuestra prensa no hallan modo de hacer reflexionar sensatamente en torno a ese asunto que, lejos de mejorar, empeora, sobre todo para quienes aman la tranquilidad o para quienes, por razones de salud, necesitan de ella y de ese silencio al que le conceden justo espacio legal constituciones de todo el mundo, incluso en los países más agitados o agitadores.

Vuelve a mi memoria el caso de una señora que, procedente de Estados Unidos, donde a todas luces no puede “socializar” a decibel abierto su gusto musical (bastante ácido, por cierto) mantuvo hace algún tiempo a buena parte del reparto de Vista Hermosa, en Ciego de Ávila con los pelos parados de punta, hasta que alguien se quejó y personal encargado del orden interior hizo cumplir lo dispuesto: ni más ni menos.

Pero tengo la impresión de que no siempre, o casi nunca, sucede así y mucha gente se ha habituado a embutirles por los oídos su capricho a vecinos y transeúntes.

Lo comprobó recientemente el colega Osvaldo Gutiérrez, autor de la caricatura que acompaña a estas líneas, cuando dos jóvenes parquearon frente a su hogar una flamante motorina, recostaron al máximo “el cuentamillas del volumen” y al pobre Osval no le quedó más remedio que tratar de descifrar, por el movimiento de la boca, lo que informaban locutores y periodistas en la emisión estelar del noticiero de la televisión cubana.

Muchísimas personas –inclúyanme- se preguntan por qué tienen que soportar lo que desde otras viviendas emiten, a todo volumen, ciudadanos que no respetan la presencia de niños, ancianos, personas enfermas, hombres y mujeres que deben levantarse temprano para ir al centro de trabajo o a la escuela.

Uno de ellos me recordaba, hace poco, que años atrás el Gobierno avileño emitió acertadas orientaciones para regular esa práctica en bicitaxis y autos, decisión que “surtió efecto, de inicio, pero  luego volvió a relajarse la situación y hoy es más grave aún”.

Ignorantes, por desconocimiento; incultos, por tozudez y en muchos casos ostentosos (pareciera que disfrutan dar idea de grandeza), quienes bombardean hacia los cuatro vientos con “su” música altisonante, desconocen que el primer daño empieza por su propio hogar, al crear “excelentes” condiciones para que se les afecten las células pilosas, en el oído interno; pierdan capacidad auditiva y avancen hacia una sordera que quizás no notan entre hoy y mañana, pero que el tiempo no perdonará.

De la pobre labor de persuasión, o del insuficiente número de multas que, por lo visto, son aplicadas por violar horarios, volumen, lugares, no escribiré ahora. La impunidad con que florece el problema habla por sí sola. Tampoco, acerca de lo que les sucede en otros países, a quienes incurren en ello. En todo caso prefiero recordar, en esencia, lo que alertan especialistas e investigaciones:

Esa “gracia”, como otros ruidos estridentes, innecesarios y evitables, puede conducir a hipoacusia o sordera, dañar la memoria, dificultar el aprendizaje en niños, provocar alteración nerviosa en las víctimas pasivas o activas, generar mal humor en receptores a la fuerza, causar desconcentración, pérdida de sueño, stress…

El 31 de diciembre, en fin, pasó a ser humo en el tiempo. Pero entre las cenizas de los muñecones quemados no están los restos mortales del mal gusto y del irrespeto que implica la mencionada agresión sonora musical. Con enero, la vida sigue igual.

Mientras inspectores y autoridades acaben de hacer lo suyo, tendremos que apelar, con razonamiento educado, a la sensatez de los desmedidos emisores, o a aquella frase de nuestros abuelos para enfrentar de cuajo lo mal hecho: “plantarnos en 31” y exigirle al indolente respeto a nuestro derecho. Ni más ni menos.

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Pastor Batista

 
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