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Publicado el 17 Agosto, 2017 por Redacción Digital en Mundo
 
 

EDITORIAL

Venezuela: la hora del pueblo

Una declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba (Minrex) da fe de que, el domingo 30 de julio de 2017, durante las elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente, el pueblo de la fraterna república de Venezuela “ha demostrado al mundo que es dueño pleno de sus derechos soberanos y que milita decisivamente al lado de la paz, en defensa de la seguridad ciudadana, de la independencia y la libre determinación de su Patria, como lo han hecho a lo largo de toda la historia de América Latina y el Caribe, desde Bolívar”.

No es para menos. Las aseveraciones corresponden a una circunstancia particular, en que los hijos más conscientes del país sudamericano se volcaron a las urnas como nunca antes en un proceso de tal cariz, contribuyendo a derrotar la estrategia del imperialismo y las oligarquías y de una oposición que no ha titubeado en desatar las expresiones más brutales de crueldad.

Por eso habrá que insistir en el hecho insoslayable de que ocho millones 89 mil 320 personas no repararon en el peligro ingente de sicarios, pirómanos, saqueadores y francotiradores, dando la razón a aquellos que aprecian el gran arraigo del chavismo en las clases populares, y el valor invaluable para afrontar la violencia. Con una vanguardia de tal jaez cualquier nación se torna invencible.

Irreductible en este caso a pesar de una bien concertada operación foránea, dirigida desde Washington, con el apoyo del inefable secretario general de la OEA, y consagrada a silenciar a toda una pléyade progresista, a desconocer su albedrío, a imponerle rendición mediante ataques y sanciones económicas, entre ellas las insólitas que, provenientes de la Casa Blanca, se ciernen directamente sobre el presidente constitucional Nicolás Maduro Moro, violatorias del Derecho Internacional y completamente arbitrarias.

Con el espaldarazo recibido desde ciertos sitios confabulados en la falacia, la camaleónica oposición –lo mismo desbarra sobre democracia que se muestra ranciamente fascista– se apresuró a proclamar que no reconocería a la Constituyente surgida de la libre voluntad ciudadana.

Pero la afirmación de las autoridades competentes de que tal cantidad de personas ejercieron su derecho a elegir está doblemente certificado, por la cédula electoral y por el control de las huellas dactilares de los asistentes. Material sujeto a verificación de observadores independientes. Todo lo contrario a lo ocurrido en esa pantomima del 16 de julio, cuando los contrarrevolucionarios procedieron a “admitir votantes con documentos o sin ellos, sufragar cuantas veces lo quisiera [n] para luego quemar los registros una vez terminado el relampagueante recuento de los siete millones y medio de votos que mienten haber recibido”, como aseguran especialistas y periodistas dignos de respeto, no necesariamente de izquierda.

El actual estado de cosas ha sido interpretado por la Casa Blanca en su justa dimensión: esta se ha percatado de que el triunfo de la reacción no es tan seguro –más bien, nada seguro– como unos cuantos especulaban, y por ende EE.UU. y sus adláteres criollos se han volcado en una paranoica ofensiva, en sí un violento golpe de Estado, tratando de perpetuar la crisis y el desabastecimiento inducidos, para hacerse del poder y, a fin de cuentas, recuperar para las compañías gringas, en especial, las mayores reservas de hidrocarburo del planeta, enclavadas en un territorio imprescindible en la articulación de los procesos integracionistas del antimperialismo a nivel regional. Y planetario.

Mas, a la postre, el patriotismo pudo más que el desabastecimiento… para las parroquias humildes, que no para los barrios opulentos, donde cierran los ojos ante los vecinos quemados vivos, los linchamientos en horcas o las tundas propinadas con bates de béisbol a pacíficos seres.

Asesinatos de los que se enorgullecen, en una borrachera  patriotera, correctamente justipreciada por el presidente de los consejos de Estado y de Ministros de Cuba, general de ejército Raúl Castro Ruz, quien el pasado 14 de julio expresó en la Asamblea Nacional: “La agresión y la violencia golpista contra Venezuela dañan a toda Nuestra América y solo benefician los intereses de quienes se empeñan en dividirnos para ejercer su dominación sobre nuestros pueblos, sin que les importe generar conflictos de consecuencias incalculables en esta región, como los que estamos presenciando en diferentes lugares del mundo”.

Sí, en Venezuela hoy se juega el destino de todo un subcontinente. Por ello, y por la mutua hermandad existente, la Isla reitera su inquebrantable solidaridad con el pueblo y los dirigentes bolivarianos y chavistas, y con la unidad cívico-militar liderada por Nicolás Maduro.

 


Redacción Digital

 
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