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Publicado el 15 Febrero, 2019 por María Victoria Valdés Rodda en Mundo
 
 

NACIÓN MAPUCHE

Un pueblo que se reconstruye a pesar de todo

Su identidad cultural la expresan desde su atávico territorio, por eso la comunidad es el bastión de resistencia, blanco de las políticas represivas del Estado moderno. No pocos mártires tiene esa lucha
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Las tradiciones juegan un papel formativo en la identidad colectiva. (Foto: pinterest.es)

Por MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Para muchos no existen, son desconocidos. Otros saben de su historia, pero los desdeñan. Con esa carga de indiferencia y odio lidia la nación mapuche, la que, no obstante, se mantiene activa por la vindicación de su herencia ancestral.

Este grupo étnico de Chile y Argentina está contemplado en la Declaración de la ONU sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, adoptada en Nueva York el 13 de septiembre de 2007. Dicha norma tiene como predecesora a la Convención 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de 1989, la cual estableció el reconocimiento de las aspiraciones de esos pueblos a asumir el control de sus propias instituciones y formas de vida. También el derecho a su desarrollo económico es respaldado por el espíritu y la letra de la normativa, así como a mantener y fortalecer sus identidades, lenguas y religiones, dentro de los estados en que viven. Sin embargo, su contenido ha sido muchas veces ignorado por las oligarquías nacionales, cómplices del gran capital transnacional cuya voracidad por la tierra es insaciable.

Durante demasiado tiempo la opinión pública de esos países sudamericanos estuvo paralizada, porque se mantenía en la zona de confort a la que la había condenado la enseñanza tradicional, que, todavía hoy, ensalza los episodios caballerescos de la conquista española. Pero nuestras tierras americanas nunca fueron vírgenes y sí estaban pobladas en 1492, cuando se produjo el llamado descubrimiento. Precisamente en el sur de Chile, 1977, se encontraron los vestigios más antiguos de poblamiento del continente, con una data de 14 000 800 años. La autenticidad de este hallazgo tiene el consenso científico, e incluso la prestigiosa publicación Science validó en 2018 el tesoro arqueológico encontrado en Monteverde II.

La tragedia de Maldonado

Las reivindicaciones mapuches salieron del anonimato al que la tenía sometida la gran prensa cuando, en 2017, se produjo la desaparición del argentino Santiago Maldonado, joven artesano empático con los dueños originarios de Cushamen, en la provincia de Chubut, en el centrosur de la región patagónica. Ese territorio, con el visto bueno del Gobierno neoliberal de Carlos Menem, fue comprado por el empresario italiano Luciano Bénetton. Los mapuches de la comunidad Pu Lof en Resistencia lo ocupan desde 2015 con reclamos de restitución, y esa fue la causa abrazada por Maldonado, cuyo cuerpo apareció bajo el agua.

Buena parte de la sociedad argentina se movilizó por el esclarecimiento de los hechos y, del mismo modo que levantó voces por uno de sus hijos, ganó en conciencia sobre un tema tabú. A ello ha contribuido el aporte de la intelectualidad; tal es el caso del multipremiado cineasta argentino Tristán Bauer, quien se refirió a ese traumático evento con el documental El camino de Santiago. En entrevista concedida a la periodista cubana Mireya Castañeda, el realizador relató que “la película fue presentada cuando se cumplió el primer año de la desaparición de Santiago Maldonado. Fue un estreno muy conmovedor con la presencia de una gran cantidad de gente. Hubo un episodio violento como hacía muchos años no se veía en Argentina, fue atacado el teatro. A partir de ahí la película tuvo un recorrido muy grande […] El caso de Santiago Maldonado es una herida abierta en nuestro país”.

A la altura del siglo XXI existen evidencias sobre una nueva arremetida fascista no únicamente contra los luchadores sociales sino también contra las personas sensibles. Maldonado se destacó por su solidaridad, y eso atemoriza al status quo.

Otro caso emblemático del deterioro de la situación en Argentina fue el asesinato por la espalda, en noviembre de 2017, del joven mapuche de 22 años Rafael Nahuel, parte de una redada contra la comunidad en el Lago Mascardi, provincia de Río Negro. En declaraciones al diario Página12, Luis Pilquiman, responsable zonal de la Coordinadora del Parlamento Mapuche, dijo que “detrás de estos sucesos hay intereses inmobiliarios. Constantemente se le están cediendo tierras a privados, y después de lo de Santiago Maldonado, el hostigamiento de las fuerzas de seguridad y la Justicia contra nuestra comunidad ha aumentado. La persecución se hizo más fuerte”.

Reír, sin embargo

En la lengua mapuche, el mapundungun, el vocablo ayekan alude a la risa, aunque existe un matiz muy particular de esa cultura y es que traducido al español quiere decir “reír siempre, reír sin embargo”. De ahí que sorprenda la convocatoria a un Ayekan permanente por la libertad de los activistas de la etnia presos en Chile. Y es que en su psicología grupal la sonrisa es más que sinónimo de alegría: es condición de resistencia, de tomarse las cosas con filosofía, lo cual no quiere decir flojera o desidia. Por el contrario, cuando la comunidad se congrega, sistemáticamente, para reclamar sus derechos no lo hace desde la felicidad vivencial sino desde la aspiración a una nación plurinacional.

Actuar con inteligencia

La lucha mapuche es fuertemente criminalizada. (Foto: laizquier-dadiario.cl)

Los mapuches, tanto chilenos como argentinos, descartan el separatismo porque su ideal de vida es la convivencia armoniosa con sus vecinos, los llamados criollos. Pero para que tal condición tenga lugar es necesario que sus prerrogativas sean comprendidas y respetadas desde el poder en sus diferentes niveles. Para lograrlo la comunidad étnica se ha preparado, tal como lo demuestra Salvador Millaleo, abogado y sociólogo de la comuna de Teodoro Schmidt, en la Región de la Araucanía. También es profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile.

Millaleo funge como uno de los 15 miembros del Consejo Ciudadano de Observadores para el Proceso Constituyente, iniciado en 2015. En forma paralela, se ha creado también uno indígena, en el que los pueblos originarios analizan aquellas normas que los afectarán directamente.

Antes de dejar su mandato, la presidenta chilena Michelle Bachelet reconoció la valía de esas exigencias: “Es necesario contar con una nueva Constitución para Chile, que se haga a partir de todas las voces, de nuestra diversidad y especificidad, sin exclusiones y respetando las normativas internacionales y nacionales que amparan a los pueblos indígenas”.

El reto resulta descomunal, porque el énfasis de esa inclusión debe desbordar los límites del actual proceso participativo, que bien pudiera diluir a los indígenas como individuos dentro del colectivo nacional chileno. Lo revolucionario estaría en asumir a esos pueblos como colectivos y como nación, igual que sucede en Bolivia con los 10 años de Evo Morales al frente del país.

Los mapuches, similar al resto de los pueblos originarios de la región, poseen una articulación institucional propia, con sus autoridades tradicionales, sus sistemas normativos, formas de deliberación y toma de decisiones autóctonas, pero no son una isla aparte, pues viven en el contexto de un país. Y aunque ese Estado se haya levantado sobre las bases de la conquista y el colonialismo, su derivación contemporánea no necesariamente tiene que erigirse en una entidad adversa. De ahí que Millaleo considere sabio aprovechar la oportunidad de una nueva Carta Magna.

En su opinión, eso sería un salto hacia delante. Desafíos hay miles, que pasan por la falta de reconocimiento y de garantía de los derechos colectivos de los pueblos; el menoscabo a la cooficialidad de las lenguas indígenas; el desconocimiento de la propiedad ancestral de las tierras y aguas, de representación política especial; incluida la falta de revisión del patrimonio cultural indígena y sus normas consuetudinarias. La no observancia del conjunto de esos factores coloca en bandeja de plata del olvido a una realidad cultural que debe –tiene– que ser admitida. “Creo –apuntó– que quienes han sido más críticos con las políticas estatales – todos los grupos y fuerzas vivas del pueblo mapuche [cuatro por ciento del total de la población y el ocho por ciento de las demás poblaciones indígenas] deben realizar un esfuerzo por participar con mayor dinamismo para asegurase de que este proceso de participación no sea deficitario, como ha sucedido con tantos otros”.

La tierra es el corazón, consigna la sabiduría popular

La firmeza mapuche tiene numerosos rostros y episodios heroicos, con ciertos avances y muchos sobresaltos, que incluyen déficit de consenso en los métodos reivindicativos. A pesar de la existencia de una vertiente “dura”, lo generalizado es un sentimiento de compromiso con la paz, lejos del abandono de los ideales y los anhelos emancipatorios. Sin embargo, la gran prensa se ha encargado de estigmatizar a la comunidad mapuche y no pocos gobiernos locales fabrican mentiras y pretextos para perseguir y asesinar tanto a los líderes como al ser común. Uno de esos tristes sucesos tuvo lugar en los territorios de la Araucanía chilena en noviembre de 2018, cuando un carabinero disparó a la cabeza del comunero Camilo Catrillanca, sin que haya mediado un esclarecimiento del caso en lo que va de 2019, en un vaciamiento de la justicia si de los mapuches se trata.

El asesinato del joven mapuche chileno Camilo Catrillanca continúa sin esclarecimiento. (Foto: t13.cl)

Entonces, muy de vez en vez, y quizás como un mecanismo compensatorio desde el ángulo de la politiquería, las leyes fallan a favor de ese discriminado conglomerado. Así, la chilena Forestal Arauco deberá entregar 97 hectáreas usurpadas durante casi 30 años a la comunidad Ignacio Huilipán, con el título de propiedad desde principios del siglo XX.

Y aunque se trata de una victoria, el resultado en cambio no modifica la percepción general de las instituciones (jurídicas o represivas) sobre un pueblo en franca desventaja. En el ensayo “Ser/No Ser mapuche o mestizo”, el abogado Salvador Millaleo asegura que lo mapuche puede entenderse como una cultura en resistencia frente a la sociedad mayor.

“Los mapuches fueron incorporados a los sistemas económicos, sociales y simbólicos imperantes que actuaron como potentes fuerzas de aculturación a través de la educación monocultural monolingüe impuesta a partir de la ley de instrucción primaria de 1926, la imposición del modelo científico de prácticas médicas, la igualdad formal de derechos; y, conjuntamente, comenzó un proceso migratorio que llevó a las ciudades de la República a miles de ellos, donde, desprovistos de los patrones de referencia tradicional sufrieron procesos de pérdida cultural complementada con una marginación social”, advierte el intelectual, provisto de las armas del sistema para representar a los suyos.

En este proceso, la tierra encarna la identidad, y es ella precisamente el corazón de la lucha de los pueblos aborígenes. Con la reducción (especie de reservas fundadas a fines del siglo XIX), la comunidad mapuche pasó de mero seno protector a grupo definitorio y defensivo en alerta frente una “civilización” triunfadora y ajena. Aun con esa fortaleza, “la invasión de poderes económico globales y los artefactos culturales extranjeros y la exposición a la cultura hegemónica del consumo, es un nuevo y formidable enemigo de las comunidades indígenas, que ahora ven una radical amenaza a sus precarias fuentes de subsistencia”, denuncia Salvador Millaleo.

En la mal llamada “pacificación de la Araucanía”, entre 1883 y 1929, los mapuches en Chile fueron confinados en cerca de tres mil reducciones, con un total aproximado de 500 000 hectáreas, de un territorio original estimado en 10 millones. Como consecuencia, en las regiones del Bío Bío, La Araucanía, Los Ríos y Los Lagos, en el centrosur se encuentra la mayor parte de la demografía mapuche, la que muy poco ha podido contra la intensificación de una dañina y agresiva actividad forestal. El impulsor de esta forma de explotación de los recursos naturales fue el régimen fascista de Pinochet, quien aprobó una política de subsidio estatal a las plantaciones, cuya prórroga por 20 años se sigue evaluando en el Congreso Nacional, sin consulta indígena.

Ante la persistencia mapuche, los círculos de poder oligárquicos (empresas forestales, hidroeléctricas, latifundistas, etcétera) exacerban las tensiones y criminalizan la lucha, e incluso los han llegado a tildar de terroristas, valiéndose de montajes (léase la Operación Huracán, con falsos atentados incendiarios) cuyo marcado objetivo es el de confundir y manipular a una ciudadanía cada día más consciente. Ya miles de argentinos y chilenos entienden que apoyar a la nación mapuche es abrir la posibilidad a relaciones justas e igualitarias entre el Estado y todos sus pueblos, que deberán pasar inexorablemente por la reafirmación de lo plurinacional, siendo el racismo y la xenofobia un lastre tremendo.

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María Victoria Valdés Rodda

 
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