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Publicado el 12 Marzo, 2018 por Redacción Digital en Mundo
 
 

EUROPA

Europa en reversa

Los malestares de la región siguen abriendo un camino que agrieta todo lo que se pensaba que eran los valores europeos

Por MARYAM CAMEJO

Mapa político de la derecha en Europa. (realistitutoelcano.org)

Mapa político de la derecha en Europa. (realistitutoelcano.org)

Demasiado ruido hay en Europa. El continente de la ciudad romántica de París, de los países prósperos de la Unión Europea, llenos de blancos sofisticados de ojos azules, ahora es el lugar de los árabes, las amenazas, los posibles terroristas, los echados de las casas y los trabajos, protestas, inconformismos y decepciones. Ya París no es tan romántica; los países, frente a la prosperidad, van en reversa, y los blancos atractivos son agujas en un gran pajar repleto de inmigrantes.

Las anteriores serían las líneas ideales para un artículo que pretenda salpicar, como por error, la mente de un europeo y decirle “indirectamente” que su proyecto de vida está más cerca de una utopía, porque la realidad se la han robado otros, los inmigrantes, por ejemplo.

Demasiado ruido hay en Europa. Los malestares de ese continente no solo provocan dolor de cabeza, sino desempleo, desesperanza, desconsuelo social y decepción de grandes proporciones y otras tantas palabras prefijadas con “des” para toda la población en general sin distingo de ningún tipo.

Por desgracia para los pueblos de la región, la derecha se derechiza más y la izquierda no ha sabido manejar la situación y ha perdido adeptos, en lo que está presente la crisis económica de 2008. Como resultado, la derecha clásica y la ultraderecha se han armado de un discurso que aprovecha cada pedazo de miseria social para convertirla en materia prima de odio, racismo, xenofobia y nacionalismo. Todo aglutinado en un populismo de la peor calaña que ha dado marcha atrás a lo que supuestamente había nacido con el Tratado de Roma hace 60 años, a partir del cual, para muchos, Europa se había convertido en una historia de éxito.

En todo el continente sobran las evidencias de lo que sucede. El año 2017 fue intenso en cuanto a elecciones y, como todo período crítico, este tiempo dejó ver lo que en Europa venía gestándose, alimentado por el odio y la intolerancia. Holanda, Francia y Alemania fueron las tres citas electorales que más dieron de qué hablar.

Los dos primeros tuvieron algo en común: las fuerzas ultraconservadoras se aproximaron a la victoria pero no la lograron. Geert Wilders y Marine Le Pen articularon un discurso euroescéptico y nacionalista en el cual los culpables de todos los males europeos caían en los hombros de los que llegaban huyendo de la violencia y la guerra, esperando encontrar asilo en un lugar nuevo, diferente y diverso, que los acogiera. Wilders optó por incentivar el cierre de mezquitas, escuelas islámicas e impedir la entrada al país de más “amenazas a la identidad cultural de su pueblo”, para luego coronarlo con un referéndum para el Netxit, siguiendo los pasos de Reino Unido y su salida de la Unión Europea (UE).

Pero la derrota de Wilders no significa que él, o lo que representa, haya salido del escenario político, ni siquiera que una nueva Europa esté surgiendo de las cenizas, una que rechaza estos conceptos racistas, como algunos politólogos sugieren. Al contrario, en una reunión de ultraderechistas en Praga realizada en diciembre pasado, el líder holandés llamó a la región a seguir las tácticas del gobierno australiano, de virar atrás los botes de migrantes y a crear nuevos muros, como promueve Donald Trump. Y por si fuera poco, empezó el año dirigiendo una campaña contra la supuesta “islamización de Europa” que según él está teniendo lugar en estos momentos.

Marine Le Pen y algunos cambios en su partido

Los fracasados en las urnas Geert Wilders (Holanda) y Marine Le Pen (Francia). (thetelegraph.co.uk).

Los fracasados en las urnas Geert Wilders (Holanda) y Marine Le Pen (Francia). (thetelegraph.co.uk).

En Francia Jean-Marie Le Pen llevó al Frente Nacional (FN) a ser considerado antidemocrático, antisemita, homófobo, racista, reaccionario y hasta premoderno, lo cual se produjo después de un alza del partido a partir de 1984, con la actuación de Le Pen, padre, en el programa televisivo La hora de la verdad, en horario de máxima audiencia.

Los temas que el FN puso a debate fueron sobre la comunidad judía, la historia de la Segunda Guerra Mundial, el continente africano, las enfermedades de transmisión sexual y los homosexuales, con el propósito de provocar el escándalo y la condena moral de la opinión pública. Pero con el paso del tiempo las circunstancias cambiaron, el discurso del FN se mostró marcado por el odio y el irrespeto a las víctimas de los crímenes nazis, con lo cual Marine Le Pen vio la oportunidad perfecta para echar fuera a su padre e iniciar una profunda transformación de imagen y proyección del partido.

Superados los viejos estereotipos a lo interno de la organización, el FN se propone como el antídoto definitivo para curar la enfermedad de una izquierda separada de la derecha. Le Pen hija, se mostró a sí misma como un paso agigantado, en el que la división ideológica de conducción de un país quedaba como capítulo del pasado en los libros de historia.

Su lema fue Francia para los franceses, y como el holandés Wilders, aspiraba a un referéndum para el Frexit. Como era de esperar también estuvo presente en la cita de diciembre, en la que declaró que los grupos de ultraderecha estaban vinculados por la creencia de que la UE era una “organización catastrófica y desastrosa” y los flujos migratorios eran “inaguantables”.

A diferencia del curso de las elecciones en Francia y Holanda donde la derecha perdió, en Alemania, a pesar de que Ángela Merkel ganó las presidenciales y empezó su cuarto mandato, el partido nacionalista Alternativa para Alemania (AfD) ganó sus primeros escaños en el Parlamento y se convirtió en la tercera fuerza política del país. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial un partido de extrema derecha logra ingresar al parlamento nacional y a diferencia del partido francés FN, que tiene una larga historia, el alemán AfD es otra formación constituida en 2013.

Y la lista continúa

3 ¿Burkas? No, queremos biquinis, foto de campaña del AfD en Alemania. (lavanguardia.com)

¿Burkas? No, queremos biquinis, foto de campaña del AfD en Alemania. (lavanguardia.com)

La tira de ultraderechistas no termina con estos tres países. Otras formaciones del mismo corte han ganado posición en Austria, República Checa, Grecia, Dinamarca…

Muchos ojos pondrán la mira en Italia, donde están previstas elecciones generales para el próximo marzo, y el partido Liga Norte, considerado ultraderechista, antinmigración y antieuropeo podría acceder al Gobierno en el seno de una coalición de centroderecha.

Lejos de asistir a un resurgimiento de la Europa para volver a hacer de ella una historia de éxito, son cada vez más visibles las grietas y los malestares del continente. El auge de los partidos de derecha es el producto final, vendido como antisistema y solución –¿cuándo la derecha ha tenido esas características?

Varios factores han conducido a este punto de la historia moderna. Algunos analistas opinan que la hiperglobalización del comercio y las finanzas, que pretendía crear mercados mundiales perfectamente integrados, desgarró a las sociedades domésticas y ha profundizado las divisiones de clase entre quienes tienen las habilidades y los recursos para sacar ventaja de los mercados internacionales y quienes no los tienen.

Como explica Dani Rodrik en su artículo de prensa La abdicación de la izquierda, las divisiones de ingreso y de clase, en contraste con las divisiones de identidad basadas en la raza, la etnia o la religión, tradicionalmente han fortalecido a la izquierda política. Una diferencia esencial entre la derecha y la izquierda es que la primera se nutre de la profundización de las divisiones existentes en la sociedad –“nosotros” contra “ellos”–, mientras que la izquierda, cuando tiene éxito, supera esas divisiones mediante reformas que las cierran.

¿Por qué entonces la izquierda europea no ha sabido responder? La derecha está consciente de ello y se aprovecha acentuando las diferencias y las divisiones, llamando a arreglar el statu quo no hacia una nueva forma de organización, sino a un regreso de establecimiento de clases –nuevas clases- y de paso olvidarse del resto del mundo, como si los europeos no formaran parte del mismo planeta donde algunos tiran bombas, y la mayoría las ven caer.

Este símbolo se utiliza en las manifestaciones de la derecha en toda Europa. (dw.com)

Este símbolo se utiliza en las manifestaciones de la derecha en toda Europa. (dw.com)

El fenómeno derechista entonces, no es una respuesta antisistema, sino “el plan B del sistema”, cuando la izquierda carece de una respuesta coherente. Así lo llama el escritor y filósofo Josep Ramoneda. Este autor establece la diferencia entre los términos más utilizados para analizar la situación y aclara que la ultraderecha se mueve en el espacio intermedio que separa a la derecha clásica del fascismo. En la derecha hay siempre una pulsión a favor del orden impuesto, que no es el caso del fascismo, que pretende la construcción de un Estado nuevo, alienta a las masas contra las élites, cree en la violencia y en la guerra como estado superior de la realización humana.

Los espacios de proximidad entre la extrema derecha y el fascismo radican en la exaltación nacional y la defensa de una identidad excluyente conceptualmente cercana a la idea de raza.

Si la derecha clásica solo admite la violencia si se ejerce en los límites fijados por la ley; la derecha extrema la contempla como un medio entre otros, y así el rechazo al extranjero se convierte en xenofobia, el patriotismo en nacionalismo identitario, la lucha antiterrorista en guerra al Islam, la autoridad en autoritarismo.

El filósofo recuerda que en 2008 los que pudieron mantener sus trabajos favorecidos por la caída de la inflación, lograron trampear la crisis razonablemente, pero se sintieron asediados por una de los sentimientos que más rápidamente se propagan en las clases medias: el miedo. Los que perdieron posición y se encontraron ante un abismo que creían ya superado para siempre, entraron en el desconcierto y la angustia. Y muchos de ellos abandonaron a los partidos en los que habían confiado al sentirse traicionados y se dejaron llevar por el rechazo a la política o por las promesas de redención comunitarista –entiéndase como la exacerbación de la sociedad civil por encima del individuo–, que ofrecía el discurso duro de la extrema derecha.

La ciudadanía, en su desamparo, necesitaba chivos expiatorios y los encontró en los inmigrantes y en las élites, entiéndase UE.

Finalmente, en una especie de proceso circular, la derechización de Europa debilita las grandes tradiciones liberales y republicanas europeas y aparece el comunitarismo como alternativa.

La extrema derecha no es solo un fenómeno amenazador dentro de Europa, sino también representa el peligro para el orden reconstruido tras la Segunda Guerra Mundial. Representa un desafío importante en un escenario internacional en donde los retos que experimenta el planeta son los más elevados desde el término de la guerra fría.

Urge para Europa una alternativa de la izquierda que pueda brindar soluciones a la región que pongan fin a las ovaciones que les siguen a expresiones como las de Tomio Okamura, líder del partido SPD en la República Checa: “Críen perros y cerdos como mascotas y sáquenlos a pasear cerca de sus vecindarios y mezquitas”.


Redacción Digital

 
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