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Publicado el 19 Marzo, 2019 por Maryam Camejo en Mundo
 
 

Crónica de un secuestro político

“Solo voy a descansar el día que pueda salir con él de donde está”, dijo a la prensa (Yasset Llerena)

“Solo voy a descansar el día que pueda salir con él de donde está”, dijo a la prensa (Yasset Llerena)

Por MARYAM CAMEJO

“¿Cómo puede una persona ser condenada por un acto indeterminado, sin pruebas y por la convicción de un juez? ¡Cómo!”. El tono de Eduardo Greenhalgh oscilaba entre indignación y tristeza. Tengo 70 años, -explicaba-, y soy abogado hace 50. Luché por la democracia en Brasil. Fui presidente del Comité de Amnistía en Brasil. Defendí presos políticos mi vida entera. Di mi vida para ver a ese partido subir. Yo pensé que estaba satisfecho. Ya estaba retirado, como dicen en Cuba. Y ahora, con la prisión de Lula volví. Solo voy a descansar el día que pueda salir con él de donde está.

Quizá las palabras de este abogado fundador del Partido de los Trabajadores, sea de esos momentos de reflexión y epifanía que se quedan para siempre en la memoria de aquellos que asistimos a ese encuentro con estudiantes y profesores de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana.

No solo fue un espacio de recuento del proceso judicial contra el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, sino también la oportunidad precisa dada a los presentes para pronunciarse a favor de la necesidad de justicia en un país donde, con todo lo acontecido en torno al líder obrero, se ha debilitado la figura del juez, como enfatizó un profesor. La actitud de Sérgio Moro lo demuestra con creces.

En menos de 24 horas, el hombre que supuestamente amaba su carrera dentro del sistema judicial, aceptó el llamado del recién electo presidente Jair Bolsonaro para unirse al gobierno con el cargo de Ministro. Se ha comprobado que se venían relacionando desde antes, acotó Greenhalgh.

La extrema derecha comenzó a solapar al gobierno de Dilma –decía el jurista- pero no bastaba con un impeachment; era necesario impedir que Lula se convirtiera en candidato y para eso fueron tejiendo el cerco sobre él. La solución para el caso Lula no es un proceso judicial, sino la presión política mundial que se logre hacer, aunque no se desestiman los recursos.

El caso de marras es un hecho sin precedentes en el gigante sudamericano. Por un lado, es harto sabido que se han utilizado mecanismos jurídicos para apartarlo del escenario político y, a pesar de que no existe ni una sola prueba en su contra, fue condenado y encarcelado en una habitación de tres por cinco, con una mesa de un metro por uno.

Sin embargo, existe una ley en Brasil que establece que la ejecución de la pena de prisión a partir de la sentencia solo puede ser después de agotarse la fase de impugnación del proceso, de la interposición de recursos por parte de la defensa, lo que significa que mientras esté abierta la posibilidad de cuestionar la sentencia que condena a un reo, este permanece en libertad. Pero ahí no acaba. Dicha ley tiene pleno respaldo constitucional porque la Carta Magna garantiza a cada uno de los ciudadanos que “nadie será considerado culpable hasta la sentencia penal condenatoria transitada en juzgado”, lo cual implica el fin de las presentaciones de recursos. Nada de esto se cumplió con Lula; poco importaba si había pruebas de algún delito.

Eduardo Greenhalgh incluso relató que al líder brasileño se le propuso en dos ocasiones la prisión domiciliaria, pero la rechazó. “Mi casa no es prisión, es mi residencia. Yo quiero salir de aquí con la misma dignidad con la que entré. Yo quiero justicia”, dijo.

En aras de crear una campaña mundial en pro de la libertad del expresidente del pueblo brasileño, la embajada de Cuba en Sao Paulo se comunicó con Greenhalgh y le informó que el gobierno y el pueblo cubanos querían iniciar un movimiento de solidaridad por Lula de alcance global. “Fui a verlo a la cárcel a contarle y me dijo apenas una frase, me dijo que le agradeciera a los cubanos”.

Entre pausas que intentaban contener la tristeza, el defensor y amigo incondicional del líder brasileño, declaró a la prensa que Lula tuvo que entrar a la cárcel con su esposa Marisa recién fallecida, luego murió su hermano y no pudo ir al funeral, lo cual fue muy criticado por el pueblo, y después, le avisan de que su nieto había muerto de meningitis. Había entrado al hospital a las seis de la mañana y para las 11 ya estaba muerto. Lula quedó muy sorprendido y me dijo “quiero ir, quiero ir”.

Usamos el hecho de que le habían prohibido salir para el entierro del hermano y logramos que estuviera en Sao Paulo. Era sábado de carnaval y Brasil estaba parado cuando Lula llegó a Sao Paulo, así que estuvieron allí más de mil personas y él le habló a Arthur como si estuviera vivo. “Ahora te vas a encontrar con Marisa, con tu abuela, y después te encontrarás conmigo. Yo te prometo que llevaré mi título de inocencia”.

El gran dirigente de esa nación, esa que hoy está bajo la mano dura del Trump tropical, como llaman a Bolsonaro, se ha convertido en ejemplo palpable de que la derecha latinoamericana pretende hacer de esta región un mar muerto al que explotan los piratas.

Lula es en un secuestrado político del Estado, “ha sido privado de hablar, de escribir, de recibir amigos -afirmó Greenhalgh con la voz resquebrajada-. Cuando lo veo así se me mueve el corazón. Lula es inocente”.

Eduardo Greenhalgh recibió el apoyo de los estudiantes a la lucha por la libertad de Lula. (Yasset Llerena)

Eduardo Greenhalgh recibió el apoyo de los estudiantes a la lucha por la libertad de Lula. (Yasset Llerena)


Maryam Camejo

 
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