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Publicado el 1 Abril, 2016 por Prensa Latina en Mundo
 
 

La derecha trata de asfixiar logros y sueños de nuestra América

Reveses electorales que comprometen en distintos grados los procesos sociales marcan el rumbo escogido para derribar gobiernos progresistas erosionándolos desde dentro sin la necesidad de cuartelazos como antaño

 

Por Luis Manuel Arce Isaac/PL

amlat-golpes-suavesLa Habana, 1 abr.- La derecha continental vuelve a tejer el lazo del ahorcado con sedal prestado y trata de colocarlo en el cuello de una América Latina que muestra debilidades después de una etapa de victorias populares impresionantes e históricas.

Reveses electorales que comprometen en distintos grados los procesos sociales en países como Argentina, Venezuela y Bolivia y estimulan acciones incluso de mayor envergadura en Brasil y Ecuador, marcan el rumbo escogido para derribar gobiernos progresistas erosionándolos desde dentro sin la necesidad de cuartelazos como antaño.

Las propias estructuras de lo que se suele llamar racionalidad democrática postmodernista impiden el regreso al gorilato militar desfasado y, en su lugar, acuden a jueces, fiscales, tribunales y diputados conservadores o corruptos para llegar a igual meta bajo aires civilistas, en lo que el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, denomina nuevo Plan Cóndor.

El avance de esa derecha en las urnas por pequeños márgenes como en Argentina, o peligrosas mayorías en Venezuela y Bolivia, no puede subestimarse porque apunta a desbalancear una correlación de fuerzas en la región que, por vez primera en mucho tiempo, le fue desfavorable a Estados Unidos.

El siglo XXI trajo consigo un flujo político e ideológico muy fuerte en la periferia sur que sorprendió al sistema de dominación de Estados Unidos y la vieja Europa, el cual desenterró la opción de un socialismo de nuevo tipo sin dejar de ser marxista frente al neoliberalismo, proclamado por Hugo Chávez cuando ideólogos conservadores anunciaban a voz en cuello el fin de la historia y de las ideologías.

En esa marea estuvieron en la cresta de la ola Venezuela con su revolución bolivariana, Bolivia, Ecuador, la Nicaragua sandinista, Argentina y Brasil con Lula, apoyados en los mecanismos de integración como el ALBA-TPC, Petrocaribe, Sela, Unasur, Celac, la Asociación de Estados del Caribe e instrumentos de la batalla de ideas tan valiosos como la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad o Telesur.

El poder de concertación y unidad de América Latina y el Caribe quedó demostrado con la aplastante derrota del Área de Libre Comercio de las Américas, el caballo de Troya derrotado por Chávez, Fidel Castro y Néstor Kirchner en Buenos Aires, con el cual Estados Unidos perseguía recuperar el terreno perdido y consolidar su dominación económica y comercial.

La reacción ofensiva conservadora ha provocado un reflujo contrario al progresismo, cuyas negativas consecuencias se palpan en Argentina y Brasil, con graves divisiones en los sectores de la izquierda y una propaganda encabezada por medios de prensa neoliberales que hace estragos, crea confusiones y apoya como buenas traiciones a los pueblos como el pago de 12 mil millones de dólares a “fondos buitre”, o un atroz proceso de juicio político a Dilma Rousseff como anuncio de que lo logrado en Paraguay contra Fernando Lugo o en Honduras con Manuel Zelaya, se puede repetir sin importar la potencialidad política de grandes países como Brasil, donde la campaña alcanza además a Lula.

En Venezuela el reflujo es muy concreto y su fuerza se puede medir en las acciones para un golpe parlamentario contra el presidente Nicolás Maduro, que encabeza una derecha podrida que ya se pensaba enterrada con cadáveres políticos como Henry Ramos Allup y Antonio Ledezma, quienes aspiran a eliminar la Constitución bolivariana, aplastar la revolución chavista e implantar un gobierno como el del Pacto de Punto Fijo y el “caracazo” del expresidente Carlos Andrés Pérez.

En Bolivia se expresa en la cruzada contra Evo Morales para intentar frustrar los planes de desarrollo, terminar de sacar al país y su pueblo de la pobreza secular y volar en pedazos el Estado multiétnico, mientras aceleran la implantación de instrumentos de desintegración latinoamericana como la Alianza del Pacífico.

Si nos dejamos conducir por aquello de que en términos estratégicos la historia siempre camina hacia adelante, América Latina no debería temer por lo que está ocurriendo.

Sn embargo, la historia la hacen los hombres y los pueblos y sus acciones no son siempre perfectas por la enorme cantidad de factores que influyen en los procesos sociales.

La enseñanza más elemental de los retrocesos en las urnas ocurridos en esos países indica que si los cambios políticos son efectuados con la camisa de fuerza que impone el capitalismo la tarea es mucho más dura, difícil y compleja porque hay que ganarla con patrones prestablecidos creados y conducidos por la derecha con mucho dominio y más dinero para preservarlos.

Ello implica que en la actualidad latinoamericana evitar retrocesos como los citados en Argentina e incluso la Venezuela revolucionaria, depende todavía de un fuerte dominio de las estructuras principales del sistema capitalista como son los procesos electorales, y de una más difícil aún educación ideológica que conlleve un cambio cultural, sin lo cual es casi imposible consolidar un proceso social posneoliberal.

Hacerlo así es batallar para impedir que la derecha logre reponer el neoliberalismo para estrangular los sueños y utopías de nuestra América.


Prensa Latina

 
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