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Publicado el 11 Septiembre, 2020 por María de las Nieves Galá León en Medio ambiente
 
 

Laura, Gustav y la mata de mamey

Tocó a Laura emprenderla contra la más querida de patio. Otro intento de los huracanes por borrarla de nuestra casa de Pijirigua. Será en vano. Estoy segura de que ese gajo que quedó, cogerá nuevamente fuerza y cuidada por manos hacendosas, poco a poco se convertirá en el gran árbol; testigo de que nunca se puede perder la esperanza y de que el amor familiar retoña siempre, y lo vence todo

mameyPor MARÍA DE LAS NIEVES GALÁ

A los dos días de haber sido afectada Cuba por la tormenta tropical Laura, pude comunicarme con mi familia en Pijirigua, Artemisa. Para ese entonces allá, en el barrio, se había restablecido la energía eléctrica y la conexión telefónica.

La voz de mi madre calmó la ansiedad, que aumenta con la distancia multiplicada por la pandemia. “Hija, todos estamos bien. No te preocupes, solo fue un poco de viento”, me alentó. “Ahora, tengo que decirte algo…”, expresó.

Traté de adivinar cuál sería la noticia, pero ella fue rápida: “La mata de mamey se desplomó, las ráfagas la tumbaron… Pero bueno, quedó al menos un gajito… volverá a retoñar, ya verás”. Y así pasó a contarme detalles sobre el estado de mis hermanas, los sobrinos y vecinos, a fin de atenuar la nostalgia.

Para otra persona aquello hubiera sido tan solo un simple árbol que cayó y nada más. Sin embargo, para mí fue como una herida, un desgarramiento del corazón. Por segunda vez, la mata preferida de todos en casa, era impactada por un fenómeno meteorológico.

La primera ocurrió en agosto de 2008, cuando los vientos huracanados de Gustav no tuvieron piedad con la siembra del patio. Según me contaron después, sintieron un estruendo grande. Como era de noche, no pudieron calcular de qué se trataba. Al amanecer, comprobaron que casi todos los árboles estaban en el suelo: aguacates, naranjos, cocoteros y también la mata de mamey.

Esa vez se me hizo un nudo en la garganta. Hubiera aceptado que todos sucumbieran, menos ese arbusto. Un sentimiento especial me une a él. Muchos años atrás lo había sembrado junto a mi padre. A insistencias mía aceptó papá plantarlo detrás de la casa, y lo hizo más por complacerme que por deseo propio.

Poco a poco la planta fue ganando altura y a los tres años era la más frondosa de todas. Al quinto año floreció, pero los vientos de cuaresma le arrebataron los pétalos. Todos estuvieron observándola para ver si por casualidad se le había quedado, aunque fuera una florecita escondida que cuajara, pero nada. Siguió creciendo al punto que hubo que quitar un cocotero para que fuera plena.

Al sexto año dio sus primeros frutos. Es verdad que fueron pocos, pero los suficientes como para demostrar que eran los más dulces de toda la comarca. Mi padre murió en 1998 e increíblemente, al año siguiente el mamey apenas dio frutos, como si también hubiera sentido el dolor por la pérdida de su sembrador.

Cuando Gustav la emprendió con nuestra floresta hubo que reunir a varios hombres de la familia para extraer los troncos y ramas. Los despojos del mamey llenaron dos carretas. Sin embargo, no pudieron con una raíz que se empecinó en quedar prendida a la tierra, por mucho que intentaron sacarla.

Y así estuvo durante un tiempo, olvidada, cual símbolo de las furias de los ciclones en el occidente de la Isla. Hasta un día en que mi madre descubrió una ramita, el verde en todo su esplendor. Fue el renacer de la privilegiada, que pasados unos años volvió a regalar sus ricos mameyes.

Tocó a Laura emprenderla contra la más querida de patio. Otro intento de los huracanes por borrarla de nuestra casa de Pijirigua. Será en vano. Estoy segura de que ese gajo que quedó, cogerá nuevamente fuerza y cuidada por manos hacendosas, poco a poco se convertirá en el gran árbol; testigo de que nunca se puede perder la esperanza y de que el amor familiar retoña siempre, y lo vence todo.

 

 

 

 

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María de las Nieves Galá León

 
María de las Nieves Galá León