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Publicado el 20 Noviembre, 2020 por Walfrido López Gonzàlez en Mi veterinario
 
 

El perro callejero, dueño de la calle habanera (II)

Así ha sido desde que nació; así será hasta el mismo día de su muerte, salvo que una mano piadosa le bañe con alguna de esas lociones maravillosas

Por el Dr.WALFRIDO LÓPEZ GONZÁLEZ

La condena de los vagabundos.

Se estima que más de 40 mil perros deambulan por la capital.

Este perro se rasca, frota, restriega contra las paredes a consecuencia de las picadas de garrapatas y pulgas que pululan sobre su cuerpo.

Así ha sido desde que nació; así será hasta el mismo día de su muerte, salvo que una mano piadosa le bañe con alguna de esas lociones maravillosas.

Al principio corría detrás de ciclistas y autos; ahora, a veces se le nota una cojera mal disimulada que recuerda el atropello por un vehículo algún tiempo atrás.

Desde ese entonces aprendió a huir de los carros, coches y bicitaxis. Si es hembra, su cortejo de apareamiento estará integrado por todos los machos de la barriada que reñirán por ser el primero en cubrirla. Se fajarán por su sexo, pero la sangre nunca llegará al río; al fin y al cabo no son ‘humanos civilizados’ capaces de matar o morir por amor.

Nada más lejos. Lo que sucederá todos lo saben: primero los más fuertes y poderosos, seguidos por los jóvenes y, al final, los viejos y débiles. Todos tendrán la oportunidad de descargar su desenfrenado instinto animal.

Para el perro sato su plataforma de vida es elemental, pero nada carente de inteligencia. Cada día luchará por instalarse en un hogar, bajo el cuidado de una familia que asegure techo, cariño y de ser posible los alimentos, aunque esto último ya sabe cómo obtenerlos desde siempre.

Visitará una vivienda donde viven seres bondadosos e intentará por todos los medios ser integrado a la familia.

Dormirá en el portal o frente a la puerta tantas noches como sea necesario hasta la decisión final: me dejan entrar o me echan a patadas.

Víctima de una enfermedad o accidente, algún día morirá ignorado por todos y poco probable sea enterrado en el hoyo de un solar yermo o sea arrojado a un colector de desperdicios públicos.

Tal vez se convierta en uno de esos bultos orgánicos que se descomponen rápido, exhalando olores repugnantes por el que protestan los vecinos y exigen a la zoonosis municipal o al camión de la basura su rápida recogida.

Sin penas ni glorias ha sido su paso por la vida y si alguien le evoca, es uno de esos escritores, un poco sentimental, que nadie se explica cómo le dan cabida en una publicación prestigiosa y de gran tirada.

Ver también en Bohemia:

El perro callejero, dueño de la calle habanera (I)

                               

 


Walfrido López Gonzàlez