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Publicado el 7 Diciembre, 2018 por Redacción Digital en Mundo
 
 

Una bandera cubana en el Olimpo

 

El autor escalando el pico Mytikos por la ruta de Luky, el 10 de septiembre de 2018. Detrás, en la foto, Dimitris Strogilos. (Foto: ANASTASIA NECHAEVA)

El autor escalando el pico Mytikos por la ruta de Luky, el 10 de septiembre de 2018. Detrás, en la foto, Dimitris Strogilos. (Foto: ANASTASIA NECHAEVA)

Por JOSÉ ORIOL MARRERO MARTÍNEZ *

Ningún asentamiento humano como Litojoro, el pueblito a 18 kilómetros de la base del monte Olimpo –cadena montañosa donde está el pico Mytikos, punto geográfico más alto de Grecia–, tiene el privilegio de cobijar el día antes del ascenso a tantos soñadores que desean llegar a la cima, o el día después a los que convirtieron el sueño en realidad, o no. Litojoro es el tobillo del gigante, el montañódromo, si se permite la licencia; donde te lo piensas dos veces mirando tres kilómetros hacia el cielo, más allá de las nubes que corren movidas por el viento que sopla desde el mar –reino de Poseidón– hacia el Trono de Zeus, en la cúspide del promontorio. Por allí empieza la subida.

Estar en Litojoro significa que antes hubo una decisión y una preparación, al menos elemental, que luego descubres no es suficiente, cuando compruebas que, también en el Monte Olimpo, hay cosas que solo se aprenden haciéndolas.

Los primeros mil metros

El grupo asciende los primeros 1 000 metros. Del fondo hacia el primer plano: la guía ruso-griega Anastasia; el greco-francés Dimitris, la colombiana Paola y el griego Panagiotis. (Foto: JOSÉ ORIOL MARRERO MARTÍNEZ)

El grupo asciende los primeros 1 000 metros. Del fondo hacia el primer plano: la guía ruso-griega Anastasia; el greco-francés Dimitris, la colombiana Paola y el griego Panagiotis. (Foto: JOSÉ ORIOL MARRERO MARTÍNEZ)

Primero en un parqueo de Litojoro, y luego en la cálida Prionia, nos vimos por primera vez los integrantes del equipo que haríamos juntos el ascenso, y conocimos a la guía de la Agencia Olympus Trek, joven pero experimentada en ires y venires por las rutas del Olimpo. El equipo lo integramos el griego Panagiotis Kakkales, el greco-francés Dimitris Strogilos, la colombiana Paola Palacios y un cubano (el que suscribe), más la guía ruso-griega, Anastasia Nechaeva. Composición multinacional muy bien recibida por todos, en la cual la comunicación fluyó sin dificultad en griego, ruso, francés, inglés o español, o en todas esas lenguas a la vez, en un ajiaco lingüístico que daba risa.

La partida hacia el monte Olimpo fue el 9 de septiembre desde Prionia, la pintoresca base a 1 100 metros sobre el nivel del mar, junto al serpenteante río Enipeas. Allí, luego de una amena charla-lectura de cartilla por un guía con el aval de cuatro ascensos al Himalaya e innumerables escaladas al monte Olimpo, cada miembro del grupo firmó una declaración en la que asumió la total responsabilidad por su vida. El “curso” duró lo que la ingestión de un té caliente, con el fluir del Enipeas de fondo.

A las 11:40 de la mañana, bajo fuerte sol y con una temperatura de 30 grados Celsius (0C) , armados de bastones y cascos de protección, partimos los cuatro escaladores y la guía. Había empezado el ascenso, en su primera etapa, desde los 1 100 metros de Prionia hasta los 2 100 metros, en el refugio de Spilios Agapitos. Un kilómetro que exigió caminar seis, en cuatro horas de marcha siempre ascendente.

Bienvenida agorera

El helicóptero de rescate maniobra sobre la cordillera. (Foto: JOSÉ ORIOL MARRERO MARTÍNEZ)

El helicóptero de rescate maniobra sobre la cordillera. (Foto: JOSÉ ORIOL MARRERO MARTÍNEZ)

Una noticia sombría nos llegó mientras intentábamos coronar los primeros mil metros. Supimos por la frecuencia de comunicación del grupo de un accidente ocurrido a una escaladora en la zona a la que nos dirigíamos. Minutos después de recibir la información apareció y desapareció, haciendo grandes círculos entre las inmensas gargantas del monte Olimpo, un helicóptero. En tres ocasiones intentó sobrevolar el área del accidente para recoger a la víctima, pero los fuertes vientos a más de dos kilómetros de altura se lo impidieron.

Gracias a la pericia del piloto, el rescate finalmente se realizó y el helicóptero, volando rasante entre las copas de los pinos enormes de la cordillera de los Balcanes y desafiando los fuertes vientos, a toda potencia, se perdió tras la montaña. Si alguno de nuestro equipo pensó que el ascenso a la “lomita” sería un paseo, este incidente seguro le hizo variar de opinión.

Interesado en sacar mi propia lección del suceso, le pregunté a la guía qué habría podido pasarle a la montañista. “Un error”, me respondió sin inmutarse. Y los errores en el monte Olimpo, sobre todo en la parte alpina, a la que nos encaminábamos, pueden ser fatales. Entre 1932 y 2017 han muerto 59 personas en el intento de conquistar la cumbre. Los accidentes han ocurrido sobre todo en los últimos 300 metros de la ruta, en la que abundan riscos, bocas y grandes precipicios. Errores pueden ser no ver el camino, tropezar, resbalar, caerse, poner mal un pie o una mano, dar pasos muy largos y rápidos, sobreestimar las posibilidades propias; ser temerario, o sentir miedo, cansancio. También hay eventos fatales: una piedra que se desprende de lo alto, un dolor muscular, un mareo, un ataque de nervios, un alud de nieve.

Cambio de temperatura olímpico

En el recorrido de seis kilómetros para ascender los primeros 1 000 metros comenzó a dar guerra la rodilla de un compañero, con lo cual el ascenso, de por sí duro y agotador, se hizo más lento. A las cuatro de la tarde llegamos a Spilios Agapitos, donde exprimimos las camisetas, empapadas de sudor, y nos pusimos ropa seca.

En el monte Olimpo, a medida que se escala, las variaciones de temperatura y de humedad son más drásticas. Se dice que cada 200 metros de ascenso la temperatura disminuye un grado, ya sea por el viento, por la humedad o por ambos. Durante nuestra subida, en los primeros 1 000 metros, la temperatura bajó de 30 0C en el punto de partida a cinco en el refugio de Agapitos, donde almorzamos espaguetis con picadillo para continuar la marcha cuanto antes y vencer, en las horas de luz diurna que quedaban, la parte más peligrosa de la escalada.

Bacilis Papaioannou, que descendía con un grupo después de haber subido al pico Mytikos, enseguida preguntó por Cuba y el Che. A su lado, la guía Anastasia y el autor. (Foto: PANAGIOTIS KAKKALÉS)

Bacilis Papaioannou, que descendía con un grupo después de haber subido al pico Mytikos, enseguida preguntó por Cuba y el Che. A su lado, la guía Anastasia y el autor. (Foto: PANAGIOTIS KAKKALÉS)

Como el frío se colaba por todas partes, antes de salir nos cambiamos la ropa corta por otra más resistente, con lo cual nuestras mochilas pesaban menos, pero nuestros cuerpos pesaban más y los movimientos se hacían más torpes. Justo antes de partir me presentaron a Bacilis Papaioannou, guía de un grupo que bajaba luego de coronar el monte. El hombre, de barba roja, tupida y larga, curtido por la montaña, después de intercambiar saludos me preguntó si en Cuba aún recordábamos al Che. “Sí, claro”, le dije, y me respondió sonriente: “Entonces, estoy tranquilo”.

Hacia Kakkalos

A las cinco de la tarde salimos de Spilios Agapitos hacia el refugio de Kakkalos, por la ruta de Zonoria, sobrada de abismos, riscos y gargantas, y desprovista de vegetación. Debíamos caminar otros seis kilómetros para subir desde los 2 100 hasta los 2 680 metros, meta de la segunda etapa.

Las dificultades de la marcha por las características del terreno, y algunas paradas, hicieron que el sol se pusiera cuando todavía restaba un largo tramo y el camino se hiciera cada vez más frío, estrecho y oscuro.

Debido al gran esfuerzo para ascender por lugares muy irregulares, nuevamente un miembro del equipo comenzó a tener problemas con una rodilla, y otro con las rodillas y también con las manos, por el uso intenso de los bastones –imprescindibles en la escalada–, que le inflamó las muñecas. Durante horas solo sentimos el ruido de nuestros pasos y de la respiración, cada vez más entrecortada. Pero ni una queja. Parábamos poco, para descansar o porque alguno necesitaba subirse una media; para fumar o tomar tchípuro (aguardiente griego de uva).

La noche cerrada, ventosa y congelada nos sorprendió a mitad del ascenso a Kakkalos, poniéndonos ante la peor variante de escalada: con una montaña a la izquierda, por un camino de 50 o 60 centímetros de ancho, casi siempre vertical, sinuoso y a veces resbaladizo, con escalones de piedras o de troncos; sin tener de dónde agarrarnos, más que los bastones; sin un árbol o arbusto que frenara el viento; en una ruta cada vez menos visible y con un imponente precipicio de cientos de metros a la derecha. Todo se volvió de color negro plateado intenso, en medio de un silencio y una soledad total, con un frío terrible.

Durante mucho tiempo casi no pronunciamos palabra, para mantener la concentración; la vista atenta a lo que podíamos ver del camino… De pronto, en voz baja, la guía nos indicó detenernos y estar quietos: algo, o alguien, estaba muy cerca. Y sí, un robusto antílope atravesaba nuestro camino, bajando hacia el precipicio, y se detenía a mirarnos. Pensé que quizá estaba decidiendo a cuál de los cinco empujar y, por instinto, traté de ver en lo oscuro si se trataba de una manada, pues bastaría el roce de cualquiera de sus integrantes, en estampida, para lanzarnos a alguno de nosotros, o a todos, al abismo.

Pero nada de eso pasó, por suerte. Tras unos segundos de mutua contemplación expectante, el precioso ejemplar siguió descendiendo en el rumbo hacia el que ninguno de nosotros quería mirar.

Continuamos hacia el Plató de Oropedia y el aún distante Kakkalos. En medio del agotamiento, con algunos sufriendo fallas de las rodillas y peladuras en pies y piernas, la guía me hizo sonreír al decir: “Solo faltan unas dos horas de camino… El refugio está allá, donde ven aquella lucecita”. Y es que en el monte Olimpo las distancias se miden por horas. Comúnmente, si caminas una hora significa que habrás subido aproximadamente 300 metros.

Frente al Plató de Oropedia, contemplamos su enormidad en la noche. Desde allí vimos en la distancia las potentes luces del reflector de Kakkalos, desde donde nos hacían señas. Cuarenta minutos después –¡por fin!– llegamos. Parecía un sueño.

Noche en un refugio de montaña

Habíamos ascendido 1 800 metros en casi 11 horas, caminando 12 kilómetros desde Prionia. De los 30 0C que dejamos allí estábamos con casi cero en Kakkalos, y una sensación térmica inferior.

Avanzando por la zona alpina, con frío (¡nada de los 30 oC dejados atrás, en Prionia!) y agotamiento también en ascenso. (Foto: ANASTASIA NECHAEVA)

Avanzando por la zona alpina, con frío (¡nada de los 30 oC dejados atrás, en Prionia!) y agotamiento también en ascenso. (Foto: ANASTASIA NECHAEVA)

Un viento congelado, con silbidos fuertes y en rachas interminables nos empujó hacia dentro del refugio, estrecho, familiar y sobre todo tibio, donde nos paramos cerca de la estufa, junto a la cual también se secaba y calentaba ropa de otros escaladores.

Mientras nos desentumíamos intercambiamos presentaciones y comentarios con más de diez montañistas que habitaban esa noche en Kakkalos y que, sentados a una gran mesa de madera maciza, terminaban de comer para irse a descansar y estar de pie a las cinco de la mañana e iniciar la etapa final del ascenso, es decir, intentar coronar el pico Mytikos, cumbre del monte Olimpo, a 2 918 metros de altura de la base y a casi 300 metros de Kakkalos.

Como a las once de la noche, mientras comíamos también nosotros y sentíamos aflorar los dolores con la relajación, un conocedor de la zona se acercó para decirnos que nuestra marcha de noche por zonas tan peligrosas había sido una locura.

Dormir en uno de los bancos de la gran mesa de madera me permitió conocer todos los ruidos nocturnos de un refugio de montaña. Escuché las protestas de quienes en la segunda planta, donde había literas, trataban sin éxito de conciliar el sueño, por los fuertes ronquidos de uno de los escaladores. Me reí por lo bajo oyendo al “concertista” y a sus víctimas dando vueltas en las literas, que crujían. Pero más me reí cuando, aún a oscuras, casi tropecé con la amiga colombiana y su compañero que bajaban de la sección de literas. Les pregunté cómo habían dormido y ella me respondió, en colombiano directo: “Hay un cabrón que ronca y no me ha deja’o dormir ná. ¡Huevón!”

De Kakkalos a Mytikos

El de pie a las cinco de la madrugada del 10 de septiembre resultó un poquito griego para muchos, pero nos permitió tomar el primer café y fotografiar el amanecer a tres kilómetros de altura. Solo cuando los primeros rayos del sol comenzaron a calentar la congelada meseta de las Musas, donde está el refugio de Kakkalos, apareció el grueso de los montañistas en la puerta del refugio, cada uno con una gran jarra de té caliente entre las manos.

Con los primeros rayos de sol y tazas de té caliente en mano, los escaladores se asoman a la entrada del refugio Kakkalos. (Foto: JOSÉ ORIOL MARRERO MARTÍNEZ)

Con los primeros rayos de sol y tazas de té caliente en mano, los escaladores se asoman a la entrada del refugio Kakkalos. (Foto: JOSÉ ORIOL MARRERO MARTÍNEZ)

Antes de partir nos dijeron que debíamos dejar en el refugio hasta los bastones y que solo podíamos tomar, además de ropa adecuada, una botella de agua, una bufanda y el casco de protección. Adicionalmente, yo llevaba la bandera cubana, el dibujo y las fotos de los niños Angelito y Marcos, respectivamente, y la cámara fotográfica. Así, le informé a la guía que subiría a Mytikos con mi mochila aunque me resultara más difícil. Me miró como diciendo “bueno, tú sabrás”. Más tarde, estaría entre los primeros en sostener nuestra bandera y fotografiarse junto a ella.

Antes de las siete de la mañana tres miembros de nuestro equipo salimos hacia Mytikos, atravesando el Plató de Oropedia y serpenteando por el estrecho cuello del pico más alto del monte Olimpo, ahora con los precipicios a la izquierda y a la luz del día. Al movernos sin los bastones debíamos tener más cuidado de no resbalar o tropezar, y caer al vacío, en una garganta de cientos de metros. A lo lejos, otros escaladores parecían hormigas.

El tramo entre Kakkalos y la base del pico Mytikos es relativamente corto y se cubre en algo más de media hora, pero parece eterno, porque es donde se hacen todas las preguntas posibles sobre las dificultades que pueden surgir al final del ascenso. Con mucha cautela, aunque sin contratiempos, lo recorrimos y por fin pudimos ver de cerca, a pleno sol y en toda su extensión, la Casa de Zeus y del Concilio de los dioses griegos, alzándose retadora sobre unos 300 metros de filosas rocas con una inclinación aproximada de 45 grados. Hasta allí teníamos que llegar, sin sogas ni enganches, solo con pies y manos.

Escuchamos atentos a la guía las reglas básicas de la escalada y nos ajustamos los cascos de protección. Comenzamos a subir despacio, según los puntos marcados en las piedras más seguras, y cuidando no dar un paso en falso. Aproximadamente a los 50 metros de ascenso por un tramo bastante vertical, lejos aún de la cima, y con el vacío a nuestros pies, a uno de los miembros del equipo dejaron de responderle y comenzaron a temblarle con fuerza una rodilla y un brazo, impidiéndole escalar un paso más, mientras se agarraba de las piedras con mucha dificultad. Sobrevino entonces un llanto desgarrador sobre aquellas piedras; de frustración más que de dolor físico, y de honor, porque quedaba claro ya que le sería imposible resistir más y coronar un sueño para el que llevaba un año preparándose. Fue un momento de gran conmoción también para todos, y de respetuosa y callada solidaridad, en los cuales la guía, con su seguridad y sangre fría, le devolvió tranquilidad y confianza a la persona; le dejó que terminara de llorar y se mantuvo a su lado, igual que nosotros. Cuando el temblor desapareció, le señaló, muy ecuánime, que quizá debía desistir. Luego le acompañó en el prematuro descenso, y volvió a subir. Continuamos la escalada, escogiendo bien dónde apoyar cada mano y cada pie, y de cuál borde agarrarse para seguir hacia arriba.

Tanto en el ascenso como en el descenso, se recomienda no mirar hacia arriba. Pero menos recomendable aún es mirar hacia abajo. No obstante, se mira, y lo visto impresiona, refuerza la voluntad de no cometer errores. Los nervios juegan su papel, más cuando aparecen incrustadas en la piedra placas metálicas doradas en memoria de quienes perdieron la vida, en ese preciso lugar, intentando alcanzar Mytikos. Es justo en la pared pétrea que conforma el camino de Louki, por donde subimos, y en el camino de Kakóskala (escalera mala, en griego), cercano a éste, donde han ocurrido la mayoría de los accidentes fatales.

Nuestra escalada proseguía por casi dos horas, agotadoras, tensas, interminables. De pronto llegamos a un punto donde teníamos que ponernos en posición vertical, al lado de una garganta profunda. Avanzamos y, al levantar la vista, nos sorprendió un aplauso cerrado. Era la bienvenida de unas diez personas que en ese momento estaban sobre la cima del monte Olimpo, en el pico Mytikos, el punto más alto de Grecia. ¡Habíamos llegado!

Jamás sabré quiénes eran aquellas personas. Estaban allí, como todos los que llegan, eufóricos, pero tan pronto saqué de mi mochila la bandera de la estrella solitaria y supieron que era cubano, ocurrió algo mágico. Entre gritos de “Viva Cuba”, “Hasta la Victoria Siempre” y “Venceremos”, quisieron tomarse una foto colectiva con nuestra enseña patria y las manos mostrando la señal de la victoria. Después, fotos individuales para llevarlas como recuerdo en sus celulares. Todo espontáneo, emocionante. Un momento –uno más– de amor y solidaridad con Cuba, esta vez en el Panteón de los Dioses del Olimpo.

Solo después de aquel alboroto fue posible izar la bandera en el asta imaginaria de 2 918 metros sobre el nivel del mar y hacerla flotar, orgullosa, a la vista de todo el Olimpo, para seguidamente firmar el libro protegido en una cajuela de metal contra el agua, la nieve y el viento, a las 10:00 a.m. (3:00 a.m., hora de Cuba), el 10 de septiembre de 2018. También se tomaron instantáneas del dibujo del niño cubano-griego Angelito, contra el bloqueo a Cuba y del trabajo (fotos) del niño Markos, también cubano-griego, sobre los puentes de Matanzas, la Atenas de Cuba.

Tras casi media hora en la cima tomando vistas del impresionante paisaje en torno al monte, emprendimos el descenso y el retorno a Kakkalos, donde, después de ser izada también por primera vez, en acto voluntario y espontáneo de los presentes encabezados por el responsable del refugio, nuestra bandera quedó para siempre como testimonio de amistad entre los pueblos cubano y griego, de homenaje al más universal de los cubanos, José Martí, y de condena al injusto bloqueo de los Estados Unidos contra Cuba.

Olímpicas

  • Con 2 919 m de altitud, el monte Olimpo es la montaña más alta de Grecia y la segunda de los Balcanes (tras el Musala, de Bulgaria, que mide 2 925 m).
  • El 2 de agosto de 1913, el cazador y guía griego Christos Kakkalos, y los suizos Frédéric Boissonnas, fotógrafo, y Daniel Baud-Bovy, escritor e historiador de arte, realizaron el primer ascenso. Kakkalos, que legó su nombre a un refugio para escaladores en el monte, subió a su punto más alto varias veces, la última en 1973, cuando tenía 91 años de edad y tres años antes de morir.
  • Según los antiguos griegos, en las cumbres del monte había mansiones de cristal donde moraban los dioses, presididos por Zeus.
  • En el planeta Marte es llamado Olimpo el mayor volcán conocido del sistema solar. Tiene una altura de entre 22-23 km, es decir, tres veces la del pico Everest, el mayor de la Tierra.

*Consejero y cónsul de Cuba en Grecia. A solicitud de BOHEMIA escribió en exclusiva para nuestros lectores este relato.

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Redacción Digital

 
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