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Publicado el 15 Junio, 2018 por María Victoria Valdés Rodda en Mundo
 
 

COREA-USA

Conjuro necesario por la paz

El mundo aplaude el acuerdo entre Pyongyang y Washington, aunque todavía falte una línea clara en las negociaciones
El presidente estadounidense Donald Trump y su homólogo norcoreano, Kim Jong-un, consensuaron intereses. (republica.com)

El presidente estadounidense Donald Trump y su homólogo norcoreano, Kim Jong-un, consensuaron intereses. (republica.com)

Por MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Los ecos mediáticos sobre uno de los acontecimientos más tratados en los últimos años debido a su importancia para la paz mundial se mantienen. La expectativa internacional sobre este tema alcanzó similares niveles que cuando el Gobierno de Barack Obama selló un entendimiento con Irán. Sin embargo, ahora, con Donald Trump la preocupación ha sido superlativa, teniendo en cuenta los vaivenes del magnate, quien finalmente terminó por reunirse con el líder norcoreano, Kim Jong-un.

Algo inédito en la política exterior estadounidense, y que supone un “as” para la actual Casa Blanca, desprestigiada por los desplantes trumpianos: en enero de 2017 firmó una orden ejecutiva para retirar a EE.UU del Acuerdo Transpacífico, y en mayo rompió también su pacto con Irán, en virtud del cual la nación persa renunciaba a su programa nuclear. Otros ejemplos más podrían traerse a colación. Por lo mismo debe asumirse con suma cautela lo negociado con los Estados Unidos.

Colocados frente a frente, este 12 de junio, en Singapur, ambos ratificaron sus compromisos: la República Popular Democrática de Corea (RPDC) con el desmantelamiento de su armamento atómico, y su contraparte evaluó garantías de seguridad, aunque sin establecerse plazos para ninguna de las dos cuestiones.

Aun así muchos expertos califican este suceso de histórico. Percepción acertada, porque ha pavimentado el camino para solucionar uno de los problemas más acuciantes de nuestra época. No obstante esta verdad, hay algo que llama poderosamente la atención: el énfasis de la prensa en la RPDC, como si esta fuera la mala de la película y Kim Jong-un el villano, sin sopesar su disposición a tratar todos los asuntos espinosos.

En una reunión con el canciller ruso, Serguéi Lavrov, celebrada semanas atrás, el líder norcoreano había reiterado su objetivo de desnuclearización en un proceso que espera ocurra de forma “progresiva”. Apuntó que las soluciones vendrán únicamente de la mano de “un diálogo efectivo y negociaciones constructivas”. Justo por pensar de esa manera propició en abril una cumbre con su homólogo surcoreano, Moon Jae In.

Antecedentes esenciales

Para que este acuerdo sea a la larga sustentable es imprescindible el respeto estadounidense, pero la historia pesa sobremanera, de modo que no es ocioso recordarla: el imperio pretende desconocer la ascendencia de los acontecimientos emanados tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la península de Corea fue dividida por el paralelo 38. Con tal de “frenar el auge del comunismo” en la región y en aras de evitar la emergencia de posibles aliados para China, Washington propició una guerra (1950-1953).

Esta contienda dividió a la nación coreana, a la vez que creó tal clima de inestabilidad y confrontación que obligó a la RPDC a implementar su Teoría Judge (Zuche), de alta prioridad estatal al desarrollo militar defensivo en detrimento de otros renglones. En un contexto contemporáneo, en nada han contribuido ni los sistemáticos ejercicios militares surcoreano-estadounidenses ni los lanzamientos de misiles nucleares de Pyongyang.

De cualquier manera, el acuerdo firmado por Kim Jong-un y Donald Trump supone un soplo de aire fresco para el mundo. Ahora estamos en presencia de una distensión que se avizora como un proceso largo y complejo.

Y aunque el presidente estadounidense llamó a mirar más hacia el futuro que al pasado, todavía a la RPDC no le han sido dadas garantías palpables y tangibles. De momento existe la intención –y solo la intención– de eliminar los ejercicios conjuntos. En ese sentido, la probable suspensión de las maniobras militares de la península permitiría, según Trump, “un tremendo ahorro para nosotros”, muy a tono con su filosofía mercantilista.

Frase que debe ser contextualizada de cara a unas elecciones de medio término, en noviembre de este año. Muchos (incluido el millonario mandatario) las perciben como una especie de referéndum sobre la actual presidencia y sobre los republicanos, y su propuesta de “América primero”. Conocida es la tendencia yanqui de mover piezas en el tablero planetario para airear sus dificultades domésticas. El politólogo Vladímir Térejov considera que “el apaciguamiento de la situación en la península y la hipotética salida de las fuerzas estadounidenses podrían beneficiar a la mayoría de los grupos de poder” de la nación norteña.

Además de desechar el armamento nuclear, es vital desmantelar el andamiaje de las medidas punitivas contra la Corea socialista. Washington, por tanto, debería puntualizar sus garantías de seguridad y reconocer diplomáticamente a Corea del Norte a cambio del cese del programa nuclear de esta con fines bélicos, pasos que deberían ser simultáneos y no sucesivos, a diferencia de lo que ha pretendido Trump hasta el momento.

Repercusión internacional

Tal como se esperaba, uno de los primeros en manifestar su beneplácito fue Seúl. Moon Jae In consideró exitosa la cita bilateral. “Quiero expresar el mayor de los elogios ante la determinación de los dos líderes, por no conformarse con una realidad ya caduca al dar un paso arriesgado hacia el cambio”, señaló en un comunicado de la oficina de la presidencia. Para él este acontecimiento será recordado por “ayudar a derrumbar el último legado de la Guerra Fría”.

Mientras que el ministro chino de Relaciones Exteriores, Wang Yi, espera que contribuya a despejar las interferencias y dejar atrás las dificultades sobre la base del consenso. Abogó por traducir las conversaciones en gestiones concretas que acometa el interés primordial: desnuclearizar la península coreana.

China ha sido sostenidamente respetuosa, abogando por un entendimiento sin precondiciones inasumibles para Pyongyang de cara a alianzas pragmáticas, beneficiosas para todas las partes involucradas y que, por consiguiente, puedan transformar la inestabilidad regional en un panorama equilibrado y libre de tensiones. Beijing –atendiendo a los lazos históricos de amistad y cooperación con la RPDC– propone una flexibilización del entorno.

En opinión de analistas, si se logra que la ONU modifique las penalidades contra Corea Democrática, existen mayores probabilidades de que Pyongyang lleve hasta el final lo prometido en Singapur. En noviembre de 1917, el Consejo de Seguridad adoptó de forma unánime sanciones promovidas por los Estados Unidos en respuesta a una prueba con misil balístico intercontinental. Esa situación condicionó el negativo criterio de la RPDC, cuyo Gobierno valoró la actitud de la ONU como un “acto de guerra”.

De ahí que previamente a la cita de Singapur algunos se atrevieron a imaginar parcialidad del secretario general de la ONU, António Guterres; sin embargo, este se pronunció acorde a su habitual postura conciliadora, considerando el hecho “como prometedor para la paz y la seguridad mundial. El mundo está observando”. Señaló asimismo de muy constructivo que ambos líderes traten de superar el peligroso ciclo que tanta preocupación causó el año pasado. Necesario conjuro contra el fantasma de otra guerra en la península coreana.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda