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Publicado el 18 Enero, 2016 por María Victoria Valdés Rodda en Mundo
 
 

Paso importante a medias

Por el momento, las buenas intenciones solo se reflejan en el papel

Por MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Cincuenta personas murieron al estallar un coche bomba al este de Trípoli.

Al momento de redactar estas líneas cincuenta perso-nas murieron al estallar un coche bomba al este de Trípoli. (Foto: www.rtv.es)

Antes de la invasión de Occidente, Libia era dirigida por el peculiar sistema de la Jamahiriya o Gobierno de las masas, bajo la guía de Muamar al Gaddafi y un Comité general compuesto por 22 secretarios, cada uno responsable de un departamento, más uno general que actuaba como primer ministro. El Congreso del pueblo reunía a tres mil miembros, representantes de los intereses del país, sin distinción tribal o región geográfica. Sin poder calificarlo de perfecto, con esta forma de gobierno se llegaba siempre a un consenso, pues se actuaba en nombre de una identidad nacional. Tras la intervención militar de 2011 todo cambió para mal.

El caos político y social predomina desde entonces, en un escenario de guerra civil en la que han participado mercenarios de varias naciones árabes. La lógica de la desunión condicionó una realidad fragmentada, compuesta por dos esquemas de gobernación, donde diferentes grupos tribales, milicias al amparo de varias agrupaciones políticas, así como numerosos extremistas foráneos comenzaron a repartirse las zonas de influencia.

En la actualidad la nación norafricana se debate entre el Parlamento de Trípoli y el de Tobruk (reconocido por la mayoría de la comunidad internacional y la ONU), lo cual desencadena una ingobernabilidad que a nadie conviene. De ahí el empeño por remediar la situación. A esos efectos, el 17 de diciembre del pasado año, con la mediación del representante de las Naciones Unidas, Martin Kobler, comenzaron a limarse las asperezas, básicamente por lo que significa para la paz mundial el creciente influjo de extremistas musulmanes que tratan de crear un Estado Islámico, responsable de los atentados terroristas en el Viejo Continente. Del caso libio se deduce, además, que sea el ensayo de lo que sería la futura Siria sin Bashar al Assad.

El acuerdo de reunificación nacional, tal como reseña Prensa Latina, se realizó en presencia de los cancilleres de España, Italia, Marruecos, Catar, Túnez y Turquía. La nueva autoridad nacional deberá estar compuesta por un presidente, dos vicepresidentes, y seis miembros provenientes del Congreso Nacional de Trípoli (GNC) y la Cámara de Representantes de Tobruk (HOR).

Por el momento, las buenas intenciones solo se reflejan en el papel. Es preciso que ambas organizaciones diriman diferencias y opten por la pluralidad de acción. Solo así se podrá erigir un Gobierno central, encargado de la redacción de una nueva Constitución, la cual se someterá a la voluntad popular en un referendo.

Numerosas naciones europeas, algunos bloques regionales y organismos internacionales manifestaron su satisfacción. Sin embargo, se trata de un eufemismo. Un empeño de concordia que bien puede aún tambalearse. Así lo reconocen tanto Nouri Abu Sahmain, jefe del Congreso Nacional de Trípoli, como Aguila Saleh, presidente de la Cámara de Representantes de Tobruk. Ambos alertaron que la firma carece del mandato de sus respectivos Parlamentos.

Para Libia el 2016 debe ser decisivo; la reunificación en los términos en que ha sido planteada, requiere de mucha voluntad de los involucrados, pero más que nada de un rescate del concepto de unidad patria, valor defendido por Gaddafi hasta su último aliento. Awad Abdel Malek, jefe del equipo negociador del GNC, considera que este acuerdo solo servirá para ahondar la división entre los libios, porque ellos –dijo– “rechazan un gobierno impuesto por Occidente y por la tutela internacional”.

Las principales potencias occidentales tienen toda la responsabilidad de lo que hoy ocurre en Libia. De acuerdo con el Foreign Policy Journal, en abril de 2011, un mensaje de correo de Hillary Clinton bajo el asunto “El cliente de Francia y el oro de Gaddafi”, devela, por ejemplo, los verdaderos propósitos del expresidente galo, Nicolás Sarkozy. Intereses banales y nunca por la preocupación democrática pues Sarkozy estaba tras el petróleo libio. Además quería reafirmar el poder militar francés para evitar la influencia de Gaddafi en el África francófona.

El correo, develado en enero de este año, indica asimismo la artimaña extranjera que buscaba (como se logró al final) usurpar las 143 toneladas de oro y plata que, según se dice, tenía Gaddafi, quien pretendía respaldar una nueva moneda africana, con el automático grado de independencia económica. Y esos aires de soberanía nunca le han sido simpáticos al capitalismo financiero transnacional.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda