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Publicado el 4 Septiembre, 2019 por Walfrido López Gonzàlez en Mi veterinario
 
 

El gato doméstico

Un viejo decir, enuncia Dios creó al gato para que el hombre pudiera acariciar al tigre
Reconocen su nombre.
Pocos conocen que por muchos años, la tenencia de un gato en casa era costumbre mal vista por la sociedad cubana, cosas de viejas y brujeros… (Foto: mascotas.facilisimo.com).

Por DR. WALFRIDO LÓPEZ GONZÁLEZ

Respuesta a la DOCTORA GLADYS MORALES, PLAZA, LA HABANA:

El gato (Felis catus, Linnaeus 1758) o gato doméstico se caracteriza por su cabeza redonda, poseer cinco dedos en las extremidades anteriores y cuatro en las posteriores, cola larga y la carencia del hueso de la clavícula lo cual le permite movimientos increíbles al brazo y pasar su cuerpo por espacios tan estrechos que asombran nuestros ojos, lógica y sentidos.

Su morfofisiología le permite dar saltos elevados, caminar por aleros estrechos, visualizar en un campo de 280 grados, solo restando su propia nuca.

Su cualidad anatómica distintiva son las uñas retráctiles que al cerrarse de conjunto forman la garra, con ellas se defiende, ataca e inmoviliza las carnes para comerlas. Un viejo decir, enuncia Dios creó al gato para que el hombre pudiera acariciar al tigre.

El gato es susceptible a bacterias, pulgas y el virus de la rabia; a cambio nos protege de ratas, serpientes y otras sabandijas.

Si en vida libre es un animal de armas tomar, tras su domesticación se ha convertido en dócil mascota hogareña al punto, que en algunos países ya supera en número al perro en los hogares.

Es uno de los animales más difundidos de nuestro planeta. Animal Planet –canal de televisión por suscripción estadounidense lanzado en 1996- le concede el noveno lugar. No existe país ni ciudad ni pueblito alguno carente de gatos.

En Cuba precolombina no existían. Llegaron con los colonizadores y luego con los emigrantes que arribaron a lo largo de cuatro siglos. Los cubanos y muy en especial, los habaneros, aceptaron criarlos, pero a su manera: comida en la escudilla, agua en un pozuelo y lo demás es conocido: duermen a la intemperie, en la noche disfrutan los placeres de una reunión gatuna y con los primeros rayos de sol, se hacen ver en casa.

Mis lectores saben de la existencia de gatos negros, amarillos, blancos y con dos o tres colores; de gatos tranquilos, flemáticos, que pasan sus dientes una y otra vez sobre nuestra mano sin causarnos un arañazo y los de temperamento sanguíneo, digo, capaces de prodigar veintitrés mordidas en unos minutos.

También saben de persas, siameses y gatos arrabaleros; gatos de pelo largo y sedoso y de pelo muy corto y gatos casi desnudos de todo pelaje; de mininos callejeros que solo Dios sabe cómo logran la comida de cada día, y gatos alabados por sus amos, bien nutridos y mimados más allá de lo racional.

Sin embargo, pocos conocen que por muchos años, la tenencia de un gato en casa era costumbre mal vista por la sociedad cubana, cosas de viejas y brujeros, algo que dio un vuelco a inicios de la década de los sesenta del pasado siglo y hoy viven mininos en miles de hogares. ¡Nos vemos!


Walfrido López Gonzàlez