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Publicado el 21 Agosto, 2019 por Liset García Rodríguez en Mundo
 
 

MEMORIAS DE UN LUCHADOR PUERTORRIQUEÑO

Hasta que la bandera ondee libre y sola

El patriota Heriberto Marín Torres, sentenciado a cadena perpetua e indultado hace 60 años, renueva su esperanza en la victoria al ver una semilla germinando en la juventud y en un pueblo que despierta de su letargo
Hasta que la bandera ondee libre y sola.
Heriberto Marín Torres sueña con que sus compatriotas continuarán exigiendo no ser considerados ciudadanos de segunda, y su suelo deje de ser traspatio de Estados Unidos para ensayos militares, y extraerle todos sus recursos.

Por LISET GARCÍA

Fotos: (Cortesía de Pablo Ortiz, editor de Eran ellos)

Su paso por la Princesa y el Oso Blanco lo marcaron para siempre. Nombres tan delicados y tiernos no se asociarían nunca a dolor y vejación, mucho menos a encierro. Sin embargo, un joven de apenas 20 años fue llevado a esos sitios por querer la independencia de su patria y cometer el “grave delito” de desplegar su bandera nacional y gritar Viva Puerto Rico libre.

Los nueve años que estuvo preso, sin dudas en una de las mejores etapas en la vida de un hombre, Heriberto Marín Torres (Jayuya, 1928) no los recuerda con odio, ni quisiera con la idea de que haya sido un tiempo perdido. Este nonagenario ha vivido lo suficiente para comprobar que cada día de sufrimiento tras las rejas le permitió afianzar su fe y su creencia en la victoria.

Si llegó allí teniendo esperanzas, salió convencido de que el coloniaje, el abuso, la falta de libertad no podrían llegar tan lejos ni durar tanto tiempo. Convicciones grabadas en el alma de un puertorriqueño que tuvo en su líder Pedro Albizu Campos no solo al Maestro, sino al guía inspirador de la lucha por la emancipación de su pueblo, y quien dirigió la denominada revolución nacionalista del 50, en la que él también tomó parte.                                         

A 60 años –cumplidos este 19 de agosto– de haber sido indultado de una absurda condena por haber participado en esa gesta, don Heriberto, así llamado en su amada isla, no quiere ser recordado como el héroe que es, sino como un luchador más por la independencia de su patria. Su sueño es seguir sembrando la convicción de que sea su pueblo el único dueño del país.

Hitos de una vida de lucha

El diálogo con él fluye de modo natural, y sucedió durante su más reciente visita a La Habana. Habla despacio, como midiendo el término preciso que saca de su memoria, cual si narrase algo ocurrido ayer. Sorprenden la lucidez y claridad de quien a todas luces es un conversador nato, que al propio tiempo sabe escuchar. Parecería difícil definir en el enjambre de acontecimientos de su vida cuáles son más significativos y destacables, algunos contados ya en sus libros acerca de la cárcel y la historia puertorriqueña. Sin embargo, su respuesta brota de inmediato.

“Varios sucesos son importantes. El primero: haber participado en la revolución del 50. Lo que yo hice simplemente fue ayudar a la patriota Blanca Canales a desplegar la bandera puertorriqueña, hecho prohibido por la Ley 53, conocida como ley de la mordaza, copia de la ley Smith proclamada en Estados Unidos en tiempos de feroz macartismo. En su texto se decía que tener nuestra bandera constituía delito, sancionado con penas de entre tres y cinco años de cárcel, así como otras barbaridades implementadas para perseguir a los nacionalistas”.

Hasta que la bandera ondee libre y sola.
Pedro Albizu Campos, activo líder del Partido Nacionalista de Puerto Rico, sufrió años de cárcel donde fue objeto de vejámenes y macabros experimentos de radiaciones, que a la larga le provocaron la muerte en 1965.

Narra que por circunstancias que a veces no pueden explicarse le tocó estar allí con doña Blanca. “Otros tenían más méritos que yo para hacerlo, pero resultó que al entrar en marcha la revolución en Jayuya, los nacionalistas armados atacaron la estación de policía, un oficial resultó muerto y otros tres fueron heridos antes de que el resto se rindiera. Se cortaron las líneas telefónicas, se quemaron edificios federales… en fin, se levantó parte del pueblo.

“Al caer herido uno de nuestros compañeros, había que trasladarlo al hospital del pueblo más cercano. Me enviaron a avisarle a Blanca, y cuando llegué al sitio donde ella estaba, me dijo que subiéramos al segundo piso del hotel Jayuya a desplegar la bandera. Lo hicimos y gritamos: ¡¡¡Viva Puerto Rico libre!!!”

Poco después los apresaron y tras un juicio que duró varias semanas el jurado los declaró culpables. “A mí me impusieron reclusión perpetua con trabajos forzados y 45 años más –como si eso fuera posible–, por cometer asesinato, incendio y portación de armas. El resto de mis compañeros recibió condenas similares”.

Cualquiera creería imposible tanta injusticia. Entonces Heriberto tenía todos sus sueños por cumplir. La crueldad del juicio y lo que vino después lo reseña con excelencia en su libro Eran ellos. Memorias de un patriota encarcelado. “Terminadas las lecturas de las sentencias, el juez sonrió y los fiscales se felicitaron entre sí. Se estrecharon las manos y nos miraron con desprecio”.

No fue esa su única vez en prisión. En la cárcel federal lo apresaron luego de las protestas en la playa de Vieques contra los marines yanquis que por más de 60 años convirtieron esa isla en polígono militar para prácticas bélicas que envenenaron el ambiente, consecuencias que todavía hoy se sufren.

Al Oso Blanco también volvió a principios de los 70 para sumarse a las vigilias de los patriotas en solidaridad con los encarcelados allí tras la batalla contra la Marina en la isla Culebra, sometida a ensayos de guerra.

En estos días de tanta movilización de pueblo, estuvo entre sus compatriotas como otro más, sabiendo que nuevamente podría ser apresado. “No le temo a nada porque la lucha por la independencia es una lucha de amor. Eso lo aprendimos con don Pedro, quien nos decía que a una revolución se iba a morir, a caer preso, o a triunfar. Nos estaba preparando para lo que hemos vivido después. Por eso lo llamamos el Maestro. Vivió parte de su vida encarcelado. Lo soportó todo, hasta radiaciones mortales que terminaron apagando su vida”.

Conocerlo, recibir sus lecciones de sostenido patriotismo y su sencillez, entereza y honradez, lo motivaron a él y a otros muchos a seguir la batalla. Fue decisiva la participación de Heriberto Marín en dar a conocer la situación de salud del Maestro en la cárcel. Querían hacerlo pasar por loco, pero el país supo la verdad gracias a un mensaje clandestino que desde el Oso Blanco hizo llegar a la prensa.

Hasta que la bandera ondee libre y sola.
En estos minúsculos papelitos de apenas dos pulgadas y con letra pequeña escribió sus notas acerca del presidio, que muchas veces perdió en los registros policiales, hasta que ideó pegarlos con masas de pan debajo del tanque sanitario.

En su memoria hay un lugar especial para él, para Lolita Lebrón, esa mujer hecha de valor, que dirigió el ataque al Congreso de los Estados Unidos en 1954, acompañada por los entrañables patriotas Rafael Cancel Miranda, Irvin Flores Rodríguez y Andrés Figueroa Cordero. Y para otros muchos que salieron a desafiar todos los peligros con un volcán en sus corazones y nunca regresaron…

El hombre de mirada firme que dialoga con BOHEMIA, tuvo por primera vez un motivo para hacer silencio. El brillo de su mirada se hace intenso y sus ojos se humedecen. Quiere hablar de quien fue su compañera durante 54 años. Con ella constituyó una familia: cuatro hijos, seis nietos y un biznieto. “Había sido casi mi noviecita antes de ser apresado. Pero su familia era de dinero, y a un pobre como yo y sin estudios universitarios, pues por mis ideas no fui admitido en la universidad, le resultaba difícil concretar aquella relación.”

Después del indulto el 19 de agosto de 1959, para el preso político, perseguido y sin posibilidad de empleo, Cándida Rosa Centeno era un imposible. “Así y todo fui a verla, un encuentro en el que apenas hubo contratiempos. Casi enseguida me hizo saber que me había estado esperando.

“Rompió con todos los esquemas sociales y soportó todo. Que nuestra casa fuera vigilada, que la correspondencia, las visitas, todo lo que hacíamos estuviera sometido a observación. Igual en el trabajo, cuando me empleaban. Su dignidad fue a toda prueba. Incluso hasta cuando decidió rechazar los tratamientos y no soportar más la enfermedad renal que padecía. Resuelta, segura, tranquila, como había asumido la vida, se entregó a la muerte el mismo día de San Valentín de 2014.

Revolución y cárcel

Al volver sobre sus recuerdos de la prisión, desgrana uno a uno algunos de los horrores sufridos: “los primeros 22 días estuvimos sin bañarnos. Había órdenes de no abrir nuestras celdas para nada. Uno de los alcaides era un verdugo que había estado a cargo de un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Por las torturas físicas y espirituales algunos se volvieron locos y otros se suicidaron. Los alcaides que vinieron después fueron iguales o peores en su odio contra nosotros.

Hasta que la bandera ondee libre y sola.
En 2014 Heriberto visitó, antes de ser demolida, la Penitenciaría Oso Blanco, donde estuvo junto a otros compañeros de la insurrección del 50, y en la que luego apresaron a los independentistas que protestaron contra las prácticas de la Marina en Culebra.

“El infierno mismo fue esa etapa. El apretujamiento sumado a las bombillas prendidas todas las noches directamente sobre nuestras caras. Pedir permiso para ir al baño con un Voy, y esperar al Vaya cuando le diera la gana al cabo de la galera… La comida: patitas de cerdo con gusanos, arroz crudo y un pedazo de pan viejo. Al principio nos daba asco pero tuvimos que acostumbrarnos a echar los gusanos a un lado y comernos el resto para no morir de hambre”.

Pudo escribir una especie de diario de lo que iba sucediendo, en pequeños papelitos perdidos muchas veces en registros sorpresivos de los oficiales que le quitaban cartas, libros… y, una vez, hasta un rosario. Luego ideó cómo burlar la vigilancia escondiéndolos debajo del tanque del inodoro, pegados con masas de pan. Así nacieron varios años después sus testimonios Apuntes del presidio y Eran ellos…, relatos necesarios, escritos desde el amor y, sobre todo, desde la esperanza.

Como apuntó en nota para la cuarta edición de Eran ellos la patriota María de Lourdes Santiago, vicepresidenta del Partido Independentista Puertorriqueño, “con fuerza y ternura, la palabra de don Heriberto rescata para nosotros la noción de que la lucha por nuestra libertad ha estado bendecida con espíritus sublimes, hombres y mujeres de un material distinto, armados de una dignidad indoblegable aun en las más oprobiosas condiciones de encierro. Ahí está nuestra raíz; ahí nuestra herencia de patriotismo y tenacidad; ahí el recordatorio del sagrado deber de continuar la tarea libertaria, hasta que ondee siempre –como aquel día en Jayuya– libre y sola nuestra bandera”.

Activo en las redes sociales a sus 90
Hace poco, durante la movilización del pueblo en reclamo de cambio de gobierno y cese de la situación de caos nacional, Heriberto se sumó a la multitud. Al ver a un joven descansando sentado en el piso sobre la bandera, para que no se le ensuciara su pantalón blanco, se dirigió a él y le explicó que por honrar esa bandera lo habían condenado a prisión perpetua.
Tras un breve diálogo el joven se disculpó. Habiendo comprendido la lección se incorporó nuevamente a las protestas con la bandera en alto ondeando al viento. Lo contó Heriberto (facebook.com/heriberto.marintorres) en su página de Facebook, plataforma que es hoy una de sus trincheras de combate, de intercambio afectuoso, y donde puede hallarse la sabiduría y la capacidad de diálogo de un maestro curtido por los rigores de una vida larga e intensa. Son los jóvenes sus principales interlocutores, a quienes él agradece la posibilidad de razonar para construir juntos otra realidad para su país, sometido al coloniaje hace más de una centuria.


Liset García Rodríguez

 
Liset García Rodríguez