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Publicado el 31 Diciembre, 2018 por Maryam Camejo en Mundo
 
 

Europa turbia por el descontento social

La anunciada salida del Reino Unido de la Unión Europea tuvo altos y bajos en 2018, y una incertidumbre sostenida
Cada vez más cerca la posibilidad de un segundo referendo sobre el Brexit. . (Foto: (ucsp.edu.es)

Cada vez más cerca la posibilidad de un segundo referendo sobre el Brexit. . (Foto: (ucsp.edu.es)

Por Maryam Camejo

Una cascada de sucesos en contra de Theresa May marca los últimos meses previos al Brexit. Renuncias en el gabinete, desconfianza dentro y fuera de Londres y una moción de censura que puso a tambalear a la primera ministra. La anunciada salida del Reino Unido de la Unión Europea tuvo altos y bajos en 2018, y una incertidumbre sostenida.

Por un lado, la renuncia de varios de sus ministros estrella, entre ellos los dos jefes negociadores del Brexit con la Unión Europea (UE). El primero fue David Davis, un reconocido euroescéptico, quien lideró la mayoría de la negociación con Bruselas hasta julio, cuando May presentó su estrategia para el divorcio conocida como “Chequers”. El polémico canciller Boris Johnson también dejó el Gobierno, y pocos meses después lo hizo su hermano Jo.

May se vio obligada a recomponer inmediatamente su equipo con ministros más jóvenes, para seguir las difíciles negociaciones. Las partes llegaron a un acuerdo que no dejó satisfechos ni a Bruselas ni a Londres, pero fue “el mejor posible”, dada la complejidad del asunto, en palabras de May. Entonces, su otro ministro del Brexit, Dominiq Raab, también renunció, por diferencias irreconciliables con lo alcanzado con Europa. La premier quedó prácticamente sola defendiendo el trato, hecho más que evidente en el Parlamento.

Expertos y académicos coinciden en que 2018 ha sido el año del caos para el divorcio. Dos años de negociaciones que avanzaron lentamente y con asuntos fundamentales aún por resolver evidencian que cuando se planteó la estrategia de las negociaciones con el bloque europeo se tuvo una concepción centralista de Inglaterra y no se estudió el impacto en los otros países del Reino Unido: Irlanda del Norte, Gales, y Escocia, que votó mayoritariamente para seguir en el bloque comunitario. Y con la inminencia del Brexit, se ha despertado nuevamente el “grito” de independencia del resto del Reino.

Ante la incertidumbre, ningún escenario puede descartarse. Ni el divorcio en marzo sin un acuerdo, un segundo referendo con la obligatoria extensión del artículo 50, una moción de confianza al Gobierno que pedirían otros partidos. Lo único cierto es que May está muy debilitada políticamente, tampoco tiene gobernabilidad en su partido y si no logra que Europa haga concesiones sobre la frontera con Irlanda del Norte, el Parlamento no aprobaría su plan de Brexit y se desataría una crisis peor, cuyos efectos no se pueden medir.

El peligro de un giro a la derecha

El reciente resultado obtenido por Vox en las elecciones andaluzas era algo que ningún sondeo vaticinaba. Los sondeos más ventajosos para el partido de Santiago Abascal le otorgaban alrededor de ocho parlamentarios, pero la formación de ultraderecha finalmente obtuvo 12.

La ideología de Vox ha sido muy atacada, debido a sus propuestas acerca de leyes sobre violencia de género e inmigración. En su programa electoral, el partido propone cerrar las fronteras y aboga por la deportación de la migración ilegal. Además, se opone a la exhumación de los restos del dictador Francisco Franco y apuesta por derogar la ley de violencia de género, al considerar que discrimina a los hombres. Estas son algunas medidas que comparte con otras agrupaciones de ultraderecha, que cada vez tienen más importancia en Europa.

Por otro lado, las políticas contrarias a la inmigración de Matteo Salvini en Italia han logrado el apoyo de los ciudadanos. Ahora, desde el Ministerio del Interior, Salvini ha introducido restricciones a los inmigrantes, suspendiendo así los permisos de residencia por motivos humanitarios, que daban acceso al mundo laboral y a la seguridad social a los refugiados.

En Francia, contra todo pronóstico, en los días posteriores a la victoria de Emmanuel Macron, su popularidad como presidente ha ido cuesta abajo. En julio, su nivel de aprobación descendió del 66 por ciento al 41, y un alto porcentaje de la opinión pública vio en él a un dirigente que se había alejado de la agenda de problemas que interesan al pueblo galo y era indiferente a los temas sociales. El último eslabón conocido de esa realidad fue un impuesto verde al diésel, que provocó el surgimiento de los denominados “chalecos amarillos”, movimiento cuyo nombre hace referencia a la vestimenta fosforescente que en Francia debe usar cualquier conductor en caso de incidentes en carreteras.

Surgió en protesta por el alza de los carburantes y luego evolucionó como una expresión de descontento contra el deterioro del poder adquisitivo. A pesar de que Macron está tomando medidas para detener las manifestaciones, hasta finales de 2018 no lo había logrado.

Algunos medios de prensa comienzan a especular que el clima de protesta se está extendiendo en Europa hacia Alemania, donde Angela Merkel ya no está al frente de la Unión Cristianodemócrata, después de 18 años liderando la formación. Relacionado o no con el movimiento en Francia, lo cierto es que en Hungría los ciudadanos también decidieron ocupar las calles por nuevas medidas del Gobierno. La llamada “Ley de esclavitud”, que el presidente planea poner en práctica, despoja a los trabajadores del derecho propio de cobrar por su trabajo en lo que se refiere a horas extras, porque les da a las empresas la concesión de prácticamente obligar a las personas a trabajar 400 horas extras, para ser pagadas en tres cuotas que pueden convertirse en tres años. Los manifestantes se han abanderado con la frase de que están globalizando la esperanza.

La Europa de hoy está hirviendo, y quizá para el actual año ello pueda agravarse, si se agudizan las contradicciones con los Estados Unidos.

Donald Trump y el afán de controlar a Europa

Merkel y Macron miran inquisitivamente a Donald Trump en la cumbre del G7. (infobae.com)

Merkel y Macron miran inquisitivamente a Donald Trump en la cumbre del G7. (infobae.com)

Las discrepancias con el presidente norteamericano han sido una avalancha para el bloque. Se evidenció a mitad de año en la Cumbre del G7, que reúne a siete de los países más poderosos del planeta. El rechazo de Trump a firmar el acuerdo final dejó atónitos a Emmanuel Macron y Angela Merkel. “Habíamos estado hablando seriamente de temas clave, habíamos llegado a un acuerdo, y luego la forma en la que el presidente retiró su apoyo, a través de un tuit, fue como una ducha fría e incluso deprimente”, dijo la última.

Además, la Unión Europea en resguardo de las relaciones comerciales y diplomáticas con Irán, dio la espalda a las sanciones de Washington contra esa nación, lo que el secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, consideró una medida “contraproducente”.

Encima de todo esto, dando rienda suelta a sus ansias de extender su dominio militar a través de la OTAN, Donald Trump envió cartas a varios mandatarios donde se quejaba de que no aportaban lo suficiente a la organización. En la misiva dirigida a su homólogo español, le recordó a Pedro Sánchez que su predecesor en la presidencia del Gobierno, Mariano Rajoy, se comprometió en 2017 a aumentar la inversión en gasto militar hasta el dos por ciento del producto interno bruto (PIB).

Con la llegada desordenada de migrantes que huyen de la guerra, y los problemas económicos que afectan al continente, las corrientes de ultraderecha han ganado espacio y frente a un panorama de tal magnitud, Estados Unidos pretende sacar de todas las arcas para hacer la guerra sostenible, algo que la UE no está en posición de llevar a cabo. Además, una ola de independentismo comienza a filtrarse en el aire, más allá de los confines de Cataluña, otro asunto que deberá encontrar un punto medio en 2019.


Maryam Camejo

 
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