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Publicado el 30 Noviembre, 2015 por Rosana Berjaga en Mundo
 
 

BRASIL

Élite resentida al ataque

Manifestación de apoyo a Dilma Rousseff

La crisis crea confusión en las calles, aunque se mantiene el apoyo a Dilma Rousseff. (Foto: economia.elpais.com)

Por ROSANA BERJAGA

Pareciera que estar en “crisis” se ha puesto de moda, aunque ciertamente no en todas partes se vive el proceso con semejante intensidad. Esta palabra apocalíptica, que establece la gravedad o el giro definitivo de una situación, suele ir acompañada de apellidos como “política”, “económica”, “moral”… casi siempre señalando el punto en que un determinado grupo hegemónico juega a tensar a tope los hilos del poder.

Es así que noviembre nos trae un Brasil en aprietos. Alejado de imágenes carnavalescas, mulatas despampanantes, colores por doquier, calidez y fútbol; los lectores nos enfrentamos a titulares cortantes y fotografías copadas con malestar e incertidumbre.

Luego de más de una década en el poder, el Partido de los Trabajadores (PT), busca esquivar acusaciones y celadas, mientras sostiene a una nación con la peor crisis económica desde el restablecimiento de la democracia nacional.

Diez años atrás y con Lula en el gobierno, 30 por ciento de la población brasileña dejó a un lado la pobreza; decenas de programas socioculturales y sanitarios despertaron a una nueva sociedad, mientras la representación del sindicalismo nacional cumplía con su papel de limpiar con la corruptela. Hoy sucede algo que los propios partidarios del petismo no consiguen entender: “Nos miran como si nosotros hubiésemos inventado la corrupción”, refirió a TeleSur un activista político.

Para este mismo medio de prensa, el periodista Amílcar Salas reflexionaba que reaparecen en el gigante suramericano “una de las marcas idiosincráticas de su capitalismo constitutivo: la inorganicidad de las diferentes partes del sistema social”, lo cual parecía resuelto durante el lulismo y el primer gobierno de Dilma Rousseff. Como consecuencia, el autor afirma que ahora “las posiciones y respuestas empiezan a ser desarticuladas”.

En esta coyuntura, el primer exponente en líneas rojas sería el devenir de la economía nacional. Aunque el indicador económico aparenta ser el disfraz que cubre a los verdaderos organizadores de las callejeras manifestaciones “espontáneas”, no hay que cerrar los ojos al hecho de que un decrecimiento económico del tres por ciento es un factor que despertaría, como mínimo, inquietud entre los brasileños. Esta situación ya anteriormente llevó a la jefa de Estado a aceptar que no descubrir a tiempo el impacto real de la crisis era un error propio y de su equipo.

Hace pocos días, no obstante, el expresidente Luiz Inácio Lula Da Silva reiteró que no ha sido un período perfecto, pero la inestabilidad debe mucho al “férreo bombardeo contra el Gobierno y el PT”, provocado por una élite resentida “que nunca aceptó lo que el partido ha hecho por los más pobres”.

Da Silva, quien ha estado entre los primeros en rechazar el impeachment contra Roussef, afirmó también que –incluso cuando han sido tildadas de extremas– las medidas promovidas por Dilma y el poder ejecutivo, son necesarias para impulsar nuevamente el crecimiento económico. Según dijo, se trata de una salida a la situación, contexto que hace “humanamente imposible gobernar” el país.

Intereses tras el escándalo de Petrobras

Otro punto con el que la oligarquía apunta contra el proceso que pretende librar el Gobierno ha sido el escándalo generado a partir de una supuesta implicación de funcionarios petistas en una trama de corrupción al interior de Petrobras. La caída de los precios internacionales del petróleo y el escándalo conocido como Lava-Jato, son algunos de los factores responsables de la reducción en casi 40 por ciento de las inversiones de la entidad, con consecuencias de alto impacto para los bolsillos del patio.

La tensión dentro y fuera de la petrolera ha ido en aumento. Por una parte, sindicalistas y políticos aseguran que la empresa sufre la presión de oligarquías nacionales e internacionales, que ven aquí la oportunidad de dar una estocada al gobierno petista. Por otro lado, los trabajadores del lugar han iniciado un paro que amenaza con dar al traste con el total de producciones y facilitar un pretexto para la privatización. De acuerdo con datos de la Federación Única de Petroleros de Brasil, desde el inicio del paro se ha comprometido más de 30 por ciento de la producción diaria de hidrocarburos; más de 270 mil barriles de crudo y unos siete millones de metros cúbicos de gas.

Es que no se trata de cualquier otra empresa brasileña, sino de Petrobras, considerada la mayor corporación de América Latina y responsable de los principales índices exportables de Brasil. El destino de la compañía preocupa no solo a los ligados directamente a su producción, sino a esos otros brasileños que, por tercera ocasión en lo que va de año, protestan en contra de los intentos desestabilizadores y a favor de Rousseff. Aunque ciertamente las calles continúan divididas entre la confusión, el cálculo y el sentido común, hay algo en lo que parece haber consenso: el país atraviesa una de las crisis (social, política y económica) más violentas de las últimas décadas y, lamentablemente, no siempre se consiguen dilucidar los orígenes de la misma.

Los manifestantes partidarios del PT exigen desmontar cualquier tentativa golpista del ala conservadora, impulsada por el líder de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, a quien consideran una figura fundamental en la campaña de descrédito contra la gobernante. Después de haber manifestado públicamente su intención de saltar al bando opositor, el pasado mes Cunha realizó un reclamo ante el Supremo Tribunal Federal para que se le restituyera su capacidad de decidir el impeachment contra la presidenta. El asunto es que ahora el político espera por la instalación de un proceso judicial en su contra, debido a imputaciones semejantes a las blandidas contra los miembros del PT.

Los contrarios, esos que se debaten entre golpe de estado o intervención, y que promueven violencia y sabotajes contra sus congéneres, dice por su parte, que defiende el militarismo “como una limpieza general, para poder colocar el país en orden, llamar a elecciones y ahí recuperar la democracia”.

Reducción sí, pero no contra el proyecto social

Bolsa Familia, programa de gran impacto en nucleos familiares de menores ingresos

Bolsa Familia es un programa de alto impacto por la cantidad de familias beneficiadas y el presupuesto anual. (Foto: pragmatismopolitico.com.br)

Entre las medidas que anunciaba la mandataria en septiembre pasado estaban la eliminación de varios ministerios y algunas secretarías; la reducción de cargos administrativos y recortes en otros gastos que optimicen el aparato gubernamental. También se refería a algunos ajustes fiscales necesarios para sacar adelante la economía nacional.

A principios de este mes, la presidenta brasileña finalmente envió al Congreso la propuesta de reducción de gastos para 2016. Bajo el nombre Medidas Adicionales de Reducción de Gastos de la Unión, el valor de los recortes asciende a unos seis mil 842 millones de dólares, según datos gubernamentales.

No obstante, Rousseff ha reiterado que su gobierno nunca ha tenido en mente abandonar los programas sociales que han conseguido disminuir los altos niveles de pobreza y analfabetismo. De esta manera, pese al clima de opinión gestado por los opositores, se ha comprometido a continuar acciones como “Bolsa Familia” y “Mi casa, Mi vida”, responsables durante años de facilitar el acceso a salud, educación y asistencia social; así como combatir el hambre y la pobreza; y promover el trabajo conjunto y orgánico del Poder Público. “El esfuerzo que hacemos –explicó la jefa de gobierno– tiene dos significados: nos apretamos el cinturón y se aseguran aquellos programas que son fundamentales para la vida de las personas”.

Pero si como ha dicho Dilma anteriormente, el fin de este caos sería acortar el camino de la derecha hacia el poder, cumpliendo con la agenda de golpes blandos preparada para una Latinoamérica progresista; esperemos que entre la confusión triunfe el sentido común, y Brasil finalmente se niegue a viajar al pasado, cuando –como hoy– el imperialismo estadounidense jugaba a experimentar en el país aquel sistema “autóctono” de dictaduras in vitro.


Rosana Berjaga