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Publicado el 2 Noviembre, 2018 por María Victoria Valdés Rodda en Mundo
 
 

EE.UU. y la inmigración. Personas desesperadas

El actual flujo migratorio en Centroamérica tiene su raíz en las políticas neoliberales de Washington, pero en vez de ayudar envía un mensaje de muerte
Caravana de migrantes/ bbc.com

(Foto: BBC.com)

Por MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Huyen del frío, del calor, de la falta de agua y de alimentos, también de la intromisión en su entorno natural. Las estampidas impresionan porque transmiten esa fuerza biológica, que atropella en el avance. Ante semejante fenómeno los científicos observan y los periodistas reportan. Por estos días Centroamérica está conmocionada por el paso de miles de seres humanos desesperados por las bestiales condiciones económicas y sociales que los han obligado a marchar.

(Foto: prensa-latina.cu)

Los emigrantes centroamericanos –con preponderancia de hondureños– pretenden alcanzar una vida superior en una tierra que propagandísticamente se vende a sí misma como la mejor del mundo, pero que los rechaza. Ese trabajoso empeño de cruzar fronteras (al cierre de esta edición ya andaban por suelo azteca) puede convertirse en una matanza, similar a la que hace un granjero cuando los bisontes están en la trayectoria de su propiedad. Confirmando que sus sentimientos antiemigrantes no son únicamente retóricos, el presidente estadounidense Donald Trump ordenó el envío de tropas a la frontera para impedirles el paso: 1 800 militares a Texas, 1 700 a Arizona y 1 500 a California. Más tarde se habló de 7 000 efectivos, y después de 15 000.

Migrantes centroamericanos hacia EEUU

Foto: .lapagina.com.sv

Este 13 de octubre salió de San Pedro Sula, en Honduras, un nutrido grupo que a la altura de este comentario ya rebasaba los siete mil. Mientras, se empleaba a fondo en bombardear con fósforo blanco a Siria, o en maquinar nuevas perversidades contra la Revolución Cubana, Washington, mostraba total indiferencia por el informe de la Unicef México en relación con este éxodo. una de cada cuatro personas, camino a Estados Unidos, son niños, con un promedio de cuatro años de edad.

Son sus padres unos insensatos, podría argumentar el presidente estadounidense y acaso ¿no es irresponsable abandonar el Acuerdo para el Cambio Climático de París que debería proteger a la humanidad contra grandes catástrofes? Demostraciones palpables de esa cuestionada alteración del clima ya se están dando en Centroamérica con irregularidades en los ciclos de lluvia y  períodos prolongados de sequías, condicionando que miles de familias hambrientas dejen el campo rumbo a ciudades asfixiadas por sus problemas de insalubridad e infraestructura, y al no encontrar allí salida a sus males, se enrumban más al norte.

Caravana en marcha desde Honduras rumbo a EEUU/ PL

(Foto: prensa-latina.cu)

Y si por el contrario, deciden quedarse para defender a sus comunidades corren el riesgo de morir, tal como le ocurrió a la activista ambientalista, Berta Cáceres, antagonista del saqueo de los recursos nacionales hondureños; práctica habitual del imperio que en 2009 apoyó un golpe militar, con vistas a empoderar aún más a sus compañías mineras e hidroeléctricas, cuestión a la que era opuesto el gobierno de Manuel Zelaya.

A consecuencia de esa política –en tal oportunidad en manos de los demócratas– y con la complicidad de una élite local entreguista, hoy por hoy Honduras es uno de los países más pobres de América Latina: 80 por ciento de la población vive en la pobreza y un 46 en extrema pobreza. Desde meses atrás había indicios de esta “estampida”, y lejos de ofrecer soluciones que dignifiquen la condición humana, en un inicio, el republicano Trump amenazó a sus homólogos centroamericanos con quitarles además de su “ayuda”, “la vaca lechera” del TLC, proyecto neoliberal cuya incidencia en la región ha provocado la asfixia económica y la pauperización de las condiciones de vida de la población. En perspectiva, “la solución” para quienes huyen en masa hacia Estados Unidos, de su entorno social adverso, es un recibimiento a sangre y fuego, y el horror de enjaular a niños, como han hecho ya.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda