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Publicado el 14 Enero, 2018 por Maryam Camejo en Mundo
 
 

¿Qué pasó con la voluntad del pueblo en Honduras?

La nación exige reconocer a Salvador Nasralla como presidente. (Foto: peru21.pe)

La nación exige reconocer a Salvador Nasralla como presidente. (Foto: peru21.pe)

Por MARYAM CAMEJO

En Honduras se cometen crímenes; engaño, represión, el acto de humillar más el hecho de pisotear la voluntad de un pueblo. Ya BOHEMIA lo dijo antes y lo repite ahora. De un golpe de Estado a otro golpe, ¿los culpables?, Juan Orlando Hernández, Tribunal Supremo Electoral (TSE), Organización de Estados Americanos (OEA), Unión Europea (UE) y para no quedarse atrás, Estados Unidos.

Parecen muchos, pero a la hora de actuar son uno solo. ¿Hasta dónde van a llegar? Es difícil decir en el caso de Honduras, un pueblo que sufrió la expulsión de Manuel Zelaya del poder, y ahora presencia cómo se le arrebata el triunfo a Salvador Nasralla. Las opciones son pocas. Al país solo le queda la opción de luchar, de la manera que encuentre, por la democracia real y la justicia.

En aras de lograrlo es que Nasralla convocó a una manifestación protesta que se convirtió en la segunda más grande desde los comicios en noviembre, cuando el candidato de Alianza de Oposición iba ganando en el voto, y el sistema se cayó misteriosamente. Tras volver a ponerse en marcha Hernández tenía la ventaja.

El fraude electoral es evidente. El TSE se ha mostrado totalmente alineado a las fuerzas represivas, autoras de un golpe de Estado anterior que hoy plagian sin vergüenza. Rodeados de un discurso hipócrita, los organismos implicados han terminado reconociendo la victoria de Hernández, y la OEA, que reportó “irregularidades” en el proceso –eufemismo conveniente– lo único que se atrevió a proponer es repetir las elecciones presidenciales.

Surge la pregunta de si a nadie le interesa lo que pasa en Honduras. El primero que no quiere ningún tipo de política progresista en Latinoamérica es Estados Unidos, un gobierno interesado en la compra de armas y el control militar regional a través de la presencia de tropas en la base de Palmerola, ubicada a 90 km de Tegucigalpa, donde operan al menos 500 soldados norteamericanos.

Lo que ha sucedido en Honduras es una línea más en la lista de países donde se intenta regresar al tiempo de la derecha represiva y violenta, y de paso borrar el sudado avance de la izquierda. Brasil, Argentina, continuos intentos en Venezuela, todo parte de una misma política que se teje en las blancas paredes de la casa en Washington.

Casi de risa, o llanto, es escuchar a Orlando Hernández decirle al pueblo del cual no es representante en absoluto, que el proceso electoral ha sido una demostración de democracia “con sus particularidades” –otro eufemismo para la palabra fraude-. Y por si fuera poco declaró su compromiso de generar empleo, y garantizar “un mejor nivel de vida para la clase media y los sectores más necesitados”, además de trabajar en pro de la seguridad ciudadana en su país.

Tres cosas importantes sobresalen en su discurso. En primer lugar, a menudo, subir el nivel de vida de la clase media significa cerrar programas sociales, hacer recortes y en el proceso, aumenta el “sector más necesitado”, que es sencillamente la consecuencia de la distribución desigual de las riquezas. Por lógica, las élites terminan siendo las más beneficiadas. Los más pobres solo crecen en número y nivel de pobreza.

En estos momentos el pueblo no tiene otra salida que tejer su propia historia. Orlando Hernández representa todo contra lo que hay que luchar en América Latina, para que no siga aumentando la cifra de más de 30 personas muertas por la represión militar en las manifestaciones de los seguidores de Nasralla, o la de más de 800 arrestos por denunciar lo que merece ser denunciado: un crimen contra Honduras.


Maryam Camejo

 
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