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Publicado el 18 Enero, 2017 por Arsenio Rodríguez en Mundo
 
 

LATINOÁMERICA

Jugar o trabajar

El dilema de Shakespeare, en la realidad del continente es luchar o no luchar

Por ARSENIO RODRÍGUEZ

Sus pequeñas manos no alcanzan para abrazar el pesado bloque de cemento y poder trasladarlo de un lugar a otro. Así es durante largas horas de trabajo, con solo un breve tiempo para el almuerzo. Pudieran tener apenas entre cinco y ocho años, quizás más. Sus manos callosas son el resultado de meses de labor y en algunos casos de mucho más tiempo. Las imágenes encontradas resultan elocuentes.

El dilema planteado por el gran escritor inglés pudiera ser también “comer o no comer”. Cuando un pequeño se ve obligado a trabajar, no solo deja de jugar, sino también de estudiar. La necesidad de ayudar a la economía familiar los llama. Los empleos pueden ser más o menos pesados y en cualquier horario. Algunos cargan productos, incluso tóxicos, otros limpian carros en las calles. Y no son pocos.

Se calcula que unos 13 millones de niños y adolescentes se ven obligados a realizar labores pesadas en América Latina y el Caribe; en el resto del planeta son casi 200 millones.

¿Qué anda mal? ¿Cuál es su culpa? ¿Realmente no puede resolverse este problema que, comparado con otros, no requiere de tantos recursos? Es lo que plantean organismos de Naciones Unidas e instituciones internacionales encargadas de atender a los más pequeños, aunque evidentemente no cuentan con los medios necesarios para llevar adelante programas que logren rescatarlos de estos trabajos, que en muchos casos, los convierten en verdaderos esclavos. Quizás si alguna superpotencia donara el valor equivalente a dos o tres misiles intercontinentales, pudiera encontrarse una solución.

Con buenas intenciones no termina el abuso

La prevención y el combate al trabajo infantil, según declara la Organización Internacional del Trabajo (OIT), era uno de los objetivos incluidos en la Agenda Hemisférica para generar empleo decente, promovido en América Latina y el Caribe para el período 2006-2015. Las metas que se propusieron entonces fueron eliminar las peores formas de ese tipo de actividad en un plazo de 10 años, es decir, hasta el 2015, y excluirlo en su totalidad en 15, para 2020. Si un niño de cinco años era un potencial beneficiado de estos planes, tendría que esperar aún cuatro años más para terminar con su pobre condición.

En ese mismo documento se reconoce que el número de pequeños en situación de trabajo infantil en América Latina y el Caribe disminuyó de 20 millones en el año 2000 a 12.5 millones en 2014, lo que se asume como un logro importante -¿lo es en realidad?-, y al mismo tiempo plantea el desafío de invertir los recursos para seguir avanzando hasta su eliminación.

Sin embargo, la noticia preocupante es que al mismo tiempo aumentó el trabajo peligroso, que pasó de 9 a 9.6 millones de niños. Según un informe de la Unicef de 2013, “la agricultura continúa siendo de lejos el sector con el mayor número de niños en situación de trabajo infantil, que a nivel mundial era (98 millones, o 59 por ciento), pero la cantidad de infantes en los servicios (54 millones) y la industria (12 millones) no es insignificante y la mayoría se encuentra principalmente en la economía informal”.

Aunque las cifras totales indican que hay más niñas que niños involucrados en trabajo infantil, según esta organización, muchas de las labores que realizan las pequeñas son invisibles. Se estima que aproximadamente el 90 por ciento de los infantes que participan en el trabajo doméstico son niñas. “Uno de sus principales daños es que el trabajo infantil refuerza los ciclos intergeneracionales de pobreza, socava las economías nacionales e impide el progreso hacia el logro de los Objetivos de Desarrollo del Milenio”, precisa entre tanto las Naciones Unidas. Los niños de los grupos indígenas o las castas más bajas suelen abandonar con mayor frecuencia la escuela para trabajar. Los pequeños migrantes también son vulnerables a la mano de obra oculta e ilícita.

La Unicef reconoce que millones de menores laboran para ayudar a sus familias en todo el mundo, pero esto se convierte en algo inaceptable cuando son muy chicos, son abusados o explotados porque en vez de trabajar deberían estar en la escuela. “No somos tan ingenuos como para decir que no deben trabajar”, dijo Susan Bissellm, jefe de Protección de la Infancia de Unicef.

La OIT por su parte publicó en ese período el informe Erradicar el trabajo infantil en el trabajo doméstico y proteger a los jóvenes trabajadores contra las condiciones de trabajo abusivas, donde se enunciaba que millones de niños, en su mayoría niñas, están muy por debajo de la edad legal de trabajo, y se desempeñan en labores peligrosas o en circunstancias que equivalen a la esclavitud.

Se agrega en el documento que los trabajadores domésticos están entre los más explotados y abusados, y que muchos niños empleados como tal también viven con sus empleadores, situación que los convierte en muy vulnerables al abuso sexual, la violencia y la trata.

La verdadera cara de la pobreza

A pesar de engañosas telenovelas, que presentan a menores viviendo en un basurero como si estuvieran en un “jardín de infancia”, donde desayunan, almuerzan, comen e incluso tienen tiempo para jugar y estudiar todos los días, la miseria real, la cotidiana para millones de personas en la región, tiene un rostro no tan bello como la pintan esos culebrones.

Pobreza, miseria, explotación infantil y muchos otros males forman parte de las desigualdades existentes en la región en la mayoría de los países latinoamericanos y caribeños, incrementados en los últimos años por la crisis económica mundial.

Algunos proyectos que pretendían la reducción de la pobreza en América Latina se detuvieron durante el año 2014, en un contexto de desaceleración económica en la región, según indicó un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). “La pobreza afectó en 2014 a 28 por ciento de la población de América Latina, lo que revela que su proceso de reducción se ha estancado en torno a ese nivel desde 2012”, indicó el informe Panorama social de América Latina 2014 presentado en la sede de esta organización en Santiago de Chile.

La cifra de pobreza del año pasado se traduce en 167 millones de personas que viven en esa condición, lo que significan cinco millones de pobres más que en 2012 y aunque no aparezca registrado, miles y miles de niños de estos nuevos pobres pasan a engrosar las filas de los explotados.

“La recuperación de la crisis financiera internacional no parece haber sido aprovechada suficientemente para el fortalecimiento de políticas de protección social que disminuyan la vulnerabilidad frente a los ciclos económicos”, dijo Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de Cepal. A punto de despedir 2016, la región sigue siendo una de las más afectadas por la desigualdad social. Los ricos siguen siendo cada vez más ricos al igual que lo pobres se sumergen cada vez más en la miseria.

Los planes llevados a cabo por gobiernos progresistas en Brasil y Argentina se ven seriamente amenazados por las políticas neoliberales que se implementan por Temer y Macri, respectivamente. Se intenta por todos los medios acabar con el proyecto bolivariano en Venezuela, al igual que en Bolivia y Ecuador. Se presentan los “golpes blandos” como logros de la democracia y solo persiguen acabar con los avances sociales alcanzados en los últimos años.

La verdadera solución al dilema de jugar o trabajar que tienen ante sí millones de niños latinoamericanos y caribeños que ven llegar un año más sin esperanzas de cambiar su vida miserable, es que sus mayores y ellos mismos decidan luchar, única vía para alcanzar la verdadera condición humana, o no luchar, mantenerse como esclavos modernos, sin futuro ni esperanzas de una vida mejor.


Arsenio Rodríguez

 
Arsenio Rodríguez